Te espero a la salida:
Las clases habían terminado aquel día, estábamos en nuestro tercer año de la secundaria, salía yo del salón y Kito me esperaba afuera de este, Acompáñame al baño, me dijo, con un tanto de seriedad pero sin perder un grado de tranquilidad, yo acepté moviendo mi cabeza. El pasillo que nos separaba del baño parecía infinito, los azulejos del piso crujían con complicidad al ritmo de nuestros pasos, ya me imaginaba en ese momento el porque me había pedido aquel favor, buscaba en mi mente algunas palabras para tranquilizar una ira interna agazapada que le conocía y sabía bien era una bomba de tiempo a punto de estallar. Al entrar al baño mis sospechas y temores se hicieron verdades absolutas, Terán estaba esperando, con brazos cruzados y mirada hipócrita. Las palabras jamás se vieron tan opacadas por las acciones pues cuatro pasos después de entrar al baño Kito dejó que la mochila que colgaba de su espalda se deslizara por sus brazos y consecuentemente cayera al suelo, pero en ese lapso en la que se suspendía por el aire Kito cerró sus puños y cual si fueran pirañas hambrientas encontraron mas de tres veces la cara de Terán. Cayó al suelo. Con toda la calma del mundo, como si fuera un osito de felpa, Kito lo pateó tres veces en su abdomen y Terán volaba de un lado al otro cual si fuera calzón de puta. Sus quejidos se embetunaban con el hedor a orina mientras yo atónito contemplaba la paliza que Kito efectuaba como un verdugo sicótico. La cara de mi amigo cambiaba ahora, parecía un demonio. Tomó la cabeza de su enemigo y la colocó en el filo de la barra para orinar, dispuesto a abrir su cráneo cual coco playero, esto forzó cambiar mi posición de espectador, la cual estaba disfrutando, a la de protagonista; me lancé contra Kito para detenerlo, pues existe una gran distancia entre ser testigo de una madriza a la de un asesinato. No vale la pena Kito, déjalo- le dije. El reaccionó y lo soltó. Dejamos a Terán tirado en aquel suelo, con su cabello oliendo a meados.
Kito siempre platica a los demás este evento como si yo fuera quien golpeó eufóricamente a Terán, y él quien me salvó de romperle el cráneo en el filo del orinadero.
Aquella tarde de sol calcinante conocí una faceta del primer amigo que tuve en Juárez. Caminábamos, como cómplices de un delito, sin cruzar palabras por los senderos rodeados de maleza que conducían a la salida de la escuela. Después de aquel día, Terán no volvió a decir nada contra Kito ni contra mí, pues aunque nunca supe con certeza lo que dijo que enfureció tanto a mi amigo sabía bien que la característica de este individuo era la hipocresía y que la golpiza que recibió aquel día no había sido gratuita.
Volví a recordar aquella faceta de Kito el día en que me clavó una navaja en la palma de la mano como consecuencia de no pasarle el teléfono mientras hablaba, pero esa es otra historia.






0 comentarios:
Post a Comment