Mi viaje a España había servido para aclarar mis dudas, para intentar desvanecer aquel fantasma de la nostalgia, el cual nació justo momento más confuso de mi tiempo en Italia. Fui en la búsqueda de respuestas hacia dos preguntas muy sencillas: quien era y hacia donde me quería dirigir.
Mientras me transportaba en el camión que había tomado en el aeropuerto de Bérgamo, donde había aterrizado el avión que me había traido desde Barcelona, y que me llevaría hacia Stazione Centrale di Milano, sentía que me encontraba atrapado entre las redes de una tragicomedia que yo mismo había ideado.
Tenía que convencerme por mi propio bien que mi lugar no era Italia, por más que me doliera, era necesario, no podía seguir engañándome, no pertenecía al viejo continente, lo sabía desde mucho tiempo atrás, esa era una dura realidad que había preferido evitar hasta ese momento.
Italia fue un amor platónico, tal como lo fue Nicoletta para mí y yo a su vez lo fuí para ella. Los días en que los tres pasamos juntos fueron como un sueño lúcido del que sabíamos bien tarde o temprano tendríamos que despertar, lamentablemente mas lo segundo que lo primero. Habíamos tratado de prolongarlo lo mayor posible, huyendo de las garras de la realidad, de sus intenciones de ahogarnos en sus mareas, saltando de nube en nube volando lejos de sus sombras, continuando soñando, deslizándonos por la sonriente luna, pescando estrellas fugaces del manto cósmico y tomando una copa de Barbera en Venus antes del atardecer.
Pero todo parecía ser un sueño y a la realidad hay que guardarle respeto, pues antes de lo que uno imagina esta puede atacar con una dolorosa bofetada.
Para yo despertar debía dar un paso más en mi plan de autodestrucción. Tenía en mente la receta adecuada, mi dulce niña fría quien se encontraba a solo cientos de kilómetros de Milán.
En su momento no le dije concretamente a Nicoletta de mis planes de ir a Austria, le mencioné que iría a Verona por el fin de semana a visitar a Giancarlo, otro amigo en común, pero sabía bien yo que Verona era solo una estación en la que pararía por unas cuantas horas, mi destino final en realidad era Viena, donde Gerlinde me esperaría. Nicoletta por su parte había mencionado la posibilidad de que la acompañara a Capo di Ponte, su ciudad natal, en esos mismos días pero el plan se derrumbo rápidamente.
Siempre había soñado conocer las tierras que la habían visto nacer. Desde que ella mencionó aquella región por primera vez a mi me había parecido un lugar tan místico: “Capo di Ponte”. Imaginaba neblina sobre campos verdes repletos de uvas, imaginaba montañas nevadas en sus horizontes, calles empedradas humedecidas por brisas taciturnas. La imaginaba a ella, Nicoletta, mostrándome los campos que la vieron crecer, mientras abría una botella de Chianti y servia en un par de copas unas cuantas historias de su infancia. Siempre imaginé que mi viaje a Capo di Ponte sería de tal manera. Sin embargo aquella campaña nunca se dio a lugar. Ni el tiempo ni el destino fueron benefactores para que se efectuara aquel evento, tampoco negare complicidad con aquellos villanos, sin embargo mi justificación aquel tiempo era mi plan de protección, destruir los restos de mi sueño en Italia.
Me cuesta trabajo distinguir la frontera entre conciencia e inconciencia cuando se refiere a la autodestrucción . Por una parte Nicoletta había estado a mi lado cuando Gerlinde me había hecho pedazos en Austin, años atrás, y ¿Cómo le pagaba yo? Dejando Milán y dirigiéndome hacia Austria, a las tierras de Gerlinde. Si bien era cierto que esta ocasión lo hacía de manera premeditada, como cuando un condenado a muerte da sus pasos hacia el paredón, también es cierto que al hacer un análisis de mi vida encuentro esta negativa tendencia en diversos capítulos de esta, esa misma búsqueda inconsciente hacia el lado oscuro cuando uno es más feliz, como si esa felicidad fuera algo que me lastimara, cuando la decisión correcta es tan obvia y aún así uno siempre decide tomar el camino doloroso e incorrecto.
La siguiente semana continué caminando junto al frío las calles de Milán. Fui a ver la pintura de la última cena de Leonardo da Vinci en la iglesia Santa Maria delle Grazie, donde tenía que hacer una cita previa gracias a la fama que había adquirido por la novelo de Dan Brown; encontré también en esos días en las calles de Milán la exposición de un fotógrafo que tomaba solo fotos desde el cielo. También aproveche para acudir de nuevo al “Duomo di Milano”, corazón de la ciudad, como si fuera a pedir un perdón anticipado por mis acciones en los próximos días en la antesala de mi autodestrucción.
Quería ser el héroe de mi historia, quería reivindicarme, respirar la victoria, vivir una tragedia, ser separado de mi princesa, ser exiliado, encontrar mi espada Excalibur y enfrentar nuevamente al villano de la historia, aquel fantasma que yo mismo había creado. Aquel que me incitaba aunque esta ocasión el villano era yo mismo o al menos un minotauro que había creado en el laberinto de mi mente.
Una noche antes de partir nuevamente de Milán, Nicoletta me llevaría a un “happy hour” en un barrio lindo en el centro de Milán, hablaríamos poco, tomaríamos botellas de vino blanco y comeríamos aperitivos. Ella en el fondo me podía comprender, lo podía ver en su mirada, pues esta había sido siempre la magía irradiante de cada momento que pasábamos juntos, esa sincronización de sentimientos que hacia parecer que habíamos sido creados por el mismo suspiro. No hacían falta las palabras, ella bien sabía que pronto partiría y se que en el fondo sospechaba hacia donde me dirigía. A mi tan solo me quedaba el consuelo de ver su silueta en la ventana adornando el resto de la ciudad, con una sonrisa forzada, mirando hacia cualquier lugar excepto mis ojos, apenas unas cuantas horas antes de comenzar mi autodestrucción.
(... 19 copas mas)












1 comentarios:
Shiva... mis mejores deseos para este 2009, sigue escribiendo tan padre para tus lectores...still waiting for my book ;).XOXO
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