Tuesday, July 01, 2008

Pastillas para la memoria:

Al entrar a la farmacia, Leonor Vargas, vio las pastillas sobre un mostrador especial en el cual eran promocionadas. Ella había visto los anuncios de estas mismas una noche de la semana anterior cuando había permanecido despierta, viendo la tele en su cama, a causa del insomnio. Le habían llamado la atención ya que a su tía Ruperta, hermana de su difunto padre, le habían diagnosticado Alzheimer el año anterior. El comercial de estas pastillas tan solo ayudó a empeorar el insomnio de aquella noche. Decidió apagar la televisión. Retorcía sus piernas entre las sábanas como tratando de exprimir esa posibilidad de que fuera a heredar aquella enfermedad. Una hora después continuaba despierta sobre su cama, pensaba en todas las ocasiones en las que había perdido sus llaves esa misma semana, contaba el número de bolsas que había perdido en el transcurso del año y recordaba de como siempre olvidaba el nombre de las películas y de los nombres de los personajes principales justo después de abandonar la sala del cine. Pensó en prender la tele nuevamente, esperando que el anuncio de las pastillas apareciera para poder pedirlas por teléfono, sin embargo no lo hizo, permaneció boca arriba por una hora más y pudo finalmente dormir.

Una semana después al verlas en aquel mostrador de la farmacia no dudó un segundo en comprarlas. Inclusive había olvidado el motivo que la había traído a la farmacia. Tan solo salió corriendo con sus pastillas dentro de una bolsa de plástico en la cual venía engrapado el recibo. Llegó a su casa, apretó y giró la tapa tal como decían las instrucciones para abrir el bote que las contenía, después con su uña removió el sello de este mismo. Tomó dos pastillas con un vaso de agua con hielos, se sentó sobre uno de los sillones de su sala, como si estuviera esperando a que las pastillas hicieran efecto. Era casi la una de la tarde, los hielos dentro del vaso se habían derretido completamente, recordaba entonces que a la una y media tenía que ir a recoger a sus dos hijas a la escuela. Llamó entonces a Prisciliana su sirvienta para preguntarle si la comida estaría lista para cuando regresara con sus hijas:
-Si señora, los frijoles ya merito están.
-Espera, no me digas, te pedí también que cocinaras, arroz y enchiladas verdes con pollo ¿No?- Dijo Leonor como si estuviera probando la efectividad de las pastillas.
-Si señora – Contestó un tanto confundida Prisciliana
-Y de tomar limonada ¿verdad?
-Si señora.
-Perfecto.- Contestó sonriendo, parecía que las pastillas estaban surgiendo efecto. Leonor Vargas tenía que partir pronto por sus hijas, recordaba bien que había dejado sus llaves y bolso a un lado del teléfono de la cocina. Pensó que definitivamente estaban funcionando pues siempre batallaba para encontrar estas antes de salir.

Partió a recoger a Valeria y Clementina, sus dos hijas, sonreía al recordar sus nombres pensando que jamás las olvidaría, pensaba también que estas pastillas probablemente serían los mejores doscientos pesos que había invertido en su vida. En el camino hacia la escuela reconocía los nombres de las calles por las cuales pasaba y esto le causaba confort. Finalmente al llegar al Instituto Franco-Americano, donde estudiaban sus hijas, y al ver a las otras niñas uniformadas salir caminando de la escuela, recordaba cuando muchos años atrás ella solía vestir la misma falda azul de cuadros blancos y su camisa blanca. Recordaba a sus mejores amigas: Renata y Regina, en los columpios a un lado de la cancha de futbol mientras comían raspados de limón. Recordaba también su primer beso con Joaquín Alberto Manriquez, su amor de la secundaria, detrás de los arbustos del patio trasero. Estaba a punto de llorar de la felicidad cuando pudo ver que sus hijas la esperaban a un lado del estacionamiento. Salió del carro, corrió para abrazarlas y besarlas en la frente. Valeria y Clementina tan solo se vieron una a la otra a los ojos sin decir una sola palabra, pero las dos pesaban: “Ahora que trae esta vieja loca”.

Leonor Vargas no tuvo problema alguno para dormir en las siguientes dos semanas, parecía que aquellas pastillas no solo ayudaban a su memoria si no que también la protegían de todos los males de los cuales pudiera ser blanco. Se sentía como una mujer superdotada, incluso cuando se veía desnuda en el espejo sus senos parecían verse mas firmes. Cada día, antes de recoger a sus hijas, se sentaba en el mismo sillón con un vaso de agua para tomar sus pastillas para la memoria. La vida parecía ser un camino tan prometedor a sus 46 años. Su sonrisa por todo ese periodo continuó tan delicadamente estática como la de una pintura renacentista.

Leonor se dirigió a su café favorito donde se vería con su comadre Yolanda Urrutia, con quien siempre sostenía una callada competencia personal que abarcaba desde las calificaciones de sus hijos hasta los cuadros que solían bordar cuando se juntaban cada martes. Después de saludarse de un beso en cada mejilla comenzaron a intercambiar los últimos chismes de sus otras “amigas”.

Un par de tazas después, junto con las migajas de la reputación que habían despedazado con rumores de unas cuantas señoras de la “high”, decidieron pedir la cuenta:
-No comadre déjame yo te invito esta vez, ya me toca.- Dijo Leonor.
-Hay comadrita gracias eh, por cierto que te haces que te veo tan contenta.- Replicó Yolanda.
-Hay comadre ni te he platicado, estoy tomando unas pastillas geniales.- Sintiéndose orgullosamente renovada.
-No me digas comadre. – Contestó Yolanda interesada.
-Si, son para la memoria, no sabes comadre, me siento como nueva, alerta todo el día, ¡me acuerdo de todo!
-¿De veras?
-Si, te las recomiendo de verdad.
-Hay si comadrita, dame el nombre por fa’ porque si siento que me hace falta.- Repuso Yolanda mientras abría su bolso buscando su agenda y su pluma para anotar el nombre de dichas pastillas. Justo en este momento fue cuando Leonor se percató que no solo había olvidado el nombre de las pastillas, sino también su cita con el dentista el jueves anterior, el recoger a sus hijas del ballet una hora atrás y hasta el nombre de la película que había visto con su esposo la tarde anterior. -… Hay comadrita, fíjate que no me acuerdo bien del nombre pero ahí te lo mando por mensaje a tu celular, ya me tengo que ir.- Contestó a su comadre, mas nerviosa que apenada, mientras salía apresurada a recoger a sus hijas en el ballet.
-Te marcó al rato.

Encendió su carro, buscó su celular dentro de la bolsa, fracasando pues lo había dejado olvidado a un lado de la frutera del comedor de su casa. Los recuerdos venían a su cabeza como mariposas que volaban frente a ella y cuando trataba de atraparlos explotaban en sus palmas. Los nombres de las calles por las que ahora manejaba le eran completamente desconocidos. Se sentía perdida en la ciudad. Finalmente llegó al instituto de ballet, donde Valeria y Clementina la esperaban de brazos cruzados y todavía vistiendo su “tutu”. Sin decir una sola palabra subieron al carro y no le dirigieron la palabra en todo el camino.

Al regresar a su casa, Leonor Vargas tomó el bote de las pastillas y lo tiró a la basura, sin tomarse la molestia ni siquiera por curiosidad de ver el nombre de estas. Abriría después una botella de “Pinot Grigio” y se sentaría en una de las bancas de su jardín, lloraría por una hora y media, con una copa del vino en su mano derecha y mientras en su otra mano sostenia un retrato de su tía Ruperta.

1 comentarios:

  1. Bonito cuento.. muy gracioso, pero muy triste a la vez.
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