Pensé por un tiempo que cuando uno comienza a viajar desarrolla la habilidad de charlar con sus compañeros de asiento en el avión. A decir verdad esto me ha pasado raras ocasiones. Normalmente cuando viajo en avión las conversaciones se limitan a las llamadas por teléfono en cuanto este aterriza. Me dí cuenta con el tiempo que nunca obtendría dicha habilidad, pues normalmente las personas con las que comparto asientos de vuelo desean solamente terminar ese doloroso proceso de viajar. Los comprendo. Sin embargo ha habido un par de excepciones en mi vida, a la mente me viene la más reciente.
Yo hablaba con Balú por teléfono cuando apenas había abordado el avión, estaba tratando de investigar cual era el plan para esa noche de vuelta en San Francisco. Era mi última semana en un proyecto que tenía en Los Angeles, este requería que viajara cada semana a aquella ciudad. Esta ocasión había tenido la suerte de ser de las primeras personas en abordar el avión. Avancé por el pasillo del avión hasta llegar dos filas detrás de la salida de emergencia. Tomé el asiento de la ventana izquierda.
Llevaba aproximadamente dos minutos sentado cuando la ví entrar al avión, ella fue aproximándose cada vez mas a mi asiento, hicimos contacto visual, yo continuaba hablando con Balú, pensé que ella continuaría caminando para encontrar otro asiento, pero dejó de caminar justo donde al nivel de la fila en la que yo me encontraba sentado. Me pregunto con gestos si el asiento del pasillo estaba ocupado por otra persona, yo con gestos respondí que estaba libre. Sonreí, pues son raras las ocasiones en las que tengo la dicha de compartir mi asiento con una persona atractiva como ella. Ella también hablaba por teléfono.
Su cabello era ondulado con reflejos dorados, cejas delgadas, con pestañas prolongadas que parecían tener intenciones de espinar sus ojos, su sonrisa parecía la de una niña que acaba de hacer travesuras, en esta se escondía tímidamente un diente amarillo. Sus labios parecían estar dando un beso todo el tiempo.
Colgué mi teléfono y escasos segundos después ella colgó también. Lo primero que hizo después de colgar fue preguntarme si hablaba español, yo le contesté que si, supuse que me había escuchado hablar por teléfono.
Existen dos tipos de conversación en los aviones, las que duran solamente cuatro minutos y las que duran por todo el viaje. Si uno logra mantener la conversación mas allá de esa barrera de los cuatro minutos es altamente probable que esta continúe hasta el momento que termina el viaje. Sin embargo el 95% de las conversaciones que normalmente tengo con mis compañeros de vuelo no logran pasar esa barrera. Los principales asesinos de mis conversaciones son los audífonos, los libros y las almohadas.
-¿De donde eres? –Me preguntó.
-De México y ¿tú?
-Nací aquí pero mi madre es mexicana y mi padre de Brasil.
-Ah, me encanta escuchar el portugués, es la lengua más sexy de todas las lenguas romance, sobre todo cuando una mujer canta a ritmo de bossa nova. – Contestaba con absoluta honestidad, pues en realidad pienso eso.
-Claro, al diablo con quienes piensan que es el francés, amo a Bebel Gilberto – Reímos los dos. En este momento sabía que sobrepasaría la barrera de los cuatro minutos.
La señora sentada justo en frente de ella volteó con mirada seria y cara de frustración, sin decir una palabra, era de ese tipo de miradas que uno hace cuando esta uno sentado en la sala del cine y detrás de ti hay personas hablando con un volumen muy alto. Para su desgracia a mi me importaba muy poco lo que ella pensara. No dejaría que aquella ingrata asesinara mi conversación.
-¿Qué trae esta vieja? – Me preguntó mi compañera de vuelo.
-No lo se, vieja pedante, ese es el tipo de personas con las que siempre me toca sentarme- Contesté.
-¡Ya sé! A mi me pasa lo mismo, pero tu eres bueno. – Me respondía con un español casi perfecto, su acento era casi tan sensual como la misma Bebel Gilberto cantándome al oído.
Era tiempo de despegar y nadie había tomado el asiento de en medio en nuestra fila. No solo viajaríamos cómodamente durante todo el viaje, sino que no habría nadie quien se interpondría entre nosotros, literalmente, por el resto del viaje. Las puertas del avión se habían cerrado y yo no sabía aún su nombre.
Una vez que el avión se había estabilizado continuamos platicando. Su nombre resulto ser Lissandra y tenía 36 años de edad. Iba ese fin de semana a visitar a su novio quien tuvo que trabajar esa semana en San Francisco. Comenzamos a pedir bebidas a las aeromozas. Ella pidió un “Gin & Tonic”, mientras yo un “Scotch” con agua mineral. Me confesaría minutos después que era su tercer trago del día pues había tomado un par en el bar del aeropuerto. Curiosamente era mi tercero también, había tomado una cerveza Pacifico y una Margarita en el bar a un lado de la sala de abordar. No recordaba haberla visto en ese lugar.
El resto del viaje continuamos charlando, yo veía en ella como una versión femenina de mí un poco mayor de edad, por su manera de conversar, su manera de tomar y su manera de ver la vida. Podía detectar que esta visión era reciproca por su manera de verme y por su manera curiosa de frecuentemente tocar mi mano accidentalmente. Fue definitivamente el vuelo más corto de los 50 viajes que había tenido durante todo un año. Quería quedarme sentado a lado de ella por al menos un par de horas más. Cada vez que movía sus labios carnosos la imaginaba en medio de un escenario, vistiendo un vestido color púrpura, sosteniendo una guitarra y cantándome en portugués. A veces ella notaba que ponía mayor atención al sonido que hacían sus palabras con su suave acento que al verdadero significado de ellas. Pudo bien haberme dicho que yo era el más grande pendejo en la historia y yo hubiera seguido sonriendo e imaginándola en aquel escenario, cantando a ritmo de bossa nova.
A la vez me esforzaba y en ocasiones yo también la hacia reír con mis historias. Me gustaba hacerla reír. Era la segunda cosa que más me agradaba de ella.
El avión aterrizó. Salimos del aeropuerto aún platicando. Parecía que era el fin, sin embargo resultó que su novio la esperaba en un hotel a escasas cuadras de mi departamento. Decidimos entonces compartir un taxi. Su teléfono celular sonó, era su novio, lo único que escuche fue:
-Yeah honey I’m on my way to the hotel, I’m sharing a cab with the greatest guy I ever met, you’ll meet him soon.
Le había comentado en el vuelo que aquel fin de semana sería el festival del barrio italiano de San Francisco, North Beach. Nos habíamos intercambiado también nuestros números telefónicos y habíamos acordado en marcarnos durante el fin de semana.
El camino del aeropuerto a mi departamento en el taxi fue como un abrir y cerrar de ojos, parecía que apenas había respirado tres veces cuando ya le estaba dando mi tarjeta al taxista para que cobrara la primera mitad del recorrido. Lissandra continuaba en el taxi. Esto era el momento de despedirnos. Salí del taxi sin interrumpir esa mirada que había iniciado desde el momento que tomó el asiento del pasillo en el avión.
-Cuidate niño nos vemos pronto, ya se donde vives y tengo tu teléfono – Me dijo mientras el taxista iniciaba el motor de su vehículo. Yo tan solo me reía discretamente. Escasos segundos después el taxista avanzó y yo la perdí de vista.
Lissandra no marcó mi teléfono aquel fin de semana. Por un momento pensé en hacerlo pero al final decidí no hacerlo. Era como si ambos hubiésemos decidido simultáneamente mantener intacto esas dos horas de nuestras vidas.
Tres semanas después asistiría a un concierto de Bebel Gilberto en Berkeley. Cada una de sus canciones me hacía recordar a Lissandra, justo como la imaginaba cuando escuchaba la sintonía de sus finas palabras, con aquel vestido púrpura en el escenario, cantando solo para mis oídos. Cada canción me recordaba también a sus carnosos labios devorar los míos dentro del taxi.






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