(Autor: Daniel Chivardi; Ilustraciones por Daniel Chivardi; Basada en una historia ficticia de Daniel Chivardi y en unos cantos de Dante Alighieri)
Bien pudo haber sido la mitad del camino de mi vida y los sucesos de aquella noche fueron salvajemente oscuros, pero al final lo único de lo que estaba absolutamente seguro era de cuanto había extraviado mi ruta.
Kenton, un muñeco gigante hecho de felpa, danzaba en medio de dos mujeres semidesnudas, mientras en cada una de sus manos sostenía un whisky en las rocas. Sus ojos eran dos bolas de billar, bola tres su ojo derecho, siete su izquierdo. Su nariz era roja y redonda como la de un payaso. Su sonrisa era prolongada y con dientes afilados como los de una piraña.
-¡Lucas! ¡Bienvenido a la antesala del infierno!- Me gritó al reconocerme desde el otro lado de la pista.
Kenton sonreía, gritaba y bailaba sin perder el ritmo por un segundo, daba vueltas en medio de la pista, girando como si fuera una gigante bola de discoteca, movía sus pies al ritmo del beat que a gran velocidad pretendía destruir nuestros tímpanos. Luces se prendían y luces se apagaban. Kenton parecía la única constante en aquel lugar. Kenton bailaba con el ritmo. Las mujeres lo abrazaban, le lamían los cachetes, lo mordían, parecía como si aquel enorme muñeco de felpa tuviera un relleno de caramelo, pero Kenton no perdía el ritmo. Todas querían un poco de él.
-Lucas ¡Quieren succionar mi alma!
Me gritaba en sus momentos de lucidez, después reía y me cerraba uno de sus redondos ojos, para después volver a su estado natural de demencia y continuar bailando en medio de la pista y volver a ser uno con el ritmo.
Bailaba con el ritmo.
Yo sentía que un millón de ojos me observaban detrás de aquella cortina de oscuridad que me separaba de todo. No sabía como había llegado a este lugar pero si esto era la antesala del infierno, entonces Kenton era mi Virgilio y yo necesitaba urgentemente un trago.
Me acerqué a la barra donde estaba Falco, un diminuto coyote de seis patas que no paraba de aullar cerca de esta, pidiendo tragos para todos.
-Pide mas Lucas, ¡pide! pide para todos, uno para cada uno, no dos, mejor tres ¡pide mas! ¡pide mas! ¡no van a alcanzar!
Hice caso omiso, pedí cuanto pude. Después de eso Falco sacó de su cartera billetes para doblarlos en forma de avión y lanzarlos a las mujeres que bailaban en la pista alrededor de Kenton. Reía como un demente.
-Lucas, necesitamos mas tragos, no van a alcanzar, yo se lo que te digo, de verdad no van a alcanzar ¡Escúchame por favor!
Maldito animal excesivo, pensaba. Sin embargo lo escuché y volví a pedir mas.
El bartender, un ser de cabeza ovalada, trompa de caimán y con una sola ceja que se prolongaba a lo largo de toda su frente, comenzó a llenar la barra de “scotch & sodas”, definitivamente no era la opción más barata, pero ¿Qué demonios importaba? Si esto era el fin de la vida, si esto era una estación y nuestra próxima parada era una entrevista personal con el diablo, tal vez, mi estimado público, parte del proceso de liberación de nuestras almas era el desprendernos de todo lo material.
Inspeccioné mi cartera y aún tenía 250 dólares. No hacia falta buscar ni mi dignidad ni mi orgullo, pues desde el verano del 2005 los había perdido gracias a la zorra de Esther. Mi estilo aún lo tenía guardado en un bolsillo secreto de esta, esto era lo último que quería perder, pero a decir verdad no sabía si este sobreviviría esta noche, pues como diría mi padre: “La noche era joven y la platica no emborracha”.
Mi estimada audiencia, nunca se me ocurrió preguntar como había llegado a aquel lugar. Todos reían, bailaban, bebían, fumaban y parecían disfrutar el momento, todos parecían sorprendente contentos, sumamente tranquilos, considerando las circunstancias esto era para mi absolutamente incongruente, mi dura cabeza no podía concebirlo ya que en breve, todos y cada uno de nosotros, rendiríamos cuentas con el diablo. Por mi parte yo trataba de tranquilizarme, al fin y al cabo no sería la primera sino la tercera vez que vería al diablo a los ojos.
A Dubois lo habíamos perdido hace tiempo. Sabía que había estado con nosotros por un momento. Tal vez tan solo asumí que su hora de rendir cuentas había sido antes de la mía o la de Kenton o la de Falco, ese hecho no me sorprendía en lo más mínimo ya que Dubois siempre fue el de alma más oscura de nosotros cuatro.
Caminé por pasillos oscuros dentro de aquella sala de espera que mas bien parecía una bodega de desembargo. Entré a un cuarto oscuro, donde podía ver como las mismas mujeres succionaban las almas de otros menos afortunados, estos desistían su existencia sentados cómodamente en sillones blancos de piel, sosteniendo entre sus manos los desnudos senos de las demonias y mientras que estos trataban de succionar de los pezones de ellas, estas succionaban del cuello de ellos sus últimos fragmentos de existencia. A primera instancia un intercambio del cual ambos sentían recibir un pago justo.

El camino se tornaba cada vez mas oscuro y mas difuso. Volví entonces a la barra. Cada segundo que pasaba sentía mas soledad. Las demonias tal vez detectaron algo de esto pues enfocaban sus encantos incrementalmente hacia mí, se acercaban bailándome, rozando sus nalgas en mis brazos, sentándose en mis piernas, queriendo morder mi cuello, probar mis labios, succionar mi alma, agarraban mis manos y las colocaban sobre sus senos, luego ponían sus senos en mi cara, yo desistía por momentos pero por otros no. Quería al menos tener un poco de concentración para poder negociar con el diablo y estas putas eran mucha distracción. Pensaba en proponerle al diablo un trato, pero ¿Como puede uno engañar al diablo? Tal vez aceptaría mis 250 dólares, pero tal vez esto no sería suficiente dinero para sobornarlo ¿Cuál es el valor de un alma? Más importante ¿Cuál es el valor de mi alma? Tal vez no mucho, quien diablos quiere un alma tan desgastada como la mía. Ya lo sabría dentro de poco… sentía que pronto llegaría mi turno, tal vez podríamos hablar con él de nuestros últimos tres encuentros, tal vez podría preguntarle porque no me tomó cuando estaba en sus manos aquellas tres ocasiones.

Las cosas tan solo empeoraron. El bartender me llamó enfurecido, con su uniceja y su enorme trompa de caimán. Me preguntó: <<¿Quien va a pagar por todas estas bebidas?>> Busqué a Falco, busqué a Kenton, pero no estaban ¡Se habían ido! ¿a dónde fueron? ¿Estarían ya en el infierno? ¿Estarían ahora sentados en los sillones blancos de piel? ¿Encontraron una manera de escapar de este lugar y me abandonaron? Conociéndolos estaba casi seguro esta última opción era la más probable. Esta no sería la primera vez que estos cabrones me la aplicaran. Hijos de perra, si salgo vivo de esta yo los mato, pensaba.
Quería escapar. Traté de hacerlo, se los juro estimado público, pero las tipas semi-desnudas me detuvieron al ver en mis intenciones de dar fuga. Estaba rodeado por ellas y me llevaron a la barra con fuerza mientras mordían como perros hambrientos mis brazos. Tomaron mi cartera.
-¡Ahora si te va a cargar la chingada!
-¡Viejo tacaño! ¡Al diablo con el!
-¡Te va a cargar la chingada hijo de tu puta madre!
-¡Pervertido cabrón! ¡Paga lo que debes hijo de la chingada!
Al diablo conmigo, pensé. Ya estoy aquí, que demonios me importa, vuelo directo a Pandemonium y sin escalas.
-¡Llévenme con el diablo pues! ¡Ya me tienen hasta la verga! – Dije con seguridad y harto de todos estos preámbulos, todo este coqueteo, por dios, parecía que estuviera en la sala de espera del dentista con un dolor molar incesante, parecía que estuviese viendo una película de softcore porn en el cual escuchaba todos los gemidos pero no veía ni siquiera un solo pezón.
-Terminemos esta farsa de una buena vez, llévenme con el diablo.

Todos callaron. Todos estaban estáticos. Parecía que hubiese presionado por error el botón de pausa. Fue entonces, mi estimada audiencia, cuando pensé que tal vez el infierno en realidad no existía, tal vez era un engaño para controlar nuestros instintos mas salvajes y estas putas tan solo querían drogarnos con sus encantos, quitarnos nuestros centavos y dejarnos en la calle. Ese realmente sería el verdadero infierno, haber perdido todo por no poder controlar esa hambre, ese deseo, esa ilusión que solo existe en nuestras cabezas. El verdadero infierno es el llegar al final de tu vida y darte cuenta que no viviste lo suficiente, que viviste una vida falsa, una vida ajena, que tal vez fue aprobada por el resto del mundo excepto por la persona mas importante, tu misma persona. El verdadero diablo tal vez lo llevamos cada uno dentro de nosotros pues es el que a final de cuentas tendrá que vivir en medio de aquel solitario lago congelado.
- Señor, su platica esta muy interesante pero ya llegamos a su destino.
-¿Destino? ¿Cuál destino? ¿Dónde estoy?
- Hotel Apolo, como usted lo ordenó.
- Oh dios, ¿Pero como? No entiendo ¿le debo dinero?
- Asi es mi estimado, el taxímetro indica 17 dólares.
- Lo siento señor, estoy un tanto confundido, estaba yo en otro lugar y estaba contando mi historia a mi público.
- Asi es señor, su historia del infierno es sumamente interesante, ha tenido la atención de todos mis compañeros, la hemos disfrutado bastante, sin embargo hemos llegado a su destino y yo necesito continuar trabajando.
- Pero no lo entiende, yo estaba en el escenario del teatro y la historia de la que usted habla se la platicaba a mi publico usando un micrófono.
- No señor, usted ha estado sentado en el asiento trasero, contándonos su historia y no ha sido un micrófono lo que ha usado sino mi radio, nos ha hecho reír bastante a mi y a los otros taxistas, hasta me da pena cobrarle.
- Ah ¿ahora te hago reír hijo de la chingada? – Pregunté indignado pero un tanto confundido aún, tomé un billete de 20 dólares lo hice bolita y se lo tiré en la cara mientras añadí:
- Quédate con el cambio y cómprate un poco de cultura, pendejo.
El taxista soltó una carcajada, al parecer creía que bromeaba o simplemente yo le causaba mucha gracia.
Kenton me esperaba afuera del taxi. ¿Cómo me encontró? Jamás lo sabré, tal vez yo fui el que lo encontró a él. Su protuberante sonrisa con dientes afilados parecían querer comerme. Su cara era redonda y roja casi como un tomate. Me veía de frente y yo solo veía un 37 en sus ojos y dos filas de dientes afilados que abarcaban todo el horizonte.
-No tienes idea del cagadero que hicimos Lucas.
-¿Qué? ¿No entiendo? ¡¿Por qué me dejaron solo cabrones?! – Le grité a Kenton enfurecido.
-No te dejamos, ya nos íbamos y tu te regresaste… ¿Estas bien?
-Si, ahora si, pero ya quiero irme a mi casa. – Respondí con escalofríos.
-Hombre espera que Falco va 400 dólares arriba en el Black Jack, sígueme.
Entramos a el Hotel Apolo, caminamos un par de metros entre maquinas tragando monedas. Llegamos a la mesa y ahí estaba nuestro amigo Falco, pensativo mientras veía sus cartas en la mesa, con dos de sus seis patas arriba de esta. Una mesera se acercó con unas cervezas pero yo no podía tomar nada más. Quería volver a mi casa.
-Ya me quiero ir – Dije.
-Tranquilo Lucas, ya casi nos vamos – Dijo Kenton.
-¡No! ¡Ya no puedo! ¡Quiero dormir! – Gritaba mientras con mi puño daba golpes a la mesa.
-Lucas cálmate por favor y deja de gritar que nos van a correr de aquí también.- Dijo Falco -Necesitas tomarte una píldora.
-Vámonos de aquí- Grité con desesperación, pero Falco y Kenton me ignoraban. Decidí entonces tomar por mi cuenta otro taxi y dirigirme hacia el hotel Saint-Michel.
Estaba por fin en frente de mi cuarto, en el veinteavo piso del hotel, una sola puerta con el numero 433 me separaba de mi tan anhelada cama, moría del cansancio, no podía esperar el momento en el que mi cabeza tocara la almohada, fue solo entonces cuando me percaté de que había perdido mi llave. Comencé a tocar la puerta con la esperanza de que Dubois estuviera dentro, tocaba desesperado con unas inmensas ganas de entrar al cuarto, gritaba:
-¡Dubois! ¡Maldito pajarraco abre la puerta!
Pero mis intentos eran inútiles. Continué gritando desesperado y pateando la puerta. A lo largo del pasillo observé como dos siluetas se acercaban a mí. Eran dos enormes gorilas que trabajaban como guardias de seguridad del hotel, ambos vestían traje y lentes oscuros.
-Señor ¿Cuál es el problema?
-Este es mi cuarto pero no tengo la llave ¡La perdí! ¡No se donde está!
-Muy bien señor, si esto es verdad no habrá ningún problema, le daremos acceso, pero si es esto es mentira vamos a tener que seguir el protocolo de este hotel y tendremos que proceder a quitarle la vida– Decía uno de los guardias tranquilamente mientras el otro sacaba una pistola y me apuntaba en la cabeza. Comencé a temblar de miedo ¿En que lugar me fui a meter? Pensé. Comencé a dudar del número de cuarto, el número de piso, el nombre del hotel, mi nombre, esta realidad, mis rodillas temblaban.
-¿Tiene algún tipo de identificación?
Saqué de mi cartera mi licencia para conducir. Uno de los guardias la tomó y se comunicó a recepción mientras que el otro no dejaba de apuntarme con su pistola.
-Muy bien dale acceso, el hombre dice la verdad.
Los guardias me dejaron entrar. Dubois, el cuervo, dormía en la cama.
Pude por fin entrar en la cama, cerré los ojos pero no podía dormir. Pasó una hora, escuchaba ruidos en el pasillo y después un llamado a la puerta. Eran Kenton y Falco. Estaban felices de haber ganado en la mesa de Black Jack del Apolo’s. Se servían otro scotch en las rocas de la botella que habíamos comprado desde el día anterior.
Falco sacó una píldora de su maleta, se acercó a mí y la puso en mi mano:
-Te la mereces, es tiempo de partir.
Tomé un vaso de agua y tomé la píldora sin esperar un solo segundo mas. Me recosté sobre la cama. Mis ojos pesaban.
Cerré los ojos.
Abrí los ojos.
Estaba en el mismo cuarto del hotel, pero ni Kenton ni Falco ni Dubois estaban ahí. En la habitación tan solo habían otras tres personas idénticas a mi unidas por el torso. Cerré los ojos de nuevo, pretendiendo estar dormido, no fuera a ser que aquel ser de tres cabezas quisiera hablar conmigo. Me sorprendía mi incapacidad de poder distinguir la realidad de lo ficticio, de tomar control de mi vida y de mis pensamientos.

Abrí los ojos de nuevo, amanecía y yo me encontraba solo en aquel cuarto en el veinteavo piso del hotel Saint-Michel. Sentía un inmenso calor, mis sabanas estaban llenas de sudor y mi boca estaba completamente seca. No estaban ni Kenton, ni Falco, ni Dubois, ni el ser de tres cabezas. El vaso con whisky y hielos derretidos estaba a lado de la ventana. Comprendí todo en ese momento. Yo sentía como poco a poco mi cuerpo se iba desintegrando, desvaneciéndose de ese mundo hasta desaparecer, casi como si mi cuerpo fueran las últimas paginas de una historia ardiendo en el fuego, como si siguieran una regla en la que las cosas que suceden en el infierno en el infierno se quedan.