Tuesday, January 15, 2008

Un buen año

Enero, desde el desierto hasta el fondo del mar:

Eran ya las dos de la tarde y aún había gente dormida en los sillones. Vasos rojos de plástico vacíos, otros rotos, rastros de jugos en el piso, seis botellas de tequila de diferentes marcas, cuatro de whisky y hasta una de Ron Palma, la cual procuré evitar por toda la noche. Era el principio de un nuevo año y el cielo de Juárez lucía tan claro como siempre; iluminaba a la calle llena de polvo los rayos de ese tímido sol que pareciera tenerle respeto al frío del desierto.

Nos dividimos en dos grupos unos limpiarían la casa de José y los otros irían por el menudo. Yo estuve en este último. Después de comer y terminar manejé hacia mi casa.

Este podría ser un buen año pensaba, pues todo en mi vida parecía estar en orden para que así fuera. Había conseguido apenas unos días antes un trabajo en una ciudad a la cual jamás había ido, lo único que sabía de esta es que tenía un puente llamado: "Golden Gate". Había terminado también mi maestría, esto me daba cierta melancolía pues Pittsburgh, la ciudad en la que estudie dicha maestría y en la cual había vivido los últimos dieciocho meses de mi vida, se había convertido en una de especie de lugar que amaba odiar. Extrañaría a mis amigos, extrañaría despertar a lado de Wanyu abrazándome por el frío, las noches de Texas Hold'Em en casa de Jonathan Lau, las quejas de Java con Memo, las técnicas avanzadas de conquista de Segovia en los clubs del "Strip District" y por supuesto las comidas en "Little Asia" con mi primo Marco, que parecieran ser sesiones intensivas para recuperar todos esos años que pasamos sin vernos. Sin embargo sabía que todo esto ya era parte de un proceso natural de renovación, el cuál sentía necesario. Pittsburgh había concluido y podía decir que terminaba esa etapa con la frente en alto… y una que otra lágrima.

Nuevamente me esperaba un lugar en el cuál no conocía a una sola persona, parecía casi como un reto pero a la vez me parecía algo familiar. Sonreía tan solo de pensar en todas aquellas personas que aún no conocía y que se convertirían pronto en personas importantes para mi vida cotidiana. Aún no me había mudado a San Francisco y ya comenzaba a quererlo.

Sin embargo tenía que hacer un viaje a otra ciudad antes de partir a San Francisco. Monterrey tenía un par de cuentas pendientes a mi nombre. Mi primo Juan Carlos acababa de mudarse a Monterrey, aprovecharía mi viaje para presentarle mis amigos, pues había yo había vivido en dicha ciudad por cuatro años. Pensaba que podrían ayudarle a adaptarse. El pasaba por una circunstancia similar a la mía, ya que él había también terminado su maestría y se mudaba a un nuevo lugar, la diferencia entre él y yo era que esta era la primera vez que él vivía fuera de su ciudad y yo ya había perdido la cuenta de las veces que había pasado por ese cambio. Otro de los factores que hicieron tomar esta decisión de viajar a Monterrey era que coincidiría con mi primo Marco, quien había vivido conmigo en Pittsburgh los últimos seis meses, quien era a su vez hermano de Juan Carlos, y de quien no tuve la oportunidad de despedirme en aquellas tierras frías.

Juan Carlos me recogió en el aeropuerto y me llevo a su departamento, me pregunto si me iba a quedar a dormir con él, yo le contesté que no, esa noche tenía pensado dormir con Kika.

Cada vez que trato de explicar a las demás personas mi relación con Kika fracasó inevitablemente. Probablemente fracase nuevamente al explicarlo en estas líneas, pero si tuviera que describiría en un par de palabras tal vez diría que ella fue aquella amiga que fue mi novia sin ser mi novia.

Mi primera impresión de Kika fue de qué hablaba mucho de su novio, pero que tenía bonito trasero. La conocí por mi "roomate" Yesi, y resultó vivir a apenas una cuadra de nuestra casa en Monterrey. Antes de darnos cuenta las visitas a la casa ya no eran para visitar a Yesi si no para mí.

Cualquiera que nos hubiera visto juntos los últimos días que viví en Monterrey hubiera jurado que éramos una pareja de años. Éramos detestables, hablábamos casi en nuestra propia lengua. Creo que Kika fue esa persona la cual uno espera por toda su vida conocer. Comíamos juntos todos los martes sushi y sunomono, íbamos a cenas de amigos de ella y me presentaba como su novio, dormíamos a veces juntos abrazados toda la noche, sin embargo nunca cruzamos esa pequeña frontera la cual solo se necesita abrir un poco la boca y rozar los labios con la otra persona.

Mi relación con Kika había parecido una fortaleza impenetrable con la bandera de la amistad izando desde la torre más alta. A veces me engañaba a mi mismo diciéndome que Kika no me atraía y era algo extraño pues Kika era probablemente la mujer que me parecía más atractiva que había conocido en años, y no solo hablo de sus grandes ojos verdes con su sonrisa de inocente, sino mas bien la manera en la que al estar con ella me sentía correcto, sentía ser yo. Sin embargo nunca nos habíamos ni siquiera besado.

Esa noche todo cambiaría.

Ella llegó al departamento de Juan Carlos, y lo primero que dijo después de saludarme fue pedirme que subiera mis maletas a su carro, para después decir con un tono un poco sarcástico a mi primo: Lo siento pero esta noche tú primo se va conmigo.

Yo sonreí.

Nuestra próxima parada después de unos vasos de whisky fue el mítico Café Iguanas en el Barrio Antiguo. Después de un par de copas bailábamos en medio de la pista junto con un beat que hacia vibrar las plantas de mis pies, Kika volteaba a verme directo a los ojos y yo le devolvía las miradas cerrándole el ojo y tirándole besos al aire, estos habían hecho en el aire, en medio de la medio oscura pista, una constelación que los labios de Kika habían seguido hasta encontrarse con los míos. Comenzamos a besarnos y parecía que cada segundo de ese primer largo y anticipado beso pretendía recuperar todos esos días de tensión en los cuales ninguno de los dos nos habíamos atrevido antes a cruzar esa frontera que nos separaba. Estábamos en un plano existencial en el que no existía nada mas allá de nosotros abrazándonos, me decía:
-¿Esto es lo que querías? No te hagas.
-No me hago, si, si lo quería, tanto como tú.
Reíamos y nos besábamos con honestidad.

Nos cambiamos de bar, por su parte Juan Carlos estaba tomado y un poco harto de nosotros. Le pague un taxi y en otro nos fuimos Kika y yo a su casa unos minutos después.

Sus besos parecían un sueño que recorría las villas de mis recuerdos; parecía que su lengua leía cada movimiento que hacía estremecerme. Era probablemente el beso mas anticipado en mi vida, pues eran besos que provenían de alguien a quien por tanto tiempo había querido. Desperté a su lado, ninguno de los dos con fuerzas suficientes para levantarnos, pudimos habernos quedado en la cama por el resto del día. Sin embargo no lo hicimos.

El resto del viaje fue una serie de eventos que tal vez me gustaría haber evitado, no puedo culpar a nadie de estos, ni si quiera a mí. Diría que fue un embrollo de celos, desconfianza e inseguridad no solo mía y de Kika. Si hubiera partido después de esa mañana tal vez me hubiera ahorrado ciertos momentos embarazosos, pero en fin, que es la vida sin estos. Sin embargo prefiero recordar mi último viaje a Monterrey con esos momentos en los que Kika, mi mejor amiga de la vida y yo perdimos el miedo a destruir nuestra relación y volamos hacía ese otro plano existencial en el que nuestros labios esculpían una figura poética y nuestras caricias pintaban mares estelares que hubieran podido iluminar el fondo del mar.

Los hobos y yo:

Arribé al aeropuerto de Oakland, apenas a media hora de San Francisco. Podía sentir el clima siempre fresco del que me habían hablado que persiste en la mayor parte del "Bay Area". Tomé una van colectiva que me llevaría al corazón de San Francisco. El hotel Adante sería el lugar donde pasaría mi primera semana en San Francisco, buscaría por ese tiempo el departamento donde viviría los siguientes meses de mi vida. Este hotel costaba solo sesenta dólares la noche, y lo había elegido puesto se encontraba apenas a unas cuadras de Union Square, el equivalente en San Francisco al Fifth Avenue de New York. Lo que no sabía en ese entonces es que a su vez se encontraba en medio del barrio más peligroso y feo de todo San Francisco, un barrio llamado "Tenderloin". En ese tiempo yo desconocía estos hechos y decidí que mi primera caminata, en la ciudad que muchas personas que conocía presumían como la más bonita de todo Estados Unidos, fuera en el corazón de dicho barrio. Esta caminata no duro mucho pues después de caminar un par de cuadras y ser atacado por innumerables vagabundos, padrotes y "crack whores" decidí correr asustado de vuelta hacia el hotel Adante. Al llegar a mi cuarto cerré con llave asustado y me conecté al "Messenger", comencé a platicar con la única persona que sabía vivía en San Francisco, a pesar que no lo conocía en persona, Tony, y a quien dos distintas amigas me habían referido como contacto en la ciudad. Después de saludarlo le pregunté si toda la ciudad era así, el debió haber reído en ese momento, y me explicó acerca de ese barrio, donde viviría por la siguiente semana. El día siguiente conocería a Tony.

Aldo un amigo de la universidad, era la única otra persona que conocía en la ciudad, pero el partiría el día siguiente a viajes de negocios por las próximas tres semanas.

Profundizar en el tema de Tony en esta historia probablemente duplicaría el tamaño de lo que tenía contemplado escribir acerca del 2007, por esto procurare no profundizar mucho, reservando dicha oportunidad para una oportunidad un tanto más enfocada. Podría resumir que después de ese día pude ayudarle en ciertos aspectos de su vida así como el a su vez lo hizo con la mía. Meses después, tras tener él una dura pelea con las personas con quienes él vivía me pidió de favor vivir en mi departamento. El necesitaba un lugar, yo necesitaba la compañía. En ocasiones cuando se emborracha me recuerda el buen acto que tuve hacía él… yo siempre le contesto igual que siempre:
-No tienes nada que agradecerme.
Esa primera semana apresuradamente conseguí un pequeño departamento en Pacific Heights, uno de los mejores barrios de San Francisco. La renta era más cara de lo que pensaba que podía pagar, pero no importaba. Era feliz.

Recogiendo las migajas: Recibí una llamada esa misma semana de Wanyu, pidiéndome que la acompañara a Washington para su entrevista de trabajo. Ella siempre fue como una pieza de arte hecha de cristal, tan preciosa como frágil. Me había dedicado los últimos seis meses que estuve en Pittsburgh a protegerla, de cualquier daño que pudiese sufrir. Tras desencantos con entrevistas en compañías solía ir a mi departamento a llorar mientras yo con mis labios trataba de sanar las heridas y recolectaba con estos también sus melancólicas lágrimas. Ella no corría con la suerte que yo tuve, de encontrar un trabajo antes de la graduación. Era probablemente una de sus últimas oportunidades antes de que fuera deportada hacia Taiwán por no tener una oferta de trabajo, y eso me rompía el corazón. Decidí adelantar un viaje que tenía planeado hacia Pittsburgh para recolectar mis pertenencias y mandarlas a San Francisco, pero con una pequeña escala en Washington.

La esperé en el aeropuerto, a lo lejos la veía con su chamarra roja que hacía resaltar sus ojos negros y piel pálida, sus cabellos negros caían como una recta perfecta que parecía que alguien los jalaba desde el suelo. Corrí hacia ella y nos besamos fuertemente, casi como un sarcasmo hacía un final tipo Hollywood, de ese tipo de películas que a ella le encantaban.

Tomamos un taxi hacia su hotel y pasamos la noche preparándonos para su entrevista y besándonos cuando nos aburríamos.

La mañana siguiente yo tomaría un vuelo temprano hacía Pittsburgh, ella me alcanzaría cuando sus entrevistas terminaran, un par de horas después. Llegué directamente a la casa donde viví los primeros doce meses que viví en Pittsburgh, la calle Graham, curiosamente vivía ahora en ella Memo, quien había vivido conmigo los últimos 6 meses en otro departamento, pero por asares del destino ahora nos encontrábamos los dos ahora en la calle Graham. El viaje me trajo cierta nostalgia, parecía que todos habían partido ya. Pude ver un par de amigos viejos, y pude despertar nuevamente a lado de Wanyu por varios días. Esto me hacía feliz, pero no sabía que tanto podía durar ese sentimiento de felicidad. En realidad estaba nervioso porque Wanyu no encontraba un trabajo y podía ser deportada. Sería una manera muy triste de terminar nuestra relación.

Mande mis pertenencias en cajas hacia mi nuevo departamento en San Francisco. Parecía que me desprendía de mis últimos arraigos a Pittsburgh. Una parte de mi no quería hacerlo, prefería quedarse a lado de Wanyu, abrazándola, jugando con su pelo negro por toda la noche. Otra parte de mi sentía que era tiempo de partir. Me iba un tanto mortificado por la situación de Wanyu, podría ser que no la vería en mucho tiempo.

San Fran Disco:

El tercer mes del año comenzaba y ya trabajaba en mi primer proyecto de mi nuevo trabajo. Comenzaba a sentir la experiencia de vivir en San Francisco. Comencé a admirar el hecho de que cada día descubría un nuevo rincón de esta ciudad que me daban ganas de fotografiar. Consideraba a esta ciudad como un rompecabezas de atracciones escondidas y que hasta la fecha no he podido completar.

El trabajo fue un poco incomodo desde el principio para mi puesto que normalmente hacia dos horas de ida hacia las oficinas de mi cliente y dos de vuelta a mi casa. Una sexta parte del día en transporte. Duré casi cuatro meses de tal forma. Recuerdo la fascinación que solía tener por viajar por las vías de tren, siempre me recordaban al camino que un día recorrí desde Paris hasta Praga. Los valles de California, por los que ahora viajaba diario eran muy diferentes a aquel otro camino que en mis recuerdos estaba lleno de girasoles y otras partes con nieve en los picos de las montañas de trasfondo, sin embargo la música de fondo era la misma. Unos días grises, otros completamente verdes, pero la guitarra estelar era la misma.

Poco a poco fui conociendo personas en la ciudad. Mentiría si negara que al principio sentí soledad y que me preguntaba si había tomado la decisión correcta al haberme mudado a San Francisco, pero el tiempo pronto me dio la razón. Bastaron un par de semanas para que me sintiera nuevamente como en casa, en un nuevo lugar donde las vistas eran diversas y exóticas, donde cada día me despertaba con una sonrisa y donde el clima, lleno de neblina, era tan perfecto como en mis sueños… los sueños de un daltónico.

La sangre nunca muere:

Pronto conocí por Tony a Javi y Chuy. Norteños los dos también, pero con el mismo espíritu aventurero que todos teníamos, a su vez tiempo después conocería a Balú. Pronto fuimos casi inseparables. Al aumentar mi portafolio de amistades me acordaba de aquel sentimiento de cuando llegue al aeropuerto de Oakland sin conocer a nadie, ese sentimiento se veía como una vela casi extinta en medio de una tormenta. Definitivamente el evento que conglomeraba a todos los amigos mexicanos era el "mexican bus", patrocinado por una cervecería en la que trabajaba Chuy. La misión consistía en transportarnos de bar en bar en un autobús que a su vez por dentro parecía un bar. Este estaba repleto de pósters de películas del Santo y Blue Demon, luchadores de juguete de plástico colgados a lado de los asientos y una gran virgen de Guadalupe a un lado del conductor quien ponía música con sabor latino. Un museo andante del folklore mexicano, con diversos mensajes escritos dentro de este como:
-Si no tiene nada que hacer no lo venga a hacer aquí.
-No escupir afuera ni adentro.
Conocí a Karmy también en un evento del "Mexican Bus". Ella me recordaría aquella noche por haberle dicho, mientras se tomaba una cerveza, "Mire señorita, cuidado que la virgen la esta viendo" y ella quien en un principio me miraba despectivamente no pararía de reír de mis ocurrencias por toda la noche. Tal vez ninguno de los dos pensaría en ese momento que meses después estaríamos tomando copas de vino en un restaurante en Beverly Hills recordando esa misma noche.

Fueron varios fines de semana que tuvimos el "Mexican Bus", pero el más memorable probablemente fue el del cinco de mayo. Esa ocasión nos acompañaba en el autobús un mariachi completo. Al llegar a los pubs cantábamos, Tony, Karmy y yo: "El Rey", "Cielito Lindo","La media vuelta" y para cerrar "Mujeres Divinas". Nuestra garganta fue prontamente consumida entre canción y canción. Tómese un tequila y se le quita joven, decía el mariachi más gordo de ellos quien a su vez curiosamente tenía la guitarra más pequeña. Debimos haber recorrido diez diferentes lugares, y al lugar donde íbamos éramos en corazón de la fiesta. En un bar llamado "Tortilla Flat", Tony tuvo mayor interacción con el público que nos veía cantar con el mariachi, tomo a una señora de considerable edad quien usaba un bastón, pero esto no la detuvo de adueñarse de la pista junto con Tony a ritmo de una guitarra española, todos aplaudíamos al verlos deslizarse por toda la pista. El resto de ese cinco de mayo fue difuso para la mayoría, pero la siguiente mañana podría decir que probablemente todos nos reímos de las ocurrencias de la noche anterior.

Hubieron otros eventos con el "Mexican Bus" pero ninguno tan espectacular como ese cinco de mayo. La batalla de Puebla nunca antes había tenido tanta trascendencia en un año de mi vida.

Buscando el tesoro:

San Francisco es una ciudad de visitantes, este dos mil siete la oportunidad de tener a mas visitas de las que puedo recordar. Hablar más de una visita que de la otra me parecería inapropiado. Cada visita fue una experiencia irrepetible y memorable. Cada una con su propio sabor, sus propios recuerdos y su propia historia. Cada visita merece a su vez un propio relato. Probablemente escriba unas de ellas en el futuro, pero por esta ocasión tan solo dedicaré un par de párrafos a estas.

No podré olvidar el viaje fallido hacia Dixon, California, con Poli y Yesi. Esperábamos un concierto punk y llegamos a una "kermes" familiar. Una perdida de tiempo y de dinero. Ellos fueron mi primer visita a San Francisco y me esforcé mas de lo que pude para que su viaje fuera inolvidable. Recuerdo ver con ellos el amanecer desde el piso más elevado de mi edificio en Pacific Heights, con la vista hacia el "Golden Gate", Sausalito y Alcatraz. Éramos testigos del despertar de una ciudad. Recuerdo cantar "buscando el tesoro" y bailar y bailar y bailar. Tomar el sol con champagne en una azotea en medio de "Castro", el barrio gay. Recuerdo también nuestras últimas horas viendo el atardecer en "Café Kokomo". Me despedí de ellos en la estación del "Civic Center". Podía ver en sus caras una sonrisa complacidas. Fue la primera visita y a ella suscitaron muchas más. Muchas visitas más procedieron esta, pero esta fue la única mientras vivía en Pacific Heights. Decidimos Tony y yo mudarnos a un lugar más céntrico y un departamento un poco más grande, ya que en el que habíamos vivido los tres meses anteriores era un pequeño estudio en el que apenas cabíamos aunado a mis dos horas para ir a mi trabajo. La nueva localidad fue un departamento entre North Beach y Fisherman's Wharf, en el corazón turístico de San Francisco, apenas a dos cuadras de "Pier 39".

Antes de mudarme de Pacific Heights viajaría una vez más a Pittsburgh al evento de graduación de mi escuela, en el cual recibiría el diploma de mi maestría.

Wanyu finalmente había tenido una oferta de trabajo y eso me daba mucho gusto. No sería deportada después de todo. De hecho su oferta era muy buena y en una muy buena empresa. Valió la pena la espera le decía y ella sonreía complaciente.

Toda mi familia viajaría también a Pittsburgh para acompañarme en dicho evento. A excepción de mi hermano y su esposa, esta sería la primera vez que visitarían Pittsburgh desde que yo me había mudado a hacer mi maestría. Disfruté mucho esos días. Pittsburgh parecía tan diferente y tan verde, comparado con mis recuerdos de esa ciudad en los que la nieve y el hielo eran los personajes principales.

Bill Cosby sería el principal orador. Su mensaje fue lleno de carisma y de bromas en las cuales se mofaba de nosotros los nerds; al mismo tiempo su mensaje era una especie de motivación a que tuviéramos orgullo de serlo.

Al despedirme de Wanyu una vez más en el aeropuerto pude ver en su mirada que sufría porque no podía estar con ella. Siempre me recriminó que yo tenía la culpa de eso pues al recibir mi oferta meses atrás yo había puesto como mi primer opción San Francisco en vez de New York, donde ella viviría. No le objeto sus reclamos pues tiene razón. Aunque quería continuar cerca de ella no quería vivir en New York, hubiese podido hacerlo pero decidí al final que necesitaba cambiar, necesitaba empezar de nuevo. Necesitaba esa renovación. Cuando recibí la llamada telefónica de la empresa para la cual trabajaría en la que me informarían que había obtenido la plaza en San Francisco, tuve una mezcla de sentimientos dentro de mí, sentía por una parte satisfacción al saber que seguía mis sueños pero sentía a la vez nostalgia pues sabía que perdería a Wanyu. Me preguntó ella acerca de la llamada, le expliqué y la abracé fuerte. No nos movimos por horas y no hablamos mucho, tan solo pensábamos en lo que fuera a pasar. Al despedirme de ella, meses después, en el aeropuerto de Pittsburgh, afuera de la sala 52, con su mirada triste, sabíamos ambos que lo nuestro había terminado.

Pinches focas:

Cuando apenas nos mudamos a ese nuevo departamento estaba un tanto consternado por el ruido que podía generar un edificio que se encontraba en construcción en frente del nuestro. También me tenía un tanto preocupado el hecho de que nos encontrábamos a un lado de una de las calles mas transitadas de San Francisco. Lo que nunca me pude imaginar es que estas dos posibles fuentes de ruido serían casi despreciables a comparación de los leones marinos que viven en Pier 39. Yo les llamo focas, pues todo mundo les dice así, desde que fui de pequeño a un circo en donde pude ver a dicho animal jugando con pelotas, aplaudiendo y tocando trompetas.

Desde el momento en el que uno va a dormir, cuando las calles de la ciudad carecen de tráfico, se pueden escuchar sus gemidos, siempre peleando entre ellas para obtener un lugar en las balsas de madera donde suelen dormir. Pinches focas, pienso toda la noche. Sin embargo pronto se convirtieron en otra de esas cosas que amo odiar. En ocasiones cuando siento frustración o nostalgia voy a visitarlas a Pier 39, donde están siempre haciendo lo mismo, peleando una con la otra y gimiendo como siempre.

Apenas me había mudado al nuevo departamento cuando mi proyecto al cual necesitaba de dos horas para arribar terminó. Trabajé por un par de semanas desde mi casa. Eso era bueno al principio, pero un tanto frustrante al final.

I hate NY:

Después de un par de semanas más tuve que viajar a Boston por quince días para un entrenamiento. Sabía que en esta ciudad vería a Diana, a quien ya había visto el diciembre pasado cuando tuve la entrevista de trabajo de la empresa para la cual trabajaba ahora. Su pelo estaba muy corto ahora, pues lo había donado a personas con cáncer. Me dijo que ese fin no podría salir conmigo en la ciudad pues tenia que ir a New York. Yo sabía que tenía que ir también, sabía muy bien las razones por las que tenía que ir.

Por cuestiones de tiempo tuve que tomar el viernes un camión de quince dólares para que me llevara a aquella ciudad, me regresaría con Diana el domingo en su carro.

No solo son las ratas, el mal olor y el excesivo ruido. Por alguna razón que todavía no puedo descifrar siempre me pongo de mal humor en esta ciudad. Llegué y le marqué a Wanyu, no me contestó y le marqué a Weili, sabía que no podría quedarme a dormir con Wanyu pues todavía vivía con su tía en Queens. Weili me dijo que podía quedarme con el por esa noche. Tomé el tren hacia su departamento y dos horas después me encontraba en el rincón más lejano de Brooklyn. Wanyu me habló tiempo después diciéndome que estaba en Manhattan. Pero decidimos que era mejor no vernos esa noche.

El día siguiente contacté a Iván, amigo de Juárez, quién estaba también en la ciudad y con quien me quedaría esa noche. Quedé de verme con Wanyu en frente de Macy's a las dos de la tarde. Ella llegó a tiempo y me saludo desde lejos. No quería ni siquiera abrazarme. Su frialdad se derramaba después de cada respuesta tajante que me decía. La historia de nuestro último encuentro fue de las pocas cosas que escribí en el dos mil siete y lo escribí de esta manera:

Dancing on Grand Central:

Se sentía bonito, su último beso, en aquella estación que nos separaría, yo trataba de mantener abiertas las puertas del vagón que la contenía, en una estación en New York, pero la inercia del mismo me impediría continuar por el tiempo que deseaba continuar.

Aquella noche yo sabía bien de sus intenciones de terminar nuestra relación, pero eso no impidió que me atreviera a estar con ella, viajar cinco horas, ir a verla, ir a besarla , abrazarla, sostener su mano y después despedirme, talvez por siempre… aunque en realidad uno nunca sabe, pues este mundo es mas pequeño de lo que aparenta ser; uno tan solo puede estar seguro de esa entropía de eventos que algunos llaman destino, otros la llaman suerte, y algunos otros la llaman simplemente vida.

Ella me besaba en las calles de East Village, como no me besó en todo el día, y curiosamente me comenzó a besar en el momento que decidimos terminar nuestra relación… habían pasado dos meses desde la última vez que la había besado en la sala 52 de un aeropuerto en Pittsburgh, en aquella misma ocasión que me di cuenta que nuestra relación de larga distancia tan solo me lastimaba tanto a mi como a ella.

El calor era casi insoportable en la estación de Grand Central, ella tomaría Flushing Express, mientras yo tomaría el vagón que me llevaría a World Trade Center, pero eso era solamente logística para nosotros, pues sabíamos que era nuestra última noche, y aún cuando oficialmente nuestra relación formal había terminado nos podíamos aventurar en las travesuras de besarnos como si este día existiera solo en el infinito.

Bailábamos al ritmo de una guitarra distorsionada mientras ella se quejaba que tan solo sabía tres pasos de baile y siempre los repetía, yo le respondía delicadamente en la oreja que eso era mejor que nada. Nuestros respectivos trenes no llegaban aún , pero seguíamos bailando aunque la música pausara por momentos, nuestros amigos se mofaban de nosotros pero eso nos importaba poco, pues eran nuestros últimos momentos juntos, en los que traviesamente pretendíamos engañar a nuestro súbito destino.

Ella me continuaba besando.

Yo no quería soltarla.

Su tren llegó.

El día que muera me gustaría despedirme así de la vida, besándola delicadamente, bailando con pasos de mi imaginación, subiéndola a su vagón sin despegar mis labios de los suyos y abrazándola fuertemente hasta el momento en que las puertas automáticamente se cierran, pero justo en ese momento detenerlas para poder darle un último beso, un beso final, de despedida, decirle " I still love you" justo en el momento en que no puedes sostener esas puertas mas, escuchar las puertas cerrar y el motor del tren furiosamente encenderse para por fin separarte de ella. Así tenía que ser y así fue.

Ella me besó por última vez en Grand Central, y yo no pude detener aquel tren, sin embargo ella me besaba y yo sentía… bonito. El día siguiente regresé a Boston con Diana. Sentía un vacío en mi estomago, había perdido a Wanyu, pero la había perdido muchos meses antes, desde aquella llamada telefónica que me había informado que me iría a vivir a San Francisco. Pero me sentía a la vez un poco más ligero, pues ella no merecía estar sufriendo por alguien como yo.

De vuelta a Frisco:

El nuevo departamento vino acompañada de una serie de visitantes a la ciudad. No podré olvidar la primera vez que pasé a un lado de Alcatráz y por debajo del Golden Gate en un pequeño bote de Madera con Tony y Jordan, en medio de la furia del mar mas picado que en mi vida he enfrentado. En realidad llegamos a pensar que podíamos morir.

No podré olvidar la visita de mi familia a la ciudad. Ir a Napa Valley con mi papa, mi mama, mi hermano Carlos y su esposa Christina. Cenar dos noches seguidas en "The Stinking Rose" tomando la misma botella de Cabernet Sauvignon. Mostrarle a mi mamá la vista de la ciudad desde Sausalito. Perderme en Golden Gate Park con Carlos y Christina. Ir con mi papá a Pier 39 y verlo con la misma sonrisa que tiene un niño al abrir sus regalos en navidad.

Después vinieron Kics y Alex. Nuestro fin de semana fue distinto pues se caracterizó por las numerosas ocasiones en las que fuimos expulsados de lugares. Comenzó todo en el Slide Bar donde después de que Tony tomó una botella que no nos pertenecía nos indicarían la salida. Continuó esta racha esa misma noche en el End Up donde fuimos corridos por que Kics trató de tomarse una foto con el DJ. El día siguiente sería mi culpa ya que después de subirme al escenario del Mezzanine, para tomar una foto del público que escuchaba conmigo el concierto de Boys Noize, llegaría seguridad y nos sacaría también del lugar. El día siguiente despertaría con un bote de queso parmesano a lado de mí, después tomaríamos un par de cervezas en Pier 39 y al terminar cada quien regresaría a sus respectivas ciudades.

Una semana después me visitarían, Ale, Denisse y Diana. Nuestro primer evento sería el concierto de Chemical Brothers. Esa noche la música me trajo innumerables recuerdos, especialmente de mis años en Monterrey. La guitarra estelar comenzaba y no la pude escuchar por estar orinando en el baño. Pero pronto vendría Sunshine Underground y yo recordaba mis noches de poker y caguamas en residencias XII. El día siguiente pasaríamos todo el día en el Love Parade, viendo a gente rara y escuchando música electrónica. Compraría un sombrero que se convertiría en un amuleto que rara vez dejaría y que pronto se convertiría en el favorito de la gente para tomarse fotos con el. Un día después, al terminar del típico recorrido por las calles de San Francisco las llevaría al aeropuerto. Me decían, No Chiva no nos lleves. Me daba risa pues parecía haberse convertido en práctica común el no querer partir de la ciudad.

Otoño en Santa Monica:

La siguiente semana era mi cumpleaños. Llevaba ya dos meses viajando cada lunes a Los Angeles para un nuevo proyecto de la empresa donde trabajo, cada viernes volvía a San Francisco para pasar tiempo con mis visitas, pero ese fin de semana sería la excepción. Me quedaría por primera vez en Los Angeles para convivir con mis amigos de esas tierras. El viernes, día de mi cumpleaños iríamos al Hotel Roosevelt. El día siguiente iríamos a Avalon donde conocería escucharíamos a Trentemoller. Terminaríamos el fin de semana tomando mojitos en Sunset Boulevard.

Comenzaba a cansarme el hecho de viajar dos veces por semana, comer en restaurantes todo el tiempo y trabajar más de doce horas al día. El proyecto consumía día a día más horas de mi vida. Al principio de este proyecto solía ir a correr por la mañana a la playa de Santa Mónica, apenas a tres cuadras de donde vivía. Sin embargo, deje de hacerlo para poder dormir aunque fuera una hora más. Comencé a descuidar mi aspecto físico, mi pelo era largo, mi ropa comenzó a apretarme. Usualmente terminábamos de trabajar después de media noche para volver nuevamente a las 9 de la mañana. Comencé también a trabajar todos los fines de semana.

A pesar que mi vida social estaba muerta, trabajaba con gusto, pues era un proyecto que me interesaba. Nunca me había esforzado tanto en algo de mi vida. Así pasaron mis días de octubre y noviembre, trabajando para crear algo de lo que un día no muy lejano pudiera estar orgulloso. Los únicos momentos que tenía para mí era los "smoking breaks" en los que platicaba con Yash, mi compañero de trabajo, el otro momento que tenía para mí era cuando manejaba de vuelta al hotel.
-Welcome back Mr. Chivardi.- Me decían las personas de la recepción del hotel y la bartender del aeropuerto de Los Angeles, pues me reconocían sin dificultad a uno de sus clientes mas frecuentes. Probablemente las únicas personas, fuera de mi empresa, con las que tenía tiempo de platicar.

Podían pasar hasta tres semanas sin que volviera a San Francisco. De hecho pasé solo tres días en noviembre en San Francisco, el resto de los días los compartieron Los Angeles y Ciudad Juárez.

Poli y Kisi:

Tanto noviembre como el proyecto estaban a punto de terminar. Tenía que quedarme ese fin de semana para asegurarme que nada estuviera mal con el proyecto. Aprovecharía la oportunidad también para recibir a mi última visita del año.

Era la segunda vez que Poli me visitaría, esta vez en Los Angeles y era la primera de Kisi. Sabía que su visita era justo lo que necesitaba para quitarme toda la tensión acumulada desde meses atrás. Avisé en mi trabajo que ese fin de semana no tenía pensado trabajar mas que un par de horas el sábado. Ellos respetaron absolutamente la decisión.

Nuestra primera noche las lleve a Sunset Boulevard donde estuvimos por un par de horas. Tratamos de ir a otros lugares pero el frío de las calles nos hizo regresar hacia el primer club que habíamos entrado. Esa noche de regreso a Santa Monica fuimos atacados por un hambre terrible. Terminamos cantando canciones en un "Drive thru" de un Mc Donald's en el que por alguna razón se acerco un tipo hablándonos con acento de español, le preguntamos que de donde era y respondió que era de Zacatecas.
-¿Y porque nos hablas con ese acento tio? - Le preguntamos mofándonos de su modo fingido de hablar.
-Así hablo yo - respondió y se alejo de nosotros muy indignadamente.

El día siguiente yo trabajaría hasta medio día y después recogería de mi departamento a Poli y Kisi, después tomaríamos carretera para finalmente llegar a Disneyland. La última vez que había ido a este parque debió haber sido más de veinte años atrás. Llegamos un poco tarde pues solo tuvimos un par de horas de sol. El día fue muy divertido ya que los tres nos sentíamos niños de nuevo, aunque tal vez estábamos un poco menos impresionados con las atracciones que veinte años atrás. Regresamos a Santa Mónica un poco cansados pero esto no impidió que saliéramos de nuevo esa noche. Kisi había tenido una pelea con su novio por teléfono en el camino de vuelta y aunque no quisiera aceptarlo sabíamos que era factor para que no quisiera salir esa noche, después de una larga intervención pudimos convencerla Poli y yo de que teníamos que salir.

Terminamos en un bar de Santa Monica pues a parte de que ya era media noche yo no quería manejar muy lejos. Horas después, ya de mañana, llevaría a Kisi al aeropuerto a que tomara su vuelo. Poli y yo volveríamos al departamento y dormiríamos un par de horas más. El hambre nos despertaría y caminaríamos un par de cuadras hacía Promenade Street, en el corazón de Santa Monica, donde tomaríamos mimosas en King Heads Pub, para comer después nuestro desayuno retrasado en otro restaurante acompañado de unas copas de vino. Regresaríamos al departamento y tomaríamos fotos emulando a suicidas saltando desde mi ventana. Recordaría bien esa tarde y ese viaje pues había sido diferente a mis otras visitas en San Francisco, en el que tal vez no pasaron tantas cosas pero era un viaje distinto por ese sentimiento nostálgico de que otra etapa de tu vida estaba por terminar. Lleve a Poli al aeropuerto. Sabía bien que mis días en Santa Monica estaban contados y que pronto podría volver a San Francisco.

Era diciembre ya. Me había dado gusto haber recibido esa última visita.

Dedos de novia:

Días después recibí un correo de mi primo Marco, quien había vivido en Pittsburgh conmigo los últimos meses que estuve ahí. Me informaba que se iba a casar en dos semanas y que esperaba mi presencia. Yo sabía muy bien que si había una boda algún primo mío a la cual no podía faltar era esa. A su futura esposa también la había conocido pues tuvo el atrevimiento de visitarlo a aquellas tierras frías en Pittsburgh. Eso es amor, pensaba. Pasé mis últimos días de diciembre en Los Angeles, con un fin de semana intermedio en San Francisco, el último que pasaría en dicha ciudad en ese año. El proyecto había terminado y yo ya me encontraba en el avión que me llevaría a la ciudad de México para acudir a su boda. Al llegar pude ver a casi todos los Chivardi, a algunos de ellos llevaba diez años sin verlos. Había un par de nuevos Chivardi a los que nunca había conocido. Fue un buen fin de semana en el que pude recordé el orgullo de mis raíces. Sabía también que era un día muy importante para mi primo Marco, y yo quería estar ahí.

Después de esos días viajaría directamente hacia Juárez, donde pasaría el resto del dos mil siete.

Vistas, besos y quesos:

De las diecisiete vistas que uno puede tener a través de ventanas que en mi casa probablemente la mejor de estas es la que uno puede observar desde la ventana en mi cuarto. Pero no siempre fue así, hubo un tiempo en que dicha vista d era probablemente la peor de todas, ya que en esta tan solo se veía una pared de ladrillos; sin embargo gracias a remodelaciones de la casa esta se beneficio con enredaderas que recorren desde la pared adyacente, con coloridas ramas repletas de flores como tentáculos guardianes del panorama de la ventana, estos mismos son refugios de pájaros después desde el ocaso hasta el alba.

Esos días en Juárez el observar dicha vista se había convertido para mí en una especie de terapia de relajamiento.

A Tita la había conocido casi diez años antes, pero a sus labios apenas había tenido el gusto de conocerlos por tres días.

Me encontraba esa noche faltando apenas unas cuantas horas para que terminara el dos mil siete, sentado en el costado de un sillón abrazándola por la espalda mientras ella fumaba observando la vista de mi ventana. Una cobija cubría nuestros cuerpos, yo recargaba mi cabeza entre su cuello y espalda. Los rayos del sol empezaba a matizar la pared que antes era la única vista de mi ventana, las ramas se movían con los respiros del amanecer, acompañados de los cantos de los pájaros que parsimoniosamente despertaban entre ellas. La mano libre de Tita en ocasiones acariciaba mi nuca, jugando con mi pelo y después caía lentamente hasta pasearse entre mis nudillos, los cuales se encontraban arriba de su abdomen. Yo me encontraba tan relajado que me costaba trabajo mantenerme despierto, volteaba en dirección hacia la ventana, sin embargo mi vista no iba mas allá del perfil de Tita; en ocasiones mientras la escuchaba hablar, yo dormitaba por segundos y al darme cuenta de esto cuando despertaba y le preguntaba:
-Viste, me dormí otra vez.
Ella se reía como siempre. Como solía hacerla reír. A veces tan solo se reía de mí, como cuando me recordaba en una foto de cuando yo era pequeño, en la que usaba una corona de papel. A veces tan solo nos reíamos del presente, de lo inesperado de haber estado esos últimos días del año juntos. En otras ocasiones se reía por las cosquillas que le daban mis bigotes y barbas mal rasuradas al besarla.

Las pocas horas que pude estar con ella ese largo diciembre parecieron ser premio de mi insistencia, pero eran horas que disfrutaba.

Habíamos preparado sushi esa noche, cortado quesos en cuadritos y abierto una botella de Cabernet Sauvignon. En ocasiones se acercaba a mi pidiéndome que abriera mi mano, después ponía un cuadrito de queso en mi palma y me decía: "Ten, te lo regalo". Mientras se escuchaba una canción, yo cantaba "love is in the air" pero ella me corregía diciéndome que la letra de esa canción en realidad decía "this is the end", un contraste un tanto drástico, pero definitivamente esas palabras eran más apropiadas para esas etapas del año.

Había sido una noche de besos y quesos, vistas y ventanas.

El sol se hizo notar completamente en el reflejo de la pared, trasfondo de la vista de mi ventana. El cigarro de Tita estaba tan extinto como el dos mil siete. Yo continuaba recostado en su espalda. Después de que ella cerrara las persianas, voltearía para que ahora la abrazara de frente. Mis parpados eran de plomo pero mis labios continuaban despiertos. Silenciosamente, mientras la besaba, pensaba que el dos mil siete había sido un buen año.