La culpa la tuvo el pollero:
Todavía veo en mis sueños aquel enorme sombrero que repentinamente se atraviesa en mi camino…
Recuerdo bien su cara antes del impacto, era una combinación de miedo y arrepentimiento. Él volteaba hacía mi de forma resignada mientras yo pisaba con toda mi fuerza el freno del carro que pronto lo envestiría.
Eran los últimos días del semestre escolar. Ramiro (un compañero de la escuela) y yo veníamos de una muestra gastronómica en la que un anciano me había buscado pleito debido a que al hacer fila le había pegado en la espalda múltiples ocasiones con mi plato:
-¿Ya le vas a parar o que? Pinche mocoso.
-… orale, calmela señor, ¿que le pasa?
-Calmala tu cabrón ya deja de estar pegándome con tu pinche plato.
-… oh, no pues sorry , fue un accidente viejito, calmese.
El evento no pasó a mayores, en realidad no tiene nada que ver con el hecho de que haya atropellado a alguien aquella misma tarde, tan solo me vino a la mente aquel recuerdo del anciano agresivo y a la vez lo utilizo como distracción del tema principal.
En el camino de regreso a casa fue cuando todo sucedió. Yo iba con el mismo cuidado que voy siempre que manejo, el cual no es mucho pero lo suficiente para manejar decentemente.
Alcancé a ver al tipo cuando, sin consideración alguna y también sin voltear, se aventuró a cruzar la calle corriendo. Lo recuerdo bien por su gigante sombrero y por su manera peculiar de correr, como si le calentara el piso. Cuando el me vió era demasiado tarde, frené con anticipación pero no fue suficiente para vencer el asfalto resbaladizo de Monterrey (nadie que haya manejado en esa ciudad me dejará mentir).
El salió expulsado hacia el horizonte mientras que su sombrero quedó flotando en el aire, de izquierda a derecha y después de derecha a izquierda, como una hoja otoñal. Me bajé inmediatamente y al hacerlo noté que su hijo lo esperaba a la otra orilla de la calle. Yo temblaba por el desconcierto, no podía creer que eso me estuviera pasando a mí. No sabía si el sudor que se derramaba por mi espalda era por miedo o por el calor infernal de aquel verano.
Yacía en el suelo pero se levantaba lentamente. Al ver que se movía me consolaba el pensamiento de que al menos no lo había matado.
-¿Señor está usted bien?- Le dije mientras se ponía en sus dos pies.
- Sí si toi bien no te preocupes.- respondió él todavía un tanto atolondrado.
-¿Cómo no me voy a preocupar? Lo acabo de atropellar, lo llevo al hospital, tengo seguro. – Dije .
-No, la culpa la tiene el pinche pollero que me dijo que si cruzaba.- Volteé al otro lado de la calle y ví a un señor a lado de una parrilla en la que asaba pollos atacado de la risa.
-¿Señor esta usted bien?
-No sé, si me duele, pero a ver , ¡checame!- Me dijo el atropellado mientras se levantaba la camiseta y me mostraba su espalda. Yo sin mayor opción le toqué con la punta de mi dedo índice una costilla para después hacerla para atrás, como si quemara.
De la nada apareció un individuo a mi lado, con las manos en los bolsillos y mirando hacia el suelo como si se apiadara de mí, me aconsejó:
-Pelate guerito, dale lana y pelate, no te conviene quedarte.
Por un momento pensé que era mi conciencia pero su figura era demasiada humana, sin embargo intenté hacerle caso cual si lo fuera.
-Señor, ¿lo llevo al hospital o que hacemos? ¿Quiere dinero?
-Si, dame dinero.- Contesto inmediatamente.
Abrí mi cartera y solo encontré un billete de doscientos. Sin dudar se los di. Después volteé nuevamente a la banqueta donde estaba la parrilla del pollero y sorpresivamente me encontré a mas de 40 personas que desde no se cuanto tiempo atrás habían estado viendo el espectáculo. Yo no supe que hacer, pero ellos gritaron:
-¡Llevalo al hospital! ¡Llevalo al hospital!-
-Señor, a mi nada me cuesta llevarlo al hospital, dejeme llevarlo, tengo seguro.
-Andale pues llevame.- Por fin accedió el atropellado.
Lo subí a mi auto, pero en eso volvió a gritar la multitud:
-¡Perate! ¡Ahí va el hijo!
Un joven de unos veintitantos se acercó enfurecido al carro. Le pedí direcciones y el hospital resulto estar a menos de una cuadra de distancia.
El sol continuaba calcinante, nadie de nosotros dijo más palabras de las necesarias en el corto camino, el hijo tan solo señalaba con su índice la dirección final.
Me estacioné en “emergencias”. Mientras ellos se bajaban precozmente le pregunté al hijo:
-¿Los acompaño?
A lo que él respondió con un gesto de su codo doblado y su puño apuntando al cielo el cual es conocido como un: “chinga tu madre”, el cual aceptaba con el mayor de los respetos, después de todo acababa de atropellar a su papá.
-¿Qué pedo Ramiro, entramos , los esperamos o que?
-¡Pelate guey! Ya se fueron.
-No mames, que si le pasa algo.
-Guey ¿No escuchaste?... La culpa la tuvo el pollero.
Sin más palabras prendí nuevamente el motor y lentamente manejé hasta mi casa.






0 comentarios:
Post a Comment