Thursday, July 03, 2008

Uma menina paqueradora:

Pensé por un tiempo que cuando uno comienza a viajar desarrolla la habilidad de charlar con sus compañeros de asiento en el avión. A decir verdad esto me ha pasado raras ocasiones. Normalmente cuando viajo en avión las conversaciones se limitan a las llamadas por teléfono en cuanto este aterriza. Me dí cuenta con el tiempo que nunca obtendría dicha habilidad, pues normalmente las personas con las que comparto asientos de vuelo desean solamente terminar ese doloroso proceso de viajar. Los comprendo. Sin embargo ha habido un par de excepciones en mi vida, a la mente me viene la más reciente.

Yo hablaba con Balú por teléfono cuando apenas había abordado el avión, estaba tratando de investigar cual era el plan para esa noche de vuelta en San Francisco. Era mi última semana en un proyecto que tenía en Los Angeles, este requería que viajara cada semana a aquella ciudad. Esta ocasión había tenido la suerte de ser de las primeras personas en abordar el avión. Avancé por el pasillo del avión hasta llegar dos filas detrás de la salida de emergencia. Tomé el asiento de la ventana izquierda.

Llevaba aproximadamente dos minutos sentado cuando la ví entrar al avión, ella fue aproximándose cada vez mas a mi asiento, hicimos contacto visual, yo continuaba hablando con Balú, pensé que ella continuaría caminando para encontrar otro asiento, pero dejó de caminar justo donde al nivel de la fila en la que yo me encontraba sentado. Me pregunto con gestos si el asiento del pasillo estaba ocupado por otra persona, yo con gestos respondí que estaba libre. Sonreí, pues son raras las ocasiones en las que tengo la dicha de compartir mi asiento con una persona atractiva como ella. Ella también hablaba por teléfono.

Su cabello era ondulado con reflejos dorados, cejas delgadas, con pestañas prolongadas que parecían tener intenciones de espinar sus ojos, su sonrisa parecía la de una niña que acaba de hacer travesuras, en esta se escondía tímidamente un diente amarillo. Sus labios parecían estar dando un beso todo el tiempo.

Colgué mi teléfono y escasos segundos después ella colgó también. Lo primero que hizo después de colgar fue preguntarme si hablaba español, yo le contesté que si, supuse que me había escuchado hablar por teléfono.

Existen dos tipos de conversación en los aviones, las que duran solamente cuatro minutos y las que duran por todo el viaje. Si uno logra mantener la conversación mas allá de esa barrera de los cuatro minutos es altamente probable que esta continúe hasta el momento que termina el viaje. Sin embargo el 95% de las conversaciones que normalmente tengo con mis compañeros de vuelo no logran pasar esa barrera. Los principales asesinos de mis conversaciones son los audífonos, los libros y las almohadas.
-¿De donde eres? –Me preguntó.
-De México y ¿tú?
-Nací aquí pero mi madre es mexicana y mi padre de Brasil.
-Ah, me encanta escuchar el portugués, es la lengua más sexy de todas las lenguas romance, sobre todo cuando una mujer canta a ritmo de bossa nova. – Contestaba con absoluta honestidad, pues en realidad pienso eso.
-Claro, al diablo con quienes piensan que es el francés, amo a Bebel Gilberto – Reímos los dos. En este momento sabía que sobrepasaría la barrera de los cuatro minutos.

La señora sentada justo en frente de ella volteó con mirada seria y cara de frustración, sin decir una palabra, era de ese tipo de miradas que uno hace cuando esta uno sentado en la sala del cine y detrás de ti hay personas hablando con un volumen muy alto. Para su desgracia a mi me importaba muy poco lo que ella pensara. No dejaría que aquella ingrata asesinara mi conversación.
-¿Qué trae esta vieja? – Me preguntó mi compañera de vuelo.
-No lo se, vieja pedante, ese es el tipo de personas con las que siempre me toca sentarme- Contesté.
-¡Ya sé! A mi me pasa lo mismo, pero tu eres bueno. – Me respondía con un español casi perfecto, su acento era casi tan sensual como la misma Bebel Gilberto cantándome al oído.

Era tiempo de despegar y nadie había tomado el asiento de en medio en nuestra fila. No solo viajaríamos cómodamente durante todo el viaje, sino que no habría nadie quien se interpondría entre nosotros, literalmente, por el resto del viaje. Las puertas del avión se habían cerrado y yo no sabía aún su nombre.

Una vez que el avión se había estabilizado continuamos platicando. Su nombre resulto ser Lissandra y tenía 36 años de edad. Iba ese fin de semana a visitar a su novio quien tuvo que trabajar esa semana en San Francisco. Comenzamos a pedir bebidas a las aeromozas. Ella pidió un “Gin & Tonic”, mientras yo un “Scotch” con agua mineral. Me confesaría minutos después que era su tercer trago del día pues había tomado un par en el bar del aeropuerto. Curiosamente era mi tercero también, había tomado una cerveza Pacifico y una Margarita en el bar a un lado de la sala de abordar. No recordaba haberla visto en ese lugar.

El resto del viaje continuamos charlando, yo veía en ella como una versión femenina de mí un poco mayor de edad, por su manera de conversar, su manera de tomar y su manera de ver la vida. Podía detectar que esta visión era reciproca por su manera de verme y por su manera curiosa de frecuentemente tocar mi mano accidentalmente. Fue definitivamente el vuelo más corto de los 50 viajes que había tenido durante todo un año. Quería quedarme sentado a lado de ella por al menos un par de horas más. Cada vez que movía sus labios carnosos la imaginaba en medio de un escenario, vistiendo un vestido color púrpura, sosteniendo una guitarra y cantándome en portugués. A veces ella notaba que ponía mayor atención al sonido que hacían sus palabras con su suave acento que al verdadero significado de ellas. Pudo bien haberme dicho que yo era el más grande pendejo en la historia y yo hubiera seguido sonriendo e imaginándola en aquel escenario, cantando a ritmo de bossa nova.

A la vez me esforzaba y en ocasiones yo también la hacia reír con mis historias. Me gustaba hacerla reír. Era la segunda cosa que más me agradaba de ella.

El avión aterrizó. Salimos del aeropuerto aún platicando. Parecía que era el fin, sin embargo resultó que su novio la esperaba en un hotel a escasas cuadras de mi departamento. Decidimos entonces compartir un taxi. Su teléfono celular sonó, era su novio, lo único que escuche fue:
-Yeah honey I’m on my way to the hotel, I’m sharing a cab with the greatest guy I ever met, you’ll meet him soon.
Le había comentado en el vuelo que aquel fin de semana sería el festival del barrio italiano de San Francisco, North Beach. Nos habíamos intercambiado también nuestros números telefónicos y habíamos acordado en marcarnos durante el fin de semana.

El camino del aeropuerto a mi departamento en el taxi fue como un abrir y cerrar de ojos, parecía que apenas había respirado tres veces cuando ya le estaba dando mi tarjeta al taxista para que cobrara la primera mitad del recorrido. Lissandra continuaba en el taxi. Esto era el momento de despedirnos. Salí del taxi sin interrumpir esa mirada que había iniciado desde el momento que tomó el asiento del pasillo en el avión.
-Cuidate niño nos vemos pronto, ya se donde vives y tengo tu teléfono – Me dijo mientras el taxista iniciaba el motor de su vehículo. Yo tan solo me reía discretamente. Escasos segundos después el taxista avanzó y yo la perdí de vista.

Lissandra no marcó mi teléfono aquel fin de semana. Por un momento pensé en hacerlo pero al final decidí no hacerlo. Era como si ambos hubiésemos decidido simultáneamente mantener intacto esas dos horas de nuestras vidas.

Tres semanas después asistiría a un concierto de Bebel Gilberto en Berkeley. Cada una de sus canciones me hacía recordar a Lissandra, justo como la imaginaba cuando escuchaba la sintonía de sus finas palabras, con aquel vestido púrpura en el escenario, cantando solo para mis oídos. Cada canción me recordaba también a sus carnosos labios devorar los míos dentro del taxi.

Tuesday, July 01, 2008

Pastillas para la memoria:

Al entrar a la farmacia, Leonor Vargas, vio las pastillas sobre un mostrador especial en el cual eran promocionadas. Ella había visto los anuncios de estas mismas una noche de la semana anterior cuando había permanecido despierta, viendo la tele en su cama, a causa del insomnio. Le habían llamado la atención ya que a su tía Ruperta, hermana de su difunto padre, le habían diagnosticado Alzheimer el año anterior. El comercial de estas pastillas tan solo ayudó a empeorar el insomnio de aquella noche. Decidió apagar la televisión. Retorcía sus piernas entre las sábanas como tratando de exprimir esa posibilidad de que fuera a heredar aquella enfermedad. Una hora después continuaba despierta sobre su cama, pensaba en todas las ocasiones en las que había perdido sus llaves esa misma semana, contaba el número de bolsas que había perdido en el transcurso del año y recordaba de como siempre olvidaba el nombre de las películas y de los nombres de los personajes principales justo después de abandonar la sala del cine. Pensó en prender la tele nuevamente, esperando que el anuncio de las pastillas apareciera para poder pedirlas por teléfono, sin embargo no lo hizo, permaneció boca arriba por una hora más y pudo finalmente dormir.

Una semana después al verlas en aquel mostrador de la farmacia no dudó un segundo en comprarlas. Inclusive había olvidado el motivo que la había traído a la farmacia. Tan solo salió corriendo con sus pastillas dentro de una bolsa de plástico en la cual venía engrapado el recibo. Llegó a su casa, apretó y giró la tapa tal como decían las instrucciones para abrir el bote que las contenía, después con su uña removió el sello de este mismo. Tomó dos pastillas con un vaso de agua con hielos, se sentó sobre uno de los sillones de su sala, como si estuviera esperando a que las pastillas hicieran efecto. Era casi la una de la tarde, los hielos dentro del vaso se habían derretido completamente, recordaba entonces que a la una y media tenía que ir a recoger a sus dos hijas a la escuela. Llamó entonces a Prisciliana su sirvienta para preguntarle si la comida estaría lista para cuando regresara con sus hijas:
-Si señora, los frijoles ya merito están.
-Espera, no me digas, te pedí también que cocinaras, arroz y enchiladas verdes con pollo ¿No?- Dijo Leonor como si estuviera probando la efectividad de las pastillas.
-Si señora – Contestó un tanto confundida Prisciliana
-Y de tomar limonada ¿verdad?
-Si señora.
-Perfecto.- Contestó sonriendo, parecía que las pastillas estaban surgiendo efecto. Leonor Vargas tenía que partir pronto por sus hijas, recordaba bien que había dejado sus llaves y bolso a un lado del teléfono de la cocina. Pensó que definitivamente estaban funcionando pues siempre batallaba para encontrar estas antes de salir.

Partió a recoger a Valeria y Clementina, sus dos hijas, sonreía al recordar sus nombres pensando que jamás las olvidaría, pensaba también que estas pastillas probablemente serían los mejores doscientos pesos que había invertido en su vida. En el camino hacia la escuela reconocía los nombres de las calles por las cuales pasaba y esto le causaba confort. Finalmente al llegar al Instituto Franco-Americano, donde estudiaban sus hijas, y al ver a las otras niñas uniformadas salir caminando de la escuela, recordaba cuando muchos años atrás ella solía vestir la misma falda azul de cuadros blancos y su camisa blanca. Recordaba a sus mejores amigas: Renata y Regina, en los columpios a un lado de la cancha de futbol mientras comían raspados de limón. Recordaba también su primer beso con Joaquín Alberto Manriquez, su amor de la secundaria, detrás de los arbustos del patio trasero. Estaba a punto de llorar de la felicidad cuando pudo ver que sus hijas la esperaban a un lado del estacionamiento. Salió del carro, corrió para abrazarlas y besarlas en la frente. Valeria y Clementina tan solo se vieron una a la otra a los ojos sin decir una sola palabra, pero las dos pesaban: “Ahora que trae esta vieja loca”.

Leonor Vargas no tuvo problema alguno para dormir en las siguientes dos semanas, parecía que aquellas pastillas no solo ayudaban a su memoria si no que también la protegían de todos los males de los cuales pudiera ser blanco. Se sentía como una mujer superdotada, incluso cuando se veía desnuda en el espejo sus senos parecían verse mas firmes. Cada día, antes de recoger a sus hijas, se sentaba en el mismo sillón con un vaso de agua para tomar sus pastillas para la memoria. La vida parecía ser un camino tan prometedor a sus 46 años. Su sonrisa por todo ese periodo continuó tan delicadamente estática como la de una pintura renacentista.

Leonor se dirigió a su café favorito donde se vería con su comadre Yolanda Urrutia, con quien siempre sostenía una callada competencia personal que abarcaba desde las calificaciones de sus hijos hasta los cuadros que solían bordar cuando se juntaban cada martes. Después de saludarse de un beso en cada mejilla comenzaron a intercambiar los últimos chismes de sus otras “amigas”.

Un par de tazas después, junto con las migajas de la reputación que habían despedazado con rumores de unas cuantas señoras de la “high”, decidieron pedir la cuenta:
-No comadre déjame yo te invito esta vez, ya me toca.- Dijo Leonor.
-Hay comadrita gracias eh, por cierto que te haces que te veo tan contenta.- Replicó Yolanda.
-Hay comadre ni te he platicado, estoy tomando unas pastillas geniales.- Sintiéndose orgullosamente renovada.
-No me digas comadre. – Contestó Yolanda interesada.
-Si, son para la memoria, no sabes comadre, me siento como nueva, alerta todo el día, ¡me acuerdo de todo!
-¿De veras?
-Si, te las recomiendo de verdad.
-Hay si comadrita, dame el nombre por fa’ porque si siento que me hace falta.- Repuso Yolanda mientras abría su bolso buscando su agenda y su pluma para anotar el nombre de dichas pastillas. Justo en este momento fue cuando Leonor se percató que no solo había olvidado el nombre de las pastillas, sino también su cita con el dentista el jueves anterior, el recoger a sus hijas del ballet una hora atrás y hasta el nombre de la película que había visto con su esposo la tarde anterior. -… Hay comadrita, fíjate que no me acuerdo bien del nombre pero ahí te lo mando por mensaje a tu celular, ya me tengo que ir.- Contestó a su comadre, mas nerviosa que apenada, mientras salía apresurada a recoger a sus hijas en el ballet.
-Te marcó al rato.

Encendió su carro, buscó su celular dentro de la bolsa, fracasando pues lo había dejado olvidado a un lado de la frutera del comedor de su casa. Los recuerdos venían a su cabeza como mariposas que volaban frente a ella y cuando trataba de atraparlos explotaban en sus palmas. Los nombres de las calles por las que ahora manejaba le eran completamente desconocidos. Se sentía perdida en la ciudad. Finalmente llegó al instituto de ballet, donde Valeria y Clementina la esperaban de brazos cruzados y todavía vistiendo su “tutu”. Sin decir una sola palabra subieron al carro y no le dirigieron la palabra en todo el camino.

Al regresar a su casa, Leonor Vargas tomó el bote de las pastillas y lo tiró a la basura, sin tomarse la molestia ni siquiera por curiosidad de ver el nombre de estas. Abriría después una botella de “Pinot Grigio” y se sentaría en una de las bancas de su jardín, lloraría por una hora y media, con una copa del vino en su mano derecha y mientras en su otra mano sostenia un retrato de su tía Ruperta.