Ha tomado algo de tiempo hacer este escrito. Para entender con mejor detalle la historia, se le sugiere al lector leer primero la historia "Viajar con 3 mujeres no es nada facil", la cual puede encontrar en los archivos de esta misma pagina.
Viajar con 3 mujeres no es nada fácil II
“Quería sacar de mí ese instinto animal que nos separa de las mujeres, aquello que nos define como hombres.”
La misión había sido un éxito a pesar de los sucesos que pretendieron obstaculizar que Rocío pudiera pasar su cumpleaños 22 en una calida playa de México. El hotel Marlin sería nuestra posada por unos días estando en Huatulco. Hambrientos decidimos tomar un taxi para que nos llevara al centro del pueblo a cenar tacos y de paso conocer un poco el pintoresco centro de este pueblo turístico de Oaxaca. Gerlinde sin clemencia alguna atacó los tacos como si estos fueran tulipanes que había encontrado en el desierto, los atiborraba de cuanta salsa estuviese sobre la mesa; creo que hasta hoy día ella debe de recordar bien aquella cena en ese restaurante-taquería, con iguanas amarradas a un árbol, en el centro de Huatulco. Me atrevo a pensar así por que a la mañana siguiente y por el resto de su estancia en esta playa no pudo levantarse de su cama. El dolor de estomago no le permitía caminar mas de 20 pasos y los sonidos de sus tripas opacaban el cantar de los grillos por las noches.
La lluvia fue otra fiel compañera durante nuestra estancia en esta playa, parecía que no éramos bienvenidos a Huatulco después de todo. Esperábamos, sentados en el lobby del hotel, escuchando las gordas gotas de lluvia azotar sobre las tejadas de barro del lugar. Era un sonido constante que no daba pistas de sus pretensiones de terminar. Tristes mirábamos la calle inundada desde aquellos sillones incómodos. En ocasiones dejaba de llover, nos emocionábamos y salíamos corriendo a la playa para tratar de aprovecharla aunque fuera por escasos minutos, pero la lluvia volvía y nos hacia ir de un lado a otro. Jugaba con nosotros como si fuéramos títeres de su voluntad. Un día el señor Restaino, desesperado de ver tanta agua caer del cielo preguntó a un lanchero:
-Che, ¿aquí cuando va a dejar de llover?, ¿sabés?
-Oh pus quien sabe, porque vendrá a saber que acá cuando llueve, ¡llueve!, y cuando no, pues no.
La cara del señor Restaino después de escuchar aquella respuesta era digna de fotografiarse. Yo tan solo reí. El campo de la filosofía urbana de lancheros iba más allá de nuestra imaginación y sus respuestas más allá de nuestra comprensión. Sin embargo aquello que dijo aquel lanchero pareció ser una profecía a nuestro favor, horas después el cielo lentamente se despejó y al fin pudimos disfrutar del mar. Comprobamos entonces lo que nos fue dicho; en Huatulco cuando llueve, ¡llueve!, y cuando no, no.
Huatulco se compone principalmente de siete bahías: Cacaluta, Orégano, Maguey, Santa Cruz, Chahué, Tangolunda y Conejos. Fuimos explorándolas, sin embargo no tuvimos tiempo para conocer todas. En la bahía de Maguey practicamos buceo. En Chahué casi nos ahogamos. Santa Cruz era donde se encontraba nuestro hotel, y en medio de la bahía había un muelle bastante poético.
Un día de aquellos comencé a sentir nostalgia, y algo me llamo a caminar. Sin camisa ni cartera me deje llevar por el viento. El inicio de una novela que estoy escribiendo habla de un personaje que camina hacia el sur, a la orilla del mar, sin saber porque. Así me sentía, necesitaba un poco mi soledad, algo me llamó aquel día, mi destino era llegar a Bahía Conejos. Para mi desgracia cuando me encontraba caminando a un lado de la carretera, semidesnudo y sin dinero, comenzó a llover de nuevo. No era la típica dolorosa gota gorda sino una brisa con fuerza que se encajaba en mi rostro. Sabía que si pretendía llegar a Conejos tenía que tomar un medio de transporte más rápido que mis dos pies. Comencé a levantar mi pulgar hacia los carros que pasaban en señal de auxilio mientras seguía caminando. Después de media hora de fallidos intentos una camioneta se detuvo 20 metros delante de mí. Era una pick-up con camper. Di un brinco y aborde la parte trasera. Dentro de ella iban unos 7 “surfers” aproximadamente de mi edad y unos mas pequeños. Mientras platicábamos veía como los metros se hacían más cortos, admiré el camino que hubiera tenido que recorrer si estos individuos no se hubieran apiadado de mí. Una pregunta desconcertante me hizo el más joven de los “surfers”
-¿Tu a donde vas?
El responderlo fue mas difícil de lo que pensaba, pues bien pude responder que iba a Bahía Conejos, pero sabía bien que ese no era mi verdadero destino, tan solo era una meta ficticia para hacer ese acto simbólico de caminar con mi soledad. Igual daba Conejos que Tangolunda. Le respondí sinceramente:
-No sé.-Al ver que mi respuesta no había sido mucho de su agrado repliqué – ¿Ustedes a donde van?
-Vamos a Copalita.
Después de unos minutos más de carretera decidí que había sido suficiente, después de todo probablemente tendría que caminar gran parte del camino de regreso. Uno de los “surfers” dio un golpe a la ventana de la cabina del conductor y segundos después se detuvo. Di un brinco para salir de aquella camioneta, les di las gracias por el favor y ellos me desearon buena suerte en mi búsqueda. Aquella playa era Tangolunda. Nadé un poco y después regresé a Santa Cruz con un acuerdo al taxista que le hice a medio camino:
-Oiga se me olvido decirle que no traigo mi cartera pero en donde me va a dejar esta, me va a tener que esperar para ir por ella, ¿está bien?
-Pues ya que güero.
Exacto. Mi plan había funcionado, lo peor que podía pasar era que se negara el taxista y me dejara a medio camino, el cual ya era ganancia para mí porque medio camino hubiera salido gratis para mí, y sabía bien que esa distancia era caminable.
Al regresar noté a Marina preocupada, me decía:
-¿A donde fuiste Dani?
-Solo fui a caminar por ahí.
-Estábamos preocupados ya.
-¿De veras?, sorry, se me olvido avisar.- no se me había olvidado, lo había hecho a propósito.
Tome mi cartera y fui a pagarle al taxista.
Nuestro tiempo en Huatulco había terminado. El señor Restaino tenía que volver a la ciudad de México a trabajar, y a nosotros nos quedaban unas playas por conocer más al norte. Gerlinde ya había sanado de su enfermedad y Zicatela, mejor conocido como Puerto Escondido, era nuestra próxima meta.






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