Monday, December 27, 2004

La Malora

Hay quienes sostienen que su maldición se debió al haber nacido en tierra de brujos, otros opinan que fue causa de haber muerto clinicamente por unos segundos en sus tempranas horas de vida; Algo se trajo del otro mundo. Todo el pueblo tiene un opinion y una teoría; talvez nunca se encuentré una explicación lógica a la maldición de Elida, pero su historia será siempre recordada en las tierras turulas que la vieron morir.

Elida desde pequeña fue una chica temerosa y con escasa simpatía. Hija menor y con 4 hermanos barones: Andres, Lucas, Orlando y Eufemio. Su pelo cenizo y la gran verruga debajo de su ojo derecho la volvían en un blanco fácil para los niños crueles de su escuela. Le apodaban “cara de jaiba”, pero a pesar de tener menos de doce años Elida tenía ya preocupaciones más grandes en aquel tiempo, como el sentirse siempre observada y perseguida. En sus sueños frecuentemente aparecía la imagen de una horrenda anciana vestida de gris, sin cejas, con sonrisa diabolica y dientes negros. Siempre soñaba que esta la quería ahorcar y ella por el pánico no podía defenderse. Cuando caminaba por la plaza del pueblo sentía los ojos de la anciana en su espalda, los pasos en sus talones, los dedos en sus hombros y el pánico en su alma.

Le apodó “La malora”, por tener una manera de respetar sus temores. No fue hasta sus quince años de edad que la conoció en persona. Ella caminaba rumbo a su casa por la desolada calle Revolución. Regresaba de cenar una orden de garnachas en el puesto de “El negro Bartolo” ubicado en el parque central, a unos cuantas cuadras de su casa. Escuchaba en las paredes de adobe el eco de sus pasos. Una de sus pocas maneras de divertirse era brincar en los charcos y salpicar su falda de fango, reía mientras lo hacía, sentía rebelión en sus actos, a pesar que ella tendría que lavar la ropa salpicada. Aquella noche en la calle Revolución habían unos cuantos charcos. Despues de salpicarse en ellos siguió con su camino. Comenzó a caminar de nuevo hacia su casa pero después de unos pasos se detuvo, sin embargo el eco en las paredes de adobe no lo hizo. El sonido de los pasos continuaba a pesar que ella estaba parada. Temerosa volteó atrás, el eco en el adobe continuaba, esperaba que sus sospechas fueran efimeras y no una cruda realidad. Una vez mas estaba equivocada.

“La malora” caminaba hacia ella. Elida sintió entonces el paralisis de sus sueños y la otra continuaba caminando hacia ella. Elida temblaba de miedo y comenzó a sentir la asfixia mucho antes que “La malora” la comenzará a ahorcar. Cuando sintió las calludas manos de la diabólica anciana orinó sus calzones y procedió a desmayarse.

Cuando despertó aún era de noche y “La malora” ya no estaba. Corrió las tres cuadras que faltaban para llegar a su casa. Abrió la puerta gritando, temblando de miedo, llorando de desesperación, pero nadie contestó. La casa estaba sola, se percibía un aroma polviento de abandono. Una hora y media antes habían partido todos al hospital “La Santa Gracia”. Un ataque al corazón le había quitado la vida a Don Antonio Chedraui, padre de Elida.

Elida no mencionó a nadie el incidente de aquella noche, sin embargo nunca tuvo duda que los dos eventos tenían una relación intrínseca y fuera de su razonamiento.

Aparte de salpicarse en los charcos, Elida gustaba de escuchar el quebrar de las olas, ahí sentada a las afueras de la palapa de “Mamá Huga”, con sus talones enterrados en la arena, las escuchaba todos los dias. Aquel era su lugar tibio, donde sus temores pretendían desvanecerse, donde al menos por un momento podía olvidar que un demonio acechaba su vida.

Después de aquel encuentro con “La Malora” en la calle Revolución, siempre temió de la oscuridad, por ello nunca podía ver el atardecer en la playa. Corría cuando aún faltaban dos horas para el ocaso hacia su casa. Se encerraba en su cuarto y no salía hasta el amanecer.

Los años pasaron sin que ella volviera a ver a su “Malora”. Bloqueó en su mente aquel evento que por tantos años la traumatizo.

Aquella tarde Elida cocinaba platanos fritos. No había nadie más en la casa pues habían partido temprano a “Velo de novia”, una cascada alejada a media hora del pueblo por carretera. Algo llamó a Elida a salir al patio, una fuerza la empujaba, ella tenía miedo a ver lo que le esperaba.

El árbol de tamarindo lo había plantado su padre, Antonio Chedraui, 20 años antes. Su esposa Miranda, madre de Elida, nunca gustó de aquel árbol, siempre lo quizo tirar pero después de la muerte de su esposo decidió conservarlo como un recuerdo de su viejo. Cuando Elida salió aquella tarde al patio encontró colgando de sus ramas y con una soga al cuello a su madre y a dos de sus hermanos: Andres y Orlando. Se movían como péndulos de reloj de un lado hacia el otro, tiesos, carentes de vida y con la lengua fuera. Su mirada parecía observar a la pobre Elida, pero no solo ellos la veían sino también “La Malora”, quien estaba detrás de estos. Elida cayó de rodillas y comenzó a llorar. Corrió hacia la cocina, agarró el cuchillo con el que estaba partiendo los platanos y salió dispuesta a enfrentar a “La Malora”, pero cuando regresó los cuerpos colgantes y “La Malora” no estaban. Estaba el árbol de Tamarindo, pero de él tan solo colgaban hamacas. Parecía que todo había sido una alucinación de Elida. Me estoy volviendo loca, pensaba. Sin embargo el teléfono sonó. Elida corrió a contestarlo. Era su hermano Lucas:
-Elida, algo terrible pasó.
-¿Qué pasa?
-Mamá y Orlando estan muertos...
-¿Qué?
-Si, Orlando se quedó dormido mientras manejaba, y nos volteamos en la puta carretera.
-No mames no puede ser.
-Si, estuvo de la verga, estamos en el hospital, Andres esta muy hérido, yo me rompí la pierna.
-No mames cabrón, dime que estas bromeando...
Elida colgó. Con esa llamada comprendió su maldición. Recibiría una visita de “La Malora” cada vez que algún familiar o ser querido fuera a fallecer. Andres falleció unas horas después de la llamada. Era el preludio de una muerte, el aviso de algo innevitable.

Muchas muertes más sucedieron en la familia, y Elida siguió recibiendo visitas de “La Malora” en cada una de ellas. En cada ocasión Elida trataba de hacer algo, como tratando de evitar la muerte de sus cercanos.
-¡Llevame a mi pendeja!- Le gritó en algún encuentro.
Le preguntaba cosas tambien, pero “La Malora” nunca respondía y Elida en cada encuentro perdía un poco de su cordura. Llamaba a todos sus familiares advirtiendoles que no salieran de sus hogares cuando “La Malora” la visitaba, pero siempre era demasiado tarde.

A sus 45 años de edad y con más de la mitad de su familia muerta decidió ir nuevamente a las afueras de la palapa de “Mamá Huga”. Enterró sus talones en la arena y se sentó a escuchar el sonido de las olas quebrarse. Faltaban unos cuantos minutos para que atardeciera pero Elida no se iría como siempre acostumbraba. Cruzando sus brazos movía su torso para adelante y para atrás, como siguiendo el ritmo de una sinfonía que nadie mas escuchaba. Esperaba la visita de “La Malora” aquel día en el que ella vería el atardecer después de tantos años. Pero “La Malora” nunca llegó. El sol tenía la mitad de su cuerpo en el horizonte oceánico y Elida comenzó a quitarse la ropa hasta quedar completamente desnuda. Caminó lentamente hacia el mar y nadó hacia el horizonte como tratando de alcanzar el atardecer. Nunca jamás volvió a tierra firme y nunca jamás su cuerpo fue encontrado.

Mientras daba los últimos braceos que su cuerpo soportaría antes de desistir por el cansancio, Elida sonreía. Sonreía porque al menos no vería a “La Malora” el día de su muerte. Sentía que a pesar de perder todas las batallas había ganado la guerra ya que aunque “La Malora” acertó al predecir la muerte de la mitad de su familia no pudo predecir la muerte de Elida. Flotando desnuda y con los últimos rayos del sol acariciando su cuerpo, Elida veía las nubes y sonreía.

Thursday, December 16, 2004

Imagenes:

Hablan por si solas. Cada una con millones de secretos ocultos. Recuerdos congelados que cambian como vemos el pasado.

Estas son unas cuantas de mi ultimo viaje, que en si fueron varios viajes juntos.

Cementerio de Gerlinde:

Arbol:

Hermanas en la niebla:

En los viñedos de Niza Monferrato:

Huellas:

Piaza Duomo

Gente Caminando:









Adquirí una nueva manía, la de tomar fotos de gente caminando. Podría explicarles cada una de estas fotos he seleccionado, pero no me parece justo ni necesario. Las fotografías y la literatura son similares en ese aspecto, en el secreto que las encapsula. Es por eso que la fotografía es otra de mis pasiones. Espero sean de su agrado.

All pictures are sponsored by :

Sunday, December 12, 2004

Puntos suspensivos:

Esta ocasión no se por donde comenzar. Pensé por tantas ocasiones alguna forma de empezar mi historia, pero al parecer he fracasado. No se de que hablarles, no se que platicarles, talvez porque la mistica de ese viaje fue tan compleja, o talvez porque al recordar me pierdo nuevamente, doy vueltas por mi cabeza y no encuentro un inicio razonable.

Normalmente dejó las historias reposar en el tiempo, espero a que obtengan un sabor añejo y les agregó entonces una especia melancólica, donde las cosas ya no son como sucedieron, sino como las recuerdo, o quiero recordarlas. A veces no soy yo quien las escribe, sino ellas mismas, en una posesión casi demoniaca en la que tan solo escucho los tactacs de mis dedos golpeando el teclado, me vuelvo entonces un espectador y voy leyendo lo que mis manos disponen a mis ojos.

Nicoletta me preguntó si había valido la pena mi viaje a su país, faltaban dos noches para que yo partiera de Italia, el frio en la parada del autobus número cuarenta y tres era plutonico, yo contesté con una mano en el corazón :
-Desde la primera noche.
Fue ella la razón absoluta de mi viaje, mi motivo, mi sueño, mi musa. Sabía desde antes de llegar que las cosas nunca resultan como se planean, es por eso que no planee nada. Los dos recordabamos bien aquella primera noche. Despues de haber tomado un par de Absinths salí del pub, ironicamente me trataba de alejar de una realidad que había soñado por un año, talvez salí porque no creía en mi situación, talvez porque es algo que siempre hago cuando quiero ser encontrado, y por supuesto ella fue a encontrarme, igual que la primera vez , cuando tan solo quería ver el mar. La diferencia es que esa noche no la besé como en aquel bosque, en aquella primera noche tan solo le confesé lo que no hacía falta. Ella lo sabía.

Podría contar mil historias de mi viaje a Italia, y algún día escribiré un par de ellas. Podría contarles de aquella noche de desencanto en la que hice una historia en mi cabeza de la desaparición de mi musa, pues en realidad la perdí, pero la perdí mucho tiempo antes y es por lo que creo sirvió mi viaje. No fue una desaparición abrupta sino mas bien parsimoniosa, y no fue tanto una desaparición en sí sino mas bien un desvanecimiento. Podría seguir escribiendo pero no lo haré, creo que necesito reposar estos recuerdos, añejarlos y disfrutarlos cuando ya este viejo.

Dos cosas me dijeron personas sabías y con esto concluiré. La primera me dijo que algún día me daría cuenta que todo lo que busco viajando por el mundo está mas cerca de lo que piensó, aquí donde vivo, supe que tenía razón cuando me congelaba en una madrugada en la estación de Mestre-Venezia. Otra persona me dijo lo doloroso de la pasión era que al punto final no le siguieran suspensivos, cuando el final es absoluto, y buscamos entonces motivos para no terminar nuestra historia. Los sueños cambian, la pasión cambia, las musas tambien, pero uno continua y la historia continua continua continua...