Habían pasado años desde la ultima vez que escuchaba las olas del pacifico reventar debajo de una luna llena. Nos encontrábamos, Carmi y yo, en aquel malecón de Santa Mónica, callados, tan solo mirando el mar pues las palabras sobraban. Sabíamos bien que nuestro adiós estaba cerca, sin embargo no nos dolía. Le dije que seguramente escribiría de aquel momento, pues el escritor no decide que momentos escribir, sino todo lo contrario. Me recordaba ella tanto a mí, siempre hablándome de sus aventuras en Londres y de sus ansias por partir hacia Australia. Sentía revivir en sus palabras mis propios días antes de partir a Italia.
Momentos antes nos encontrábamos en la indecisión de seleccionar un vino. Ella me decía:
-El pinot nunca falla “Chiva”
El simple aroma de mi copa junto a la sonrisa de Carmy eran material suficiente para transportarme nuevamente a un día ordinario en Milán.
El camino que me llevaba a su casa era corto, pensaba, pues tiempo antes cuando caminaba y pensaba en ella la distancia que nos separaba se contaba en miles de kilómetros, ahora solo eran cientos de pasos.
Mis pasos absorbían las avenidas de Milán. A pesar de que podía tomar tranvías decidía caminar y cantar canciones aleatorias que escuchaba en mis audífonos. Era algo extrañamente feliz, tan solo quería disfrutar el momento.
En la mañana habria comido un panini con Antonella a la universidad de Bocconi, un evento que se había vuelto de cierta forma rutina, aunque alguna ocasión especial nos quedaríamos a cocinar spaghetti carbonara.
Pero Nico siempre me esperaba en su departamento después de comer, y a pesar que prestaba mayor atención a la pantalla de su computadora para terminar su tesis, yo disfrutaba la fría tarde, tirándome en su cama, tapándome los pies con una cobija mientras leía Rayuela.
Algunos días Nico tenía que trabajar, pero su departamento nunca estaba solo, en ocasiones cuando Nico trabaja en la tienda de decoraciones de navidad, Micke esperaría mi llegada en el departamento para después a un mercado cercano en el cual compraríamos aguacates. Con estos prepararíamos guacamole y lo comeríamos mientras tomábamos cerveza Moretti, utilizabamos el frio exterior para enfriarlas, ubicandolas afuera de la ventana.
Cuando la noche caía todos nos reuniríamos en la pequeña mesa del departamento. Comeríamos tal vez un poco de queso mientras servíamos vino en nuestras copas. Mas tarde caminaríamos por calles poco iluminadas hasta llegar a bares que nunca habíamos visitado antes.
-¿Qué piensas Chiva? – me pregunta Carmiña después de que ella había consumido casi media copa de su pinot noir, mientras yo continuaba disfrutando el bello aroma que me transportaba de nuevo a mis tardes frías caminando por las calles de Italia
-Perdón Carmi… como diría tu mamá, por el gusto de estar juntos de nuevo.
-Salud Chiva
-Salud
Algunos podrían llamarlo una maldición, otros una mentira o exageración, pero puedo asegurar que un solo sorbo de vino no pasa por mi paladar sin que pueda dejar de recordar las tardes frías de Milán.
Mas tarde caminaríamos hacia el malecón y escucharíamos las olas reventar.
(35 copas más…)












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