Tuesday, July 06, 2004

“Mas allá de Tres Jacales”

Sabía bien desde el momento que encendí el motor que era una mala idea, todos los ingredientes indicaban a un final trágico aquella noche en la que por un momento creí que moriría.

Tres Jacales es un pueblo lejano y peligroso, un suburbio de tantos a las afueras de Ciudad Juárez, pues bien, yo no me dirigía a Tres Jacales sino más allá. Llamé a Kito, ya era tarde, yo había ido a una corrida de toros antes con mi padre, sabía bien que todos estarían en su rancho, y de no ser porque el mejor plan alterno era el de ver películas pseudo pornográficas en el “Cinema Golden Choice” a esas altas horas de la noche no hubiese ido. Las instrucciones fueron claras, al menos eso pensé al escuchar las palabras del papá de Kito por el teléfono, Debes de pasar “Tres Jacales” y después “El millón” estate pendiente porque a la primera oportunidad a tu derecha debes de dar vuelta, donde esté un letrero doblado que diga “La herradura”, después vas a pasar por un camino de terracería, si te pierdes llámame a este teléfono, vente con cuidado porque la carretera esta fea. Yo anoté cuanto pude en un post-it amarillo, de esos que se pierden al segundo parpadeo, con anotaciones y flechas que solo yo podía entender, o al menos eso quería creer. Tomé el carro, encendí el motor y partí hacia el rancho “La herradura”, mientras manejaba las primeras cuadras pensé que todo indicaba para que algo malo me pasaría aquella noche, tuve ese mismo sentimiento que tuve el día que me puse a pensar en la probabilidad que un pájaro cagara sobre mí y cinco minutos después efectivamente mi camisa favorita de “Blue Demon” estaba embarrada de la blanca y caliente caca de un puto gorrión.

La carretera era oscura, demasiado oscura, pensaba que eran mis luces las que no servían pero después de apagarlas por un momento para cerciorarme de que no fuera así las volví a prender inmediatamente al percatarme que podía estar más oscuro de lo que ya estaba. Los señalamientos eran nulos, ni siquiera se podía ver esa rayita de en medio de la carretera, la extrañaba tanto, me sentía como un indefenso cachorro en tierra de hienas. Cuando veía un carro delante de mi me le acercaba lo mas que pudiera para que el fuera delante, como si fuera mi escudo de cualquier peligro que se pudiera presentar adelante, pero al parecer nadie iba tan lejos como yo, después de un tiempo todos se orillaban y llegaban a su destino, al parecer era el único pendejo que se había atrevido a explorar carreteras tan lejanas. Los arenales donde habían encontrado a tantas muertas pasaban a mi derecha, mientras un río de aguas negras a mi izquierda aromatizaba el ambiente y hacía mi sentimiento de terror puro aún más genuino. La vida no es fácil, eso ya lo sé, mas en esta etapa de mi vida, y como es costumbre ya, traté de encontrar la analogía entre ese episodio y mi vida, en aquella carretera oscura, olvidada por el mundo, y mi vida, oscura también, sin luz alguna, sin saber si encontraría la luz al final del camino.

Había pasado apenas San Isidro, el primer suburbio de cinco que tenía que atravesar, volteé a mi celular para ver si había recibido algún mensaje y para colmo lo único que encontré en la pantalla fue la pantallita azul acompañada del mensaje : “Buscando servicio”. Claro, mi compañía es una basura, ahora agregaba puntos a mi acumulado de errores esa noche, no podía creer que no había recordado la mierda de cobertura que tiene UNEFON, al parecer eso de llamar al papá de Kito era algo improbable y tenía que llegar a “La Herradura” por mi cuenta.

La carretera fue oscureciendo más, como si la noche tuviera horas de luminosidad. La luna era escasa, apenas se dignaba a darme una delgada sonrisa, sin embargo las estrellas se veían esplendidas, parecían lunares en la piel del cielo, ello era lo único que apenas me hacía sonreír en aquella noche tormentosa.

Pasé Tres Jacales por fin, después de casi ser aplastado por un camión que venía en sentido contrario gracias a la ausencia de señalamientos en la negra carretera. Llevaba casi 45 minutos manejando ya y comenzaba a desesperarme. Pensaba todo el tiempo en dar una vuelta en “u” y retornar a mi casa, sin embargo estaba a escasos kilómetros de “La Herradura” , o al menos eso pensaba, y el retornar no era prudente. Tan solo quería llegar al afamado rancho para tener un copiloto con quien regresar en esta terrible carretera. Pasé “El millón”, puse toda mi atención hacia mi derecha, en la búsqueda de un letrero doblado que dijera “La Herradura” en aquella increíble oscuridad, por momentos me entraban dudas pues no confiaba del todo en mi vista, el ser daltónico en una carretera tan poco iluminada es una verdadera desventaja, ¿Me lo habré pasado ya acaso? Cinco minutos más, juro que ni un segundo más, si no encuentro el puto letrero me regresó a Juárez. Fueron ocho minutos en realidad, di tres de prorroga por aquello de que estaba mas allá que acá, ahí estaba, tan doblado como me había sido advertido, parecía mas bien un letrero hacía las cucarachas que viven en la orilla de la carretera, apuntaba hacía el suelo, oxidado un poco también, era tan bizarramente bello para mí, pues significaba que no estaba tan ciego como pensaba pero mas importante que todo significaba que estaba cerca del rancho, al menos eso creía.

Me quejé tanto de aquel oscuro camino y ahora estaba en uno peor, la interminable terracería. Si ustedes creen que han estado en un camino aterrador los invito cordialmente a visitar la terracería de “La Herradura”. No se si tenía mas miedo de que no me condujera a ninguna parte o de que me encontrara a unos narcos enterrando a un tipo. Me desesperé bastante rápido en aquel camino, la última vez que había estado en “La Herradura” había sido aproximadamente 4 años atrás, en esa ocasión yo no había manejado y era medio día, no media noche. Después de 5 minutos paré el carro, me dije a mi mismo: “Esto no puede ser, voy por mal camino.” Di vuelta en “U” y regresé en la búsqueda de unas luces que había visto en cuanto di la vuelta cerca del letrero doblado.

Llegué a las únicas luces que se podían ver en kilómetros alrededor, subí por una calle de tierra, y me encontré con una vecindad que parecía un pueblo fantasma, tétrico, las calles eran de arena, parecía que había más perros que habitantes. Manejé algunas cuadras y me encontré con un individuo sentado en el porche de su casa a un lado de una anciana que se mecía en su silla, los dos estaban vendiendo paletas, increíble pero cierto, vendían paletas a esas horas de la noche, sin embargo eso me importaba poco, eran los primeros seres vivos que veía en la última hora, le hablé sin salirme de mi carro, abriendo apenas lo justo para que yo no corriera peligro pero lo suficiente para escucharlos y me escucharan:
-Señor busco un rancho que esta por aquí.- Dije cortésmente.
-Ah, “La herradura”.- Respondió el señor después de voltear a ver a la tétrica señora de la mecedora.
-Si, bueno, creo que si.- En realidad ya no sabía en que creer después de haber recorrido aquel camino.
-Baje por donde subió, siga la terracería y va a llegar al rancho.
-¿Seguro?-Incrédulo pero mas bien temeroso a la veracidad de sus palabras respondí.
-Si, no hay otro por aquí.- ¡Maldita sea! Pensaba.
-Bueno, ¿un teléfono público por aquí?- Tenía que estar seguro, Kito era el único que podía ayudarme.
-Siga derecho y en la papelería a la derecha ahí va a encontrar el teléfono.
-Gracias.
Fue suficiente esa conversación para avivar mis esperanzas, seguí derecho hasta que terminó la polvienta calle, y yo que había lavado mi carro aquel día, sin embargo no encontré ninguna papelería, y por supuesto tampoco ningún teléfono. A pesar de ser talvez el pueblo más pequeño por el que he manejado me perdí, las calles eran idénticas, igual de iluminadas, con los mismos perros, con los mismos árboles, di vuelta a la derecha, a la izquierda, en una de ellas casi me atasco en una montañita de arena, hasta que llegó un momento en el que no había mas calle y por supuesto ningún teléfono público aparecía, pero eso ya me importaba poco, pues lo único que quería ahora era salir de aquel pueblo y regresar a mi casa. Vi una pareja de luces al otro lado de la despoblada calle, venían hacia mi pero dieron vuelta hacía mi izquierda y con la esperanza de que ellos supieran la salida de ese límbico pueblo lo seguí, con lo que no contaba era que aquel par de focos pertenecían a una Blazer 4x4 como la que solía tener, y ahora conducía el carro típico de una señora divorciada, un Altima 94, atascable hasta en los charcos de mi colonia. Ni siquiera termine de doblar el volante cuando mi carro dejo de avanzar, las llantas tan solo chillaban y la arena volaba en mis ventanas mientras el olor a llanta quemada complementaba el momento mísero en el que me encontraba. Un teléfono, mi alma por un teléfono, no un teléfono no, mejor una maquina de tiempo en la que pudiera regresar a mi casa y quedarme viendo la pésima programación de TV, ninguna película es tan mala como esta madre, pero no, el niño quería hacer “algo” el sábado para no sentirse “looser”, para no tener que chatear con los nerds que no tienen nada mejor que hacer el fin de semana. Atascado, solo e incomunicado, en un pueblo que no sabía ni su nombre, lejos de mis dominios, lejos de todo, jodido.

Apagué el carro, me senté en el cofre y tan solo me puse a pensar unos minutos en como demonios iba a salir de este lamentable episodio. La resolución del problema apareció poco tiempo después en el fondo de la calle que encaraba mi atascado carro. Cuatro siluetas que cambiaban su rumbo y se acercaban cada vez mas, los vi y le llame:
-¡Hey, pueden hecharme una mano, me atasque!
Eran cuatro individuos y cada uno de ellos cumplía con las características necesarias para aparecer en el programa de “Los 10 más buscados”, sin embargo en ese momento poco me importaba, yo quería desatascarme y largarme de ese pueblo: “Endereza el volante güerito, ahora si písale”. Parecían todos unos expertos en desatascar carros en ese pueblo, después de todo que más se podía hacer en ese desolado pueblo, incluso pensé por un momento que eso de las montañitas de arena era muy conveniente, podía bien ser un invento de ellos para tener una distracción, un hobby. Les agradecí por la ayuda y se me ocurrió preguntarles por “La Herradura”, y la manera mas sencilla de salir de ese pueblo. El respondió:
-Que casualidad güerito nosotros nos dirigimos por allá, llévanos. No creía las palabras, el fin estaba cerca, me quede perplejo, sin pestañear. Ante mi silenciosa respuesta el repuso:
-Si te hubiéramos querer hacer algo ya te lo hubiéramos hecho. Bien, en ese momento pensaba en dos posibilidades, la primera era tratar de dar fuga y esto implicaba atropellar al menos a dos de ellos pues estaba completamente rodeado por ellos, probablemente me atascaría nuevamente en alguna de las montañitas de arena que estaban por toda la calle pero con fortuna podría salir del carro y correr lo suficientemente rápido para que los dos sobrevivientes no me mataran a golpes. La segunda posibilidad era un tanto más arriesgada y era la de subirlos al carro, en un descuido salir por la ventana y salir corriendo por mi vida, al menos no mataría a alguien. No confiaba para nada en ellos y sabía bien que los factores no pintaban otro camino más que el ser una estadística más de un muerto encontrado en el desierto, si es que un día encontraban mi cuerpo, pero ¿quién mantiene la cuenta de hombres muertos? De mujeres si hay un conteo oficial, pero son tantos los muertos encontrados en circunstancias similares que ya nadie siquiera se molesta en contarlos.
-Suban pues.
Contesté resignado pero siempre alerta, no me abroche el cinturón ni puse seguro a las puertas, abrí mi ventana pues cualquier ventaja a mi favor era bienvenida. Me condujeron por los caminos más oscuros de su pueblo y yo temblaba del miedo; constantemente veía a los 3 restantes por el espejo retrovisor esperando el menor movimiento para saltar del carro. Afortunadamente nunca sucedió, de haber sido así creo que nunca hubiera podido salir de ese lugar. El líder de los buenos samaritanos tenía razón, no me harían ningún daño, pero si me quitarían mi dinero de manera pacífica:
-Oye güerito, pues dejate caer con lana para las tortas.
-Si claro, te doy mi dinero.
-Bueno aquí parate, para allá derecho esta “La Herradura”, sigue la terracería.
Cuando abrieron sus puertas sentí un gran alivio, iba a poder seguir viviendo, llamenme paranoico pero estoy seguro que cualquiera de ustedes se hubiera sentido igual si no es que peor ante aquella presión. Tomé con mi puño todo el dinero que tenía en mis bolsillos y se lo di al Buen Samaritano Líder, solo eran 100 pesos. En aquel momento mire nuevamente el cielo, la luna seguía sonriendo y los lunares del espacio brillaban aún con la misma magnificencia, el aire sabía a vida y el polvo que entraba en mis ojos me daba un pretexto para llorar , pero no derrame lágrimas. Estaba en ese momento en el entronque entre el camino de terracería que me llevaría a “La Herradura” y el negro camino que me conduciría hasta mi casa. Pensé que ya había sufrido suficiente para llegar a “La Herradura”, parecía mas que una meta un capricho, después de todo uno es como las hojas de un árbol en el otoño, así de frágiles y cualquier soplido de viento puede llevarte puede dejarte caer para siempre al suelo. Decidí seguir hacia “La Herradura”.

Al parecer “El Señor Vende-Paletas” y los buenos samaritanos tenían razón, era cuestión de seguir por aquel terrible camino para llegar al rancho. Después de 10 minutos ví a lo lejos una pareja de luces desoladas, casi extintas, una de ellas era el rancho de Kito. Al llegar me sentí por primera vez en las últimas dos horas a salvo. Kito me vió atónito y mi historia solo le intereso a él y a sus padres, los demás preferían seguir viendo la película de “Goonies” en la computadora de Cacho, en esos momentos recordé las palabras de Luigi cuando le pregunté que como estaba la fiesta, el respondió:
-Esta chida, pero no vale la pena el camino.
Por supuesto que no valía la pena el camino, y no, no estaba chida, podía ver una mejor película en el “Golden Choice” , en realidad no había fiesta. Me ofrecieron una cerveza pero sabía que el camino de regreso iba a estar igual de jodido, me negué. No pasó ni siquiera una hora para que todos partiéramos del rancho, la verdad no me podía importar menos, había dejado de pensar en encontrar algo divertido en aquel lugar desde muchos kilómetros atras. Kito y familia me ofrecieron a pasar la noche en el rancho, me negué rotundamente, extrañaba mi cama, mi hogar. Disfrute tanto el regreso, sentía seguridad, no sentía más soledad. Volviendo a las analogías con la vida podía ver ahora que los problemas pueden lucir como gigantes si el camino es oscuro y tan solo es iluminado por la luz de la soledad, pero los amigos son grandes emisores de luz que cambian la proyección de las sombras que nos cubren y a través de estos podemos descubrir que los problemas son enanos. La oscuridad del camino no se diluyó, pero al menos tenía alguien con quien reír y quejarme de los deplorables caminos de la localidad, lo que si se desvaneció fue mi miedo.

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