Monday, March 29, 2004

Se le recomienda al lector leer los dos capitulos anteriores a este.

Viajar con tres mujeres no es nada fácil III :

Los Sapos:

Las puertas del camión se cerraron, me separaban ahora de Gerlinde quien con cara triste y agitando su mano se despedía de mí. El chofer se acercó diciéndome: << Joven, tome su asiento por favor> >. Sin perderla de vista tomé un asiento donde me pudiera seguir viendo y yo a ella, no sabía que hacer, pues me miraba desde aquella banqueta como pidiéndome que no me fuera, pero irme era algo que ya había decidido. El motor del camión se encendió. Abandonaba a mis tres mujeres en aquel pueblo “surfer” que me había dado los días más memorables de mi vida. El camión comenzó a avanzar lentamente mientras yo pensaba que había sido probablemente la última vez que mis labios habían acariciado los de Gerlinde, a quien perdí de vista después de escasos metros de haber avanzado. Podía escuchar los latidos de mi corazón, en forma de reclamo, hasta en los lóbulos de mis orejas, mientras veía que anochecía por mi ventana en Zicatela y yo empapaba con lágrimas una camiseta verde que traía puesta. Dormitaba de un asiento a otro en aquel autobús que me conduciría hasta Tonalá (y yo aún seguía sin saber por que me dirigía hacia allá). Las frecuentes y densas gotas de lluvia resonaban en el techo del camión mientras escuchaba los tonos de un piano, interpretado por “Coldplay”, en mis audífonos. No pensaba en otra cosa que en el día en que yo me encontraría como estoy ahora, sentado en frente de mi computadora, tratando de evocar esos últimos días, ese episodio de Zicatela que dejó su huella definitiva en mi vida, tratando de escribir lo que viví y como lo viví. No sabía si iba a ser dentro de un mes o 10 años después, pero si sabía que lo escribiría.

Un mes fue la duración total del viaje, y yo seguía sin creer que había terminado ya. Sentía culpa, sentía remordimiento.

Dentro de esos colapsos en los que uno no sabe si esta soñando o esta despierto me asomé a mi ventana. En la carretera podía ver una inmensa cantidad de sapos saltar tratando de llegar a la otra orilla de la carretera; debieron ser cientos de miles pues no importaba cuanto avanzáramos, ellos continuaban apareciendo por toda la carretera, brincando de un lado al otro, muchos de ellos habían sido aplastados pues podía uno ver las manchas verdes en el húmedo pavimento así como sus tripas decorando bizarramente el camino. Al ver su ingenuidad e inocencia me conmoví un poco, y hasta me sentí identificado, pues me sentía como esos sapos, que sabía ahora que no eran producto de un sueño, sin rumbo alguno, solo brincando de un lado al otro esperando tener la suerte de no ser aplastado. Era yo un sapo asqueroso que había abandonado a sus tres mejores amigas en un país desconocido para ellas, sentía que mi lugar no era ese cómodo asiento sino el de estar brincando junto con aquellos anfibios hasta ser descuartizado por una llanta.

Mi imperio por un par de toallas:

Aproximadamente 8 días antes habíamos llegado a Zicatela. Noté la mirada de Rocío y Marina al llegar, sus primeros comentarios fueron:
-Esto es una mierda.
No les reprocho sus comentarios pues el lugar donde nos había dejado el camión era en realidad una mierda, pero sabía yo que esto era el centro Puerto Escondido y en donde realmente estaba el ambiente que buscábamos era en Zicatela, una playa a cinco minutos del centro. Tomamos un taxi quien nos dejó en frente de unas cabañas en Zicatela, el tipo encargado de estas nos ofreció un buen precio con la condición que pagáramos dos noches por adelantado. Marina y Gerlinde fueron a inspeccionar el área cercana para comparar precios, a fin de cuentas esas cabañas aparentaban ser la mejor opción. Pagamos dos noches para después salir a conocer lo que sería nuestro hogar por los siguientes días.

Una sola calle, llena de polvo, separando los bungaloes, restaurantes, cabañas, departamentos y hostales de la playa. Tablas de surf enterradas en la arena, gente de todo el mundo por aquella calle que no debe de tener mas de un kilómetro de largo. Bastarían tres días apenas para conocer a la mitad de las personas que la habitan. Para saber que el dueño del café es un argentino amargado, para escuchar el chisme qué uno de los dueños del hotel Inés había tenido un hijo con una hija de un empleado suyo 40 años menor que él, para observar que las banderas rojas en la playa jamás serán removidas pues es una playa peligrosa todos los días del año. Zicatela no es un pueblo, es un barrio en el que todos se conocen, donde el ser mexicano es casi como ser extranjero en el resto del país, pues en esta playa hay mas europeos, canadienses y australianos que en cualquier otra.

Después de una cena gratis y unas cuantas cervezas regresamos a nuestra cabaña a dormir. Como olvidar aquella noche, pues un calor infernal fue lo que me despertó, al ganar un poco de conciencia me di cuenta que todo mi cuerpo estaba lleno de piquetes de mosquito y que había sudado una laguna que rodeaba el contorno de mi figura en las sabanas; el maldito mosquitero que colgaba del techo, para abarcar la cama, tan solo me causaba claustrofobia. Pregunté:
- ¿Por qué apagaron el ventilador?
- No lo apagamos, se fue la puta luz – contestaba Rocío con un tono de encabronamiento severo.
- Me lleva la gran puta – reponía con coraje Marina.
- ¿Qué pasa? – decía Gerlinde con un español forzado tratando de ser parte de la conversación.
Eran apenas las tres de la mañana y todos teníamos un calor endemoniado a causa de que los ventiladores no funcionaban, la piel llena de piquetes y mordeduras de insectos, sin poder dormir a causa de esto. Fue una noche larga en la que ideamos que partiríamos pronto el siguiente día de aquella mierda de lugar (como les fascinaba llamarle a mis argentinas).El único inconveniente sería que ya habíamos pagado la siguiente noche en esa pocilga.

Al día siguiente preparamos nuestras maletas y apresuradamente nos dirigimos hacia la gerencia de esas cabañas. El encargado de aquel lugar no estaba presente, en su lugar estaba el señor con dientes de metal y arrugas prominentes que nos había hecho la oferta de las dos noches el día anterior, ahora lo veíamos con desprecio. Le pedimos nuestro dinero de vuelta y el argumentó que el dueño volvería hasta las cuatro, pero que no creía que fuera a haber problema, le preguntamos si podíamos dejar las maletas en el lugar, el dijo que no había inconveniente alguno, nosotros siempre haciéndole saber nuestras intenciones de no pasar una noche más en aquel espacio que nos había causado una noche agónica, sobre todo a Gerlinde, quien nos demostraba con sus ronchas de proporciones planetarias que efectivamente era alérgica a los mosquitos. Confianzudos nos fuimos a tomar el sol a la playa, comimos y regresamos a la hora indicada por “dientes de metal”; efectivamente estaba el gerente de las mentadas cabañas, al parecer un tanto advertido por su compinche de nuestras intenciones de fuga. El gerente es uno de esos personajes con los que uno se topa en la vida que incitan a la violencia por su extrema ignorancia, por su despotismo y su evidente aura de negatividad, en los que los recuerdos de los breves momentos que compartieron te llevan a este espacio en el que quisieras despedazarle la cabeza a martillazos. Me acompañaba Marina ya que Gerlinde y Rocío no querían volver ni para bañarse a aquella pocilga. Con brevedad y la mejor de las educaciones le expuse la situación, en la que debido a sus deplorables instalaciones habíamos pasado una mala noche y considerábamos prudente no volver a pasarla, así es que queríamos el dinero de la segunda noche para cambiar de cabañas. A aquel idiota le entraron mis palabras por una oreja y le salieron por la otra, argumentó que no era posible ya que las maletas se habían quedado en el hotel, eso contaba como estancia y el “check-out” era a las 12. Le expliqué, todavía sin salir de mis estribos, que a las 9 de la mañana habíamos pretendido hacerlo, sin embargo él no estaba para devolvernos nuestro dinero, es por eso que volvíamos a esta hora que nos había indicado “dientes de metal”. Tuve nuevamente esa sensación que lo que le decía le valía madres, después de ello y sin saber que otra cosa argumentar dijo:
-Ya no tengo su dinero, me lo gaste todo ayer.
-Como que se lo gastó, cree que somos tontos o ¿que?- repusé.
-Si mira, ya no hagan más problema, pasen la noche que ya pagaron en el hotel y mañana se van tranquilos.
Marina se empezó a intranquilizar, y comenzó a decirle:
-Yo no pienso volver a pasar otra noche en este lugar, señor devuelvanos por favor el dinero. Una de las chicas que viene con nosotros pasó la peor noche de su vida.
-Miren, ya dejen de lloriquear cabroncitos, no les voy a devolver ni madres.
Después de eso me perdí del mundo de la serenidad empecé a gritarle violentamente diciéndole dentro de mis argumentos en un tono agresivo adjetivos como “pinche naco”, “idiota de poca educación”, “espero te pudras” , Marina tuvo que detenerme y separarnos pues estuvimos a punto a agarrarnos a golpes. Era un caos, todos gritábamos de todo, después tuve que ser yo quien detuviera a Marina para que no agarrara a cachetadas al gerente.

Rendidos y con malas noticias volvimos donde estaban Rocío y Gerlinde. Era evidente que no pasaríamos una noche más en aquella pocilga. Regresamos al cuarto y tomamos cuantas cosas pudimos, desde un recipiente para hacer hielos, un sartén oxidado, y las cuatro toallas que nos habían dado el día anterior, desafortunadamente el garrafón de agua era muy pesado para que los lo lleváramos. Como lo habíamos anticipado “dientes de metal” nos esperaba aduanalmente en la salida de las cabañas. Evidentemente vio que nos llevábamos las toallas y trato de detenernos. Nos dijó:
-No se pueden llevar eso.
-Hasta donde a mi me concierne seguimos registrados en el hotel, por lo tanto podemos hacer uso de sus facilidades- Repuso Marina.
-No le hagan al loco, devuelvanme las toallas.- Decía “dientes de metal” mientras intentaba arrebatar una de las toallas que se asomaba de la maleta de Marina. A esto Marina levantó la palma de su mano para dar una fuerte bofetada a “dientes de metal”. Ella le advirtió:
-Usted me pone una mano encima y le juró que no vive para contarlo.
-Voy a llamar a la policia.- Dijo “dientes de metal”.
-¿Ah si?, por favor hágalo, aquí lo esperamos los cinco, hágame el favor, pues tenía pensado yo hacerlo , veremos quien es el verdadero ladrón.- Dije encabronado.
“Dientes de metal” no hizo mayor esfuerzo en detenernos. Caminábamos con una sonrisa vengativa por la única calle de Zicatela, sabíamos que los secuaces de “dientes de metal” nos seguían, pero no nos importaba, estábamos actuando conforme al derecho. Nuestro próximo hogar y por el resto de nuestra estancia sería el “hotel Inés”, quien por solo pagar 10 pesos más cada uno, que en las otras cabañas, nos ofrecía una suite presidencial en comparación de la anterior pocilga.

Esa misma noche uno de los trabajadores del hotel tocó en nuestro cuarto, le dijo a Rocío que habían venido unas personas preguntando por unos chicos que se habían robado unas toallas. Ellas estallaron en pavor, no querían salir del hotel pensando que nos iban a hacer daño, yo traté de tranquilizarlas y les dije que no se preocuparan, a fin de cuentas se calmaron. Al día siguiente pasamos por la pocilga y arrojamos sus artículos que reclamaban en sus puertas; fue como liberarnos de un gran peso y cerrar un episodio que sería mejor no recordar mas que cuando ya hubiese sido añejado y pudiéramos disfrutar acompañado de unas cuantas carcajadas. Pudimos empezar entonces a vivir nuestro pequeño pedazo de paraíso en vida.

Por fin Zicatela

Mi dieta en Zicatela consistía básicamente en una caguama y una sopa instantánea “maruchan”. Gerlinde siempre despertaba más temprano que todos, gustaba de caminar por las mañanas, mientras Rocío y Marina nunca lo hicieron antes de la una de la tarde. Yo me despertaba en un intervalo entre esas dos tendencias.

Cuando compartes tanto tiempo con tres personas te das cuenta de esos pequeños detalles que sabes bien harán inolvidable a esas personas. Como olvidar las sesiones de “mate”, la hierba no la ciencia, en todos lugares y a todas horas; fueron interrumpidas en ciertas ocasiones ya que el termo donde transportábamos el agua para cebarlo accidentalmente fue destruido. Al principio era un termo especial para cebar mate pero al romperse tuvo que ser sustituido por un termo que parecía más bien una lámpara vieja árabe de un color melón desabrido que pareciera que al frotarla arrojaría un genio que cumpliría nuestros deseos. Como olvidar también las sesiones de depilación en el hotel en la que Rocío y Marina intentaron persuadir a Gerlinde a intentar quitarse los bellos en su cara pero fracasaron rotundamente. Como olvidar también la insistencia gastronómica de mis tres mujeres de rechazar la especialidad de la casa ya que si íbamos a un restaurant mexicano pedían spaghetti o arroz chino, pero si asistíamos a un restaurant de sushi preguntaban por tacos o tortas de pierna. No existía en las mesas de los bares a los que íbamos otra bebida que no fuese una “piña colada”. Podíamos sentir siempre las miradas de todos cuando nos bañábamos en la alberca e inventábamos juegos estúpidos como “impulsa al surfer submarino” y “la serpiente acuática en bloques”. < < Han de pensar que hacemos orgías por las noches por como nos miran > > un día me dijo Marina. No dudo que las personas que nos vieran juntos pensaran ello, y lo digo con la mayor humildad posible ya que nunca me he considerado como un casanova, sin embargo la unidad y sinergia que se percibía no conducía para otro rumbo pero poco nos importaba. Nosotros estábamos suficientemente entretenidos con el “surf”, el mar y el alcohol.



Viajar con tres mujeres no es nada fácil, debes de ser guía turístico, traductor, guardaespalda, contador, psicólogo, depilador, carga equipaje, amante, generador de celos para terceras personas, chofer, masajista, bufón, bailador, pero ante todo: amigo.

Muchos pensamientos se capitulaban por mi mente en los últimos días. Sentía que había tocado de más mi lado femenino, quería sacar de mí ese instinto animal que nos separa de las mujeres, aquello que nos define como hombres, quería tomarme una cerveza fría con un amigo, recortar el trasero de alguna mujer que pasara frente a nosotros, hablar de futbol, tirarme un pedo sin apretar mis nalgas y sin remordimiento para después reírme, eructar a los cuatro vientos una sinfonía sin sentido, fumarme un cigarro mientras platicamos de experiencias con mujeres que han resultado ser todas unas arpías con nosotros. Nunca pensé en el poder profético de mis pensamientos, pues un mes después podría hacer más de la mitad de esas cosas a no muchos kilómetros de ese mismo lugar, mientras comía gorgojos en un remoto pueblo llamado Totontepec.

Sentía como si fuera más que nada como un estorbo que alentaba sus intenciones de seguir viajando. Yo tenía que ir a Tonalá por una promesa que me había hecho a mi mismo. Era tiempo de partir pues creía que de seguir con ellas tan solo acabaríamos en malos términos. Unos días antes de partir de Zicatela me encontré con un correo de mi prima Eunice en la que me felicitaba por lo hermoso que era mi sobrina, yo pensé que era una mala de muy mal gusto ya que se suponía que Paulina nacería dentro de veinte días. Estaba equivocado pues el parto se adelantó, llamé apresuradamente a mi casa y confirmaron las palabras de aquel correo electrónico. Tuve una sensación indescriptible que no había sentido antes en mi vida, era tío ya, existía un ser en este mundo que significaba tanto para mí y aún no conocía. Ese fue el puntapié que me expulsó de Zicatela. Partí el mismo día que Marina cumplía veintidós años. Me despedí con un largo abrazo a cada una de ellas, Gerlinde me acompaño hasta la central, nos subimos en el taxi para luego partir del “hotel Ines”, podía ver como se perdía entre el polvo de la calle la imagen de Rocío y Marina diciéndome con sus manos adiós.


36 horas en Tonalá:

Llegué a las 4 de la mañana a aquel pueblo en el que viví grandes momentos de mi infancia. Quería ver a mi abuelo, el tronco de los Chivardi, Don Carlos. Sabía que su edad era avanzada y llevaba 7 años sin verle. Tonalá resultó ser mas verde de cómo lo recordaba sin embargo tenía aquel sentimiento de que era mas pequeño que en los recuerdos. Le platiqué todo mi viaje a mi tio Marco Antonio, cuando terminé de hacerlo me dijo:
-¿Te puedo hacer una pregunta?
-Si claro tio.
-¿Qué haces aquí?
No supe responder. Sin embargo no considero mi partida a Tonalá como un error, ya que a pesar que fueron escasas las horas que pasé en aquel pueblo que vio nacer a mi padre pude recolectar recuerdos que habían parecido olvidados por el tiempo como el impetuoso árbol de tamarindo del que colgábamos de pequeños las hamacas, el pozo de donde sacaban los tíos agua para bañarnos a jicarazos, la casa de herramientas de mi abuelo que mi primos Jaime y Paúl quemaron accidentalmente por andar jugando con petardos, visitar nuevamente la olvidada playa de “puerto arista”, con casas despintadas y rejas carcomidas por el salitre. Treinta y seis horas después había cumplido mi misión: recordar mis raíces, visitar a aquellos parientes que llevaba tanto tiempo sin ver y poder revivir episodios de mi vida que quería hacer. Me subía nuevamente al camión que me llevaría a Ciudad de México para reencontrarme después con Rocío, Marina y Gerlinde en Acapulco.


La despedida:

Acapulco fue como una prolongación de aquella despedida en Zicatela. Veíamos que el tiempo ya no era un aliado más en nuestra empresa. Fue más que una experiencia un tiempo reflexivo para prepararnos para la despedida final. Como si fuera una metáfora divina todo el tiempo llovió en Acapulco, recordando un poco nuestro tiempo en Huatulco. Nos quedamos en casa de Oli, quien había comenzado con nosotros el viaje en Monterrey y hasta Guanajuato pero tuvo que retornar a su ciudad. Su hospitalidad fue extraordinaria a pesar que ahora estábamos en la casa con otros amigos de él de quien no recuerdo nombre alguno. Sin embargo el tiempo fue solo eso, un intento por retrasar lo inevitable, una melancolía de separación próxima en la que yo solo había vuelto a Acapulco para verlas, para despedirme con la mirada en alto y que vieran al Daniel que siempre conocieron, no a un Daniel resentido y hastiado por otras circunstancias ajenas a ellas. Pude abrazarlas fuertemente, darles besos hasta cansar mis labios y tomar una última piña colada admirando el mar. Al tercer día partí junto con Gerlinde a Ciudad de México nuevamente, en donde cada quién tomo un avión para su respectivo hogar. Marina y Rocío siguieron viajando por México por un mes más.

Viajar con tres mujeres no es nada fácil les repito, las despedidas son tres veces mas difíciles, también puede ser peligroso para el corazón, les advierto, pues tanto los recuerdos como las lágrimas llegan en tercias, y la sonrisa final al evocar los recuerdos de este viaje es tres veces más grande también.


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