Tecnicas avanzadas para disminuir el dolor de las despedidas:
Mis diferentes estrategias para evitar ese momento que significa el final de “algo”, habían mejorado en cada ocasión. Esperaba con ansiedad el momento en el cual pudiera llegar un momento en el que me pudiera despedir sin sentir ese hueco en mi estomago, esa lágrima traviesa que lubrica mi iris, y ese temblor en mis muñecas que provoca un escalofrío que muerde hasta mis talones.
Esa mañana yo contaba con un plan.
Ella, Wanyu, iba sentada en el asiento trasero del automovil junto a mí, sosteniendo mi mano. Conduciendo iba Allan, uno de mis mejores amigos de Pittsburgh, y sentado a lado de el su esposa Sabrina. A pesar del afecto que le tengo a estos dos últimos, no me costaría mucho trabajo despedirme, pues siempre en las despedidas existe esa persona que uno va a extrañar mas que a los demás. Esa persona sostenía mi mano en el asiento trasero, mientras ella veía por la ventana de su lado el horizonte cubierto de nieve en el camino hacia el aeropuerto. Yo veía hacía la misma dirección, pero no veía el horizonte, no veía mas allá de la ventana.
Mi plan consistía que al llegar al lugar de descarga de equipaje en el aeropuerto la abrazaría fuerte, la besaría para después introducirla de vuelta al carro y así yo esperaría parado en ese lugar, moviendo mi mano, diciéndole adiós, y esperaría hasta que fuera ella la que se despidiera, a pesar que yo sería quien en realidad partía, al menos me quedaría el confort de que yo la despedí a ella, así talvez la despedida no sería tan dolorosa.
Pero el camino al aeropuerto era largo, y mientras la nieve se derretía en gotas que parecieran estrellas fugaces en las ventanas yo pretendía capturar los segundos, y con ello a la vez numerosas despedidas venían a mi mente. No todas precisamente con ella.
Conexión Viena
Recordaba una despedida en una de las estaciones de tren de Viena, donde desde la ventana de mi camarote sostenía las manos de Gerlinde quien estaba del otro lado de la ventana, afuera del tren. Ella volteaba hacia mis ojos, parando la trompita y tirando besos al aire, pues a pesar de su estatura y nuestros esfuerzos, nuestros labios no podían alcanzarse. Las despedidas con Gerlinde normalmente eran acompañadas con besos o café, a veces ambas al mismo tiempo. Esta noche en Südbahnhof tan solo podía acariciar la palma su mano, la veía a los ojos, y escuchaba sus consejos de viaje.
Los pitidos del tren comenzaban en la estación Südbahnhof. Lentamente comenzaba a avanzar el tren, ambos dejábamos separar nuestras manos por medio de una caricia prolongada, pues Gerlinde caminaba con paso acelerado como si fuera parte del tren, pero a pesar de su esfuerzo ambos sabíamos que la caricia pronto tenía que terminar. Soltábamos entonces últimos gritos de despedida. Los clamores eran cada vez mas sonantes y mas sinceros. La figura de Gerlinde se hacia pequeña junto con la silueta de la estación de Viena, mientras yo movía mi palma de un lado para el otro y gritaba como un loco: “Ciao schatzie!”.
Creo que escuche su risa por última vez, ocultada entre el rugido de los rieles y las conversaciones de vagón.
Aquella seria la última vez que vería a mi “schatzie”; y pensar que ni siquiera recibí un beso de despedida.
Doce horas de viaje me esperaban para retornar a Milán, donde tendría que despedirme nuevamente de varias personas queridas, pero una en especial que sabría me dolería mas que cualquier otra.
Malpensa Express
La noche anterior a la despedida, nos encontrábamos nuevamente en el departamento cercano a la universidad Bocconi. Antonella, Micke y Nicoletta me mostraban fotos de sus viajes realizados en el año que dejamos de vernos. Fotos de Buenos Aires, Malmo y Budapest. Eran momentos que parecían sazonados por la melancolía, pues en el fondo los cuatro pensábamos que en un futuro no muy lejano estaríamos mostrando las fotos de este viaje en cuartos separados a otras personas ajenas a nuestras experiencias.
-Good luck in your trip Daniel.
Mis maletas habían estado preparadas desde la noche anterior. No tarde mucho, tan solo la abracé de nuevo y le di un beso.
-Ciao Principessa.
Tenía que correr para tomar el tranvía que me llevaría a la estación de tren. Quedaba poco tiempo. Cuando mi tranvía arribó Nicoletta y Mike ya me esperaban en la parada de este. Cada uno tomó una de mis maletas y corrimos hacía el tren que me llevaría hacia el aeropuerto de Malpensa: “Malpensa Express”. Los motores de este ya estaban encendidos. Nicoletta y Mike no subirían ese tren, estaba a solo unos pasos de despedirme.
Si las despedidas se pudieran comparar con ejecuciones, esta hubiera sido un escopetazo en la cabeza. Fue una despedida “express”.
La continuidad del mar:
No era la primera vez que me mudaba de ciudad, pero talvez fue la más dolorosa. Tenía 14 años de edad.
Parte de mi infancia y pubertad la viví en Tepic, y a excepción de mi último amigo de la infancia de Durango, Isaac, no conocía a más personas más allá de los cerros de esa ciudad. Me hicieron saber con muchos meses anticipación el plan de la partida, pero a pesar de tener tanto tiempo no pareció suficiente para poder despedirme.
La mayoría de mis amigos fueron a mi casa, ahora vacía, con un par de cajas que aún no eran llevadas hacía el camión de la mudanza. Querían ellos pasar unos últimos momentos conmigo. Tomábamos fotografías, hacíamos promesas, yo de volver pronto y ellos de siempre visitarme cuando pudieran.
Parecía mentira que mis padres me despojaban de la Calle Dátil, donde había pasado los últimos 5 años de mi vida. Donde había aprendido a jugar futbol en la calle con dos piedras de portería. Donde había construido junto con mis amigos la casa arriba de un árbol, que en realidad era una tabla amarrada a dos ramas. Me costaba trabajo digerir esa batalla de recuerdos que se inyectaban en mis ojos, oídos y nariz por cada instante que pasaba antes de estar por última vez la calle Dátil.
El momento llegó, pisé por última vez mi calle, subí al carro y justo en ese momento comenzaron a caer cantaros del cielo. El motor no estaba encendido y la lluvia no paraba. Sentada del otro lado del carro estaba mi hermana; se acercó a mi oído y me dijo:
-Mira Daniel, la ciudad esta llorando por que te vas.
El motor comenzó a andar, y no pude ver más la calle Dátil, pues las lágrimas de la ciudad de las que hablaba mi hermana, no me dejaban ver.
El carro disminuía ahora su velocidad, estábamos a punto de arribar al aeropuerto. No había más tiempo para decirle alguna cosa más.
A pesar de que habíamos tenido suficiente tiempo la última semana existía desconcierto en un futuro nublado para ambos, pues yo tendría que irme a miles de kilómetros lejos de ella y ella no había conseguido trabajo, hecho que podría alejarla de mi miles de kilómetros mas, por si no fueran pocos los que ya me separarían.
-Bye Bye lah!
Y yo le contesté con las mismas palabras. Su mirada parecía preocupada del verme temblar tanto. Allán comenzó a discutir con su esposa mientras apuntaban hacia el mapa. Yo le di unos golpecillos a la ventana. La abrieron de nuevo y Allan me dijo:
-Estamos viendo como ir a Hershey , Pennsilvanya.
Crucé mis brazos, esperé por dos minutos más y ellos continuaron sin moverse. Fue en este momento en el que tenía que decidir entre esperar a que ellos se fueran para poder ejecutar mi plan de despedida sin ser yo el que partiera, o el congelarme en la entrada del aeropuerto. Le tiré un último beso a mi chinita, di media vuelta, tomé mis maletas y derrotado caminé hacia el aeropuerto.






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