Tuesday, May 08, 2007

Técnicas avanzadas para disminuir el dolor de las despedidas

Tecnicas avanzadas para disminuir el dolor de las despedidas:

Mis diferentes estrategias para evitar ese momento que significa el final de “algo”, habían mejorado en cada ocasión. Esperaba con ansiedad el momento en el cual pudiera llegar un momento en el que me pudiera despedir sin sentir ese hueco en mi estomago, esa lágrima traviesa que lubrica mi iris, y ese temblor en mis muñecas que provoca un escalofrío que muerde hasta mis talones.

Esa mañana yo contaba con un plan.

Ella, Wanyu, iba sentada en el asiento trasero del automovil junto a mí, sosteniendo mi mano. Conduciendo iba Allan, uno de mis mejores amigos de Pittsburgh, y sentado a lado de el su esposa Sabrina. A pesar del afecto que le tengo a estos dos últimos, no me costaría mucho trabajo despedirme, pues siempre en las despedidas existe esa persona que uno va a extrañar mas que a los demás. Esa persona sostenía mi mano en el asiento trasero, mientras ella veía por la ventana de su lado el horizonte cubierto de nieve en el camino hacia el aeropuerto. Yo veía hacía la misma dirección, pero no veía el horizonte, no veía mas allá de la ventana.

Mi plan consistía que al llegar al lugar de descarga de equipaje en el aeropuerto la abrazaría fuerte, la besaría para después introducirla de vuelta al carro y así yo esperaría parado en ese lugar, moviendo mi mano, diciéndole adiós, y esperaría hasta que fuera ella la que se despidiera, a pesar que yo sería quien en realidad partía, al menos me quedaría el confort de que yo la despedí a ella, así talvez la despedida no sería tan dolorosa.

Pero el camino al aeropuerto era largo, y mientras la nieve se derretía en gotas que parecieran estrellas fugaces en las ventanas yo pretendía capturar los segundos, y con ello a la vez numerosas despedidas venían a mi mente. No todas precisamente con ella.

Conexión Viena

Recordaba una despedida en una de las estaciones de tren de Viena, donde desde la ventana de mi camarote sostenía las manos de Gerlinde quien estaba del otro lado de la ventana, afuera del tren. Ella volteaba hacia mis ojos, parando la trompita y tirando besos al aire, pues a pesar de su estatura y nuestros esfuerzos, nuestros labios no podían alcanzarse. Las despedidas con Gerlinde normalmente eran acompañadas con besos o café, a veces ambas al mismo tiempo. Esta noche en Südbahnhof tan solo podía acariciar la palma su mano, la veía a los ojos, y escuchaba sus consejos de viaje.

A mi mente venia otra despedida con Gerlinde, cuando viaje con tres mujeres (ella, Rocio y Marina) al sur de México. Una de las tantas despedidas de aquel viaje sucedió en otra estación, pero esta de autobús, en Zicatela. “En aquel entonces uno de los choferes de autobús se acerco a mi para preguntarme si no me molestaría que invitara por una copa a mi chica. Sorprendido me le quede viendo y creo que mi silencio pudo decirle mas que mil palabras que articulara aquella noche. El individuo después de unos segundos se fue sin decir otra palabra”. Gerlinde me abrazaba y con una pluma escribía mensajes con la tinta de una pluma en mis brazos, diciéndome que me iba a extrañar, diciéndome que ella era mi “schatzie”.

Los pitidos del tren comenzaban en la estación Südbahnhof. Lentamente comenzaba a avanzar el tren, ambos dejábamos separar nuestras manos por medio de una caricia prolongada, pues Gerlinde caminaba con paso acelerado como si fuera parte del tren, pero a pesar de su esfuerzo ambos sabíamos que la caricia pronto tenía que terminar. Soltábamos entonces últimos gritos de despedida. Los clamores eran cada vez mas sonantes y mas sinceros. La figura de Gerlinde se hacia pequeña junto con la silueta de la estación de Viena, mientras yo movía mi palma de un lado para el otro y gritaba como un loco: “Ciao schatzie!”.

Creo que escuche su risa por última vez, ocultada entre el rugido de los rieles y las conversaciones de vagón.

Aquella seria la última vez que vería a mi “schatzie”; y pensar que ni siquiera recibí un beso de despedida.

Doce horas de viaje me esperaban para retornar a Milán, donde tendría que despedirme nuevamente de varias personas queridas, pero una en especial que sabría me dolería mas que cualquier otra.

Malpensa Express

La noche anterior a la despedida, nos encontrábamos nuevamente en el departamento cercano a la universidad Bocconi. Antonella, Micke y Nicoletta me mostraban fotos de sus viajes realizados en el año que dejamos de vernos. Fotos de Buenos Aires, Malmo y Budapest. Eran momentos que parecían sazonados por la melancolía, pues en el fondo los cuatro pensábamos que en un futuro no muy lejano estaríamos mostrando las fotos de este viaje en cuartos separados a otras personas ajenas a nuestras experiencias.

En pocas horas tendría que tomar el tren que me llevaría al aeropuerto. Era precisamente la media noche y mi tren partiría en 4 horas. Nicoletta se designo como la persona que me acompañaría en mis últimos pasos por Italia.

Ella me nombró Virgilio desde que le mostré las playas mexicanas del Pacífico y las ruinas de Real de Catorce. Yo devolviéndole el favor la llamaba Beatriz, por haberme mostrado las calles frías de Milán y toda su cultura que es difícil de percibir a menos que se tenga a una guía tan lúcida como Nicoletta. Nuestra característica común era que siempre vivíamos nuestros momentos juntos como si fueran parte de una novela que alguno de los dos escribiría en un futuro, en esta ocasión una Divina Comedia.

Decidimos por unanimidad que era tiempo de ir a dormir pues queríamos capturar al menos un momento para reposar el cuerpo y la mente. Yo no pude dormir esa noche, mi mente era atacada por todos los recuerdos de este último viaje. Si bien es común decir que cada viaje es una tragicomedia en la que el personaje principal sufre un cambio, ya sea físico o de perspectiva, yo bien podría decir que este viaje había sido la madre de todos los cambios. Todo estaba claro y no tenía más pretextos para decidir la ruta de mi vida.

No sería la primera vez que me despidiera de Italia, pues cinco años atrás lo había hecho acompañado de mis mejores amigos. Es muy diferente el decir adiós en la soledad al hacerlo a la par de personas que comparten tu mismo sentir. El adiós se prolonga a los asientos del avión, tren o autobús. Uno empieza a compartir recuerdos desde el momento que emprende el camino de regreso, es una manera más ligera de comer el postre de cada viaje. Esta ocasión tenía que tragar ese bocado en mi soledad, compartiendo las cucharadas de recuerdos tan solo con mi subconsciente.

El despertador sonó tres horas después. Antonella en una cama a lado de la mía se levantó todavía medio embrutecida por los golpes del taladrante sonido del despertador. Me levanté rápidamente con un impresionante dolor de cabeza que solo aparece como un reclamo de tu cuerpo por la falta de descanso; me puse los pantalones, y ella tallándose todavía los ojos me abrazo.

-Good luck in your trip Daniel.

Mis maletas habían estado preparadas desde la noche anterior. No tarde mucho, tan solo la abracé de nuevo y le di un beso.

-Ciao Principessa.

Tenía que correr para tomar el tranvía que me llevaría a la estación de tren. Quedaba poco tiempo. Cuando mi tranvía arribó Nicoletta y Mike ya me esperaban en la parada de este. Cada uno tomó una de mis maletas y corrimos hacía el tren que me llevaría hacia el aeropuerto de Malpensa: “Malpensa Express”. Los motores de este ya estaban encendidos. Nicoletta y Mike no subirían ese tren, estaba a solo unos pasos de despedirme.

Ochenta copas pasaban ahora por mi mente, en esos últimos momentos en los que veía a Nicoletta corriendo frente a mí, en la estación, con mi mochila colgando en su hombro derecho. Sonreía porque lo había logrado, sonreía porque no me iba con las manos vacías, me iba con puñados de historias que platicaría por el resto de mis días. Todo se iluminaba ahora, pues si bien “Malpensa Express” me mostraría mi camino fuera de Italia sabía bien que algo de mi se quedaría en esa estación, y a la ves sabía también que llevaba un poco de Italia dentro de mi.

Las puertas del tren se abrieron y en esos últimos momentos tomábamos fotos para conmemorar nuestra despedida. Teníamos pocos segundos ahora, pero aunque hubiera tenido cinco horas no hubieran sido suficientes para poder decirle a Nicoletta con palabras todo lo que quería decirle, por lo tanto tan solo la abracé. Después de ello subí a “Malpensa Express” y las puertas se cerraron. El tren súbitamente avanzó y en pocos segundos perdí de vista a Nicoletta y a Mike.

Si las despedidas se pudieran comparar con ejecuciones, esta hubiera sido un escopetazo en la cabeza. Fue una despedida “express”.

Las gotas continuaban dispersando en los vidrios del carro. Los fragmentos de nieve ahora eran escasos y esto trajo a mi mente una despedida remota que pensaba había olvidado.

La continuidad del mar:

No era la primera vez que me mudaba de ciudad, pero talvez fue la más dolorosa. Tenía 14 años de edad.

Parte de mi infancia y pubertad la viví en Tepic, y a excepción de mi último amigo de la infancia de Durango, Isaac, no conocía a más personas más allá de los cerros de esa ciudad. Me hicieron saber con muchos meses anticipación el plan de la partida, pero a pesar de tener tanto tiempo no pareció suficiente para poder despedirme.

La mayoría de mis amigos fueron a mi casa, ahora vacía, con un par de cajas que aún no eran llevadas hacía el camión de la mudanza. Querían ellos pasar unos últimos momentos conmigo. Tomábamos fotografías, hacíamos promesas, yo de volver pronto y ellos de siempre visitarme cuando pudieran.

Parecía mentira que mis padres me despojaban de la Calle Dátil, donde había pasado los últimos 5 años de mi vida. Donde había aprendido a jugar futbol en la calle con dos piedras de portería. Donde había construido junto con mis amigos la casa arriba de un árbol, que en realidad era una tabla amarrada a dos ramas. Me costaba trabajo digerir esa batalla de recuerdos que se inyectaban en mis ojos, oídos y nariz por cada instante que pasaba antes de estar por última vez la calle Dátil.

El momento llegó, pisé por última vez mi calle, subí al carro y justo en ese momento comenzaron a caer cantaros del cielo. El motor no estaba encendido y la lluvia no paraba. Sentada del otro lado del carro estaba mi hermana; se acercó a mi oído y me dijo:

-Mira Daniel, la ciudad esta llorando por que te vas.

El motor comenzó a andar, y no pude ver más la calle Dátil, pues las lágrimas de la ciudad de las que hablaba mi hermana, no me dejaban ver.

El carro disminuía ahora su velocidad, estábamos a punto de arribar al aeropuerto. No había más tiempo para decirle alguna cosa más.

A pesar de que habíamos tenido suficiente tiempo la última semana existía desconcierto en un futuro nublado para ambos, pues yo tendría que irme a miles de kilómetros lejos de ella y ella no había conseguido trabajo, hecho que podría alejarla de mi miles de kilómetros mas, por si no fueran pocos los que ya me separarían.

Esos últimos días tratamos de olvidarnos de las pasadas noches amargas de rechazos, en las que tenía que secar sus lágrimas con mis labios. Tratábamos de alejarnos de ese mundo tan problemático alimentando animales en el zoológico, jugando juegos de video mientras nos emborrachábamos, durmiendo hasta las cuatro de la tarde y tomándonos fotos desde el monte Washington hacia la urbanidad de Pittsburgh, al cual habíamos despreciado tanto.

Fueron esas últimas semanas quizás las únicas ocasiones que tuvimos tiempo suficiente el uno para el otro.

La extrañaría, de eso no tenía la menor duda, pero no quería pensar en eso. No quería tener el peso de su despedida. Al menos no ahora.

El carro hizo alto total. Allan abrió la cajuela. Todos salimos del carro. Agarré mis dos maletas, las coloqué en la banqueta, me despedí primero de Sabrina y luego de Allan. A Wanyu le dí un beso, la abracé, ella no dijo mucho. No tenía que hacerlo pues su casa de tristeza me lo decía todo. El abrumante frío aceleró nuestra despedida. Subieron al carro, mi plan iba de acuerdo a lo pensado. Me mantuve en mi posición moviendo mi mano y esperando a que ellos fueran los que partieran. Pero no lo hicieron. Allan abrió la guantera y sacó un mapa. Yo sentía que me congelaba y seguía moviendo mi mano, Wanyu se percató de esto, abrió la ventana y me dijó:

-Bye Bye lah!

Y yo le contesté con las mismas palabras. Su mirada parecía preocupada del verme temblar tanto. Allán comenzó a discutir con su esposa mientras apuntaban hacia el mapa. Yo le di unos golpecillos a la ventana. La abrieron de nuevo y Allan me dijo:

-Estamos viendo como ir a Hershey , Pennsilvanya.

Crucé mis brazos, esperé por dos minutos más y ellos continuaron sin moverse. Fue en este momento en el que tenía que decidir entre esperar a que ellos se fueran para poder ejecutar mi plan de despedida sin ser yo el que partiera, o el congelarme en la entrada del aeropuerto. Le tiré un último beso a mi chinita, di media vuelta, tomé mis maletas y derrotado caminé hacia el aeropuerto. El hueco del estomago estaba presente, la lágrima en mi iris estaba congelada y el temblor no solo estaba en mis muñecas si no en todo el cuerpo provocando un escalofrío que no solo mordía mis talones, si no todos los dedos de mi mano, de mis pies, mis dientes, nariz y orejas.

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