Viajar con 3 mujeres no es nada fácil:
Episodio I
El camino por la sierra de Oaxaca talvez ha sido el peor por el cual alguno de nosotros 4 hubiera experimentado en la vida. Íbamos en un transporte colectivo gracias a un consejo de un tipo que conocimos en un bar del centro de la ciudad de Oaxaca la noche anterior. Nuestra idea era llegar a Huatulco antes del atardecer en donde Rocío se encontraría con su padre que venía desde Argentina a celebrar su cumpleaños el día siguiente. Descartamos en primera instancia el hecho de ir en autobús pues sabíamos que duraría dicho viaje aproximadamente diez horas; nos habían dicho que el colectivo no tardaba mas de seis, era veinte pesos más caro pero valía la pena.
Nos autonombramos “Los desfachatados” después de una canción de los babasónicos que describía a un grupo de viajeros en una situación similar a la nuestra. Todos estudiantes de intercambio internacional en UT Austin el semestre anterior: Marina, pequeña, encantadora, inyectando siempre en nosotros un espíritu de alegría, talvez quien más experiencia de viajar tenía de nosotros cuatro. Rocío, sin duda la princesa del castillo, un poco mas melancólica que yo, pero siempre con espíritu aventurero. Ellas dos argentinas, adictas al mate y a las piñas coladas, dulces como la miel, bien podían enamorar a cualquiera solo con la mirada. Gerlinde una sensual austriaca de casi metro con ochenta, dulce y con una sonrisa que llegaba mas allá de su alma, le hacia honor a su patria tomando cerveza como si fuera agua, pues ella era la única que me acompañaba en mis sesiones de caguama.
Las curvas nunca dejaron de cesar, íbamos de un lado al otro de nuestro transporte colectivo. Gerlinde se trató de dormir en el asiento trasero pero se levantó tres minutos después tratando de vomitar. Podía ver en la cara de Rocío una incredulidad ante el diseño de esta carretera. La pierna de Marina no cesaba de moverse. Yo pensaba en ese momento que la mejor idea del día había sido mi desayuno ligero de frutas con un jugo de naranja.
Después de aproximadamente noventa minutos de curvas y de horrible música costeña, horrible es poco creanme comparado con aquel sacrilegio musical, nuestro conductor decide pararse en una villa (no se de que otra manera llamarle a tres casas en la orilla de una carretera), nos dice:
-Vamos a hacer una parada para comer, aquí pueden comer si gustan.
¿Comer? ¿Está loco? Quien demonios puede comer con estas curvas, lo que queríamos era vomitar. Uno realmente tendría que tener estomago de perro para poder comer en estas circunstancias. Gerlinde y Rocio prendieron sus cigarros. Marina se tiró en un asiento trasero para tratar de dormir un poco.
Nuestro conductor regresó después de casi una hora de estar comiendo en una de las 3 casas. Grita con poca educación:
-¡Subanse todos!, ya nos vamos.
Como me hubiese gustado que esas palabras se transformaran en acciones, y no porque no nos hayamos subido sino por que no nos fuimos. Don conductor giró la llave pero nada paso, ni siquiera un sonido, un chirrido, una explosión, humo, ¡nada!, no paso nada. Nuestro transporte estaba muerto. Pensé que iba a ser de esas ocasiones en las que por un momento piensas que esto es algo trágico pero antes que digieres ese pensamiento te encuentras nuevamente en la situación cómoda de que tan solo fue un susto, por esto comencé a reír. Pues bien, aquello no fue un susto, estaba pasando, porque intento en varias ocasiones prender el auto nuestro conductor y nada pasaba. Estábamos inmóviles como piedras, en un lugar donde había más perros que casas. Rocío se llevo las manos en la cara y dijo:
-¡No jodás!
-¿Qué pasa? – preguntaba Gerlinde, mientras Marina tan solo movía su cabeza negando incrédulamente lo que pasaba. Yo deje de reír.
Después de unos veinte minutos de inspección el conductor pudo hacer que el carro prendiera, imaginábamos nuevamente la bella playa que nos esperaba, mientras escuchábamos el suave sonido de un carro encendiéndose, creo nunca nos había emocionado tanto antes aquel sonido poco melódico. Regresamos a carretera, y después de avanzar 100 metros, nuestro transporte decidió morir nuevamente y dentro de aquella van no había mas que histeria. Ahora podíamos decir certeramente que el transporte estaba completamente muerto. El Conductor nos ofrecía pagar el boleto del primer camión que pasara, yo en realidad no recuerdo porque no aceptamos aquella oferta. Talvez era nuestra indignación ya que habíamos pagado una buena cantidad de dinero extra para que nos llevaran a Huatulco. El conductor hacía llamadas al pueblo más cercano para que vinieran a recogernos pero nadie estaba dispuesto a hacerlo a menos de que pagáramos más dinero aún. Me daba demasiada vergüenza pues así era como funcionaba en mi país, la empresa no se responsabilizaba por estas cosas. Estábamos estancados a 100 metros de un pueblo de 3 casas que se llamaba “Las Castañas”.

Todos nosotros talvez hubiésemos tomado todo con mas calma de no haber sido por un terrorífico personaje que apareció de la nada. Aquel individuo no medía más de un metro con sesenta, flaco, moreno, sus manos llenas de ampollas, un sombrero que era demasiado grande para su cabeza. Cuando diabólicamente sonreía podías ver los pocos dientes que le quedaban junto con encías sangrientas. Su arma un machete de un metro de largo, acompañado siempre por un pequeño perro color café que no media mas de veinte centímetros. Creo que la única persona que no notó su presencia fue Gerlinde. Por alguna razón permaneció todo el tiempo a un lado de nosotros, no se iba, era algo realmente terrorífico.
La preocupación mas grande de Rocío era su padre, la acompañé hasta “Las Castañas” a hablar al hotel donde llegaría, en Huatulco, su padre para dejarle un mensaje con respecto a nuestra situación. Marcó Rocío, preguntó por su padre, la señorita de la recepción le dijo que aún no llega el señor Restaino. Rocío un tanto preocupada me explica, yo le digo que hable al hotel de México, lo hizo, y le dijeron que su padre había hecho “check-out” a las 8 AM. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, entonces matemáticamente el señor Restaino, padre de Rocio, debía estar tomándose un coco helado, tomando el sol, a un lado de la alberca de su hotel, en Huatulco. Dentro de la cabeza de Rocio no había mas que situaciones caóticas, se imaginaba a su padre asesinado, raptado, accidentado, hospitalizado. Noté el cambio de cara en ella cuando supo que no tenía la más remota idea donde estaba su padre. La abracé tratando de consolarla, mi hombro en poco tiempo estaba completamente húmedo. Regresamos caminando a la inerte van, en el camino notamos que el individuo del largo machete nos venia siguiendo, en ese momento el que quería llorar era yo, pues a mi parecer no hay pero forma para morir que a machetazos. Mis pasos venían acompañados de temblor. Rocío y yo tan solo aumentamos la velocidad de nuestro caminar sin llegar al extremo de correr, no vaya a ser que el presunto asesino fuera a pensar que teníamos poca educación. Al llegar con los demás les expliqué que era lo que pasaba. Marina fue quien mas consoló a Rocío, también quien mas le reclamó al imbécil del conductor que no podía hacer nada para sacarnos de ahí. Yo quería tomar el primer camión y alejarme del individuo del machete; por un momento pensé que aquel personaje era producto de mi imaginación pues yo era el único que mostraba preocupación ante el y su temeroso perro de veinte centímetros.
Las negociaciones con el inepto del volante iban avanzando, el ofreció pagar el pasaje del otro colectivo que pasara. Los rayos del sol nos abandonaban cada vez mas minuto a minuto, el ocaso era casi un hecho, Rocío lloraba mientras tarareaba:
-¡No quiero pasar mi cumpleaños en esta carretera jodida!
Marina la abrazaba tratando de consolarla. Cuando ya había oscurecido completamente llegó finalmente una van de la misma empresa, la cual nos cobro la mitad de lo que ya habíamos pagado, por supuesto. Tomamos nuestras maletas y nos subimos al siguiente transporte. El señor del machete movía su mano despidiéndose de nosotros. Rocío recolectaba sus lágrimas con una toallita, mientras todos sonreíamos.
El resto del camino fue igual de sinuoso que la primera mitad. En este eventualmente aparecían personas caminando a un lado de la carretera, al pasar cercanamente a ellos los focos del auto las iluminaba tenebrosamente, yo le decía a Marina que no eran personas, sino gente que había muerto en estas peligrosas curvas. Ahora que pienso le pudo haber dado más miedo el decirle que eran victimas del individuo del machete con encías sangrantes.
Fueron catorce horas, después de haber abandonado la ciudad de Oaxaca, cuando por fin llegamos al hotel “Marlín” en Huatulco. El padre de Rocío nos estaba esperando en la puerta, eran las 11:45 de la noche, quince minutos antes de que fuera su cumpleaños. Rocío abrazo a su padre mientras le decia:
-¡Vos sos boludo! Pensé que te había pasado algo.
El señor Restaino tan solo rió al abrazar a su hija, la misión había sido cumplida; Rocío no pasaría su día en los horribles caminos oaxaqueños. Por tratar de hacer menos tiempo hicimos el triple del tiempo y gastamos el doble del dinero también. Viajar con 3 mujeres no es nada fácil, pero no lo digo por esto. La aventura continua…