Creo que debo una sincera disculpa a los lectores de este espacio por haber dejado de escribir por casi dos meses. A estos podría decirles que tengo mis razones más que validas (también dolorosas) que justifican dicho abandono a este espacio y al habito de la escritura.
Por diversas razones tuve que mudarme nuevamente de ciudad, pero este cambio fue diferente a otros cambios de ciudad que he tenido en mi vida, pues fue mi decisión el hacerlo pero fue una decisión muy difícil, tal vez la mas importante de mi vida, en la que finalmente tuve que efectuar por mi propio bien.
Fue una larga despedida de San Francisco, la ciudad de la que me enamoré, en dicho lapso intenté hasta el final evitar mi partida, pero como podrán notar fracasé, pero no me malinterpreten, de ninguna manera tomo esa derrota como algo de lo que me avergüence, acepto dicha derrota con la frente en alto porque puedo orgullosamente decir que derramé hasta la última gota de sudor en dicha batalla, tal vez no era mi tiempo para permanecer en esa ciudad o tal vez solo era mi tiempo de partir.
Tengo tantas cosas que escribir de mis días en San Francisco y aunque sea muy dado a escribir de las despedidas procuraré evitar esa historia para un momento más adecuado. Tan solo puedo pensar en dejarme llevar por las canciones que se escuchan cerca de mi ventana y por el vino en mi copa, dejarme poseer por las letras y escribir fragmentos de existencia.
Les presento un par de pequeñas historias de mis últimos días en San Francisco más no de mi despedida.
Gigante:
Apenas terminé mi cita para cortarme el pelo y marqué su teléfono:
-¡Dígalo sin miedo!
Solía ella decir al contestarme como si yo estuviera al borde del suicidio, pues siempre me reía como si fuera la primera vez que lo dijera, . Esta ocasión no dijo aquellas palabras, fue un saludo normal. Había quedado de verme con Dany Vash después de terminar mi cita con el barbero. Curiosamente cuando hacía esa llamada me encontraba en la misma calle donde nos habiamos conocimos muchos meses atrás, la calle Union. Dany Vash sabía siempre hacerme reír hasta que me doliera el estomago y creo que yo aprendí al menos un par de trucos para devolverle dichos favores.
Quedé de verme con ella en “Circuit City” en donde le ayudaría a comprar su “router” pues después de un año de robarse la conexión de internet de su vecino había decidido pagar su propia conexión. Aparte, yo tenía que comprar mi disfraz para Halloween, buscaba un disfraz de ninja, sin embargo lo único que pudimos encontrar en la tienda de disfraces fue la versión “Ninja Gangster” de la pelicula “Kill Bill”, si a esos que Beatrix corta en pedacitos; terminamos por robarnos tan solo el antifaz de este y ella optó por usarlo mientras nos transportábamos por el camión que nos llevaría a “Whole Foods”, donde nos encontraríamos con Beauchamp. La gente volteaba a verla en el camión, pienso yo que no por el antifaz sino porque este tan solo hacía que sus profundos ojos verdes resaltaran aún más, pues el verla parecía como si sus preciosos ojos fueran dos estrellas con intensiones de absorber el universo entero.
Dany Vash quería probar una receta nueva de un platillo de “Chilean Bass”. Esta vez Beauchamp tan solo sería el suchef, yo tenía dos toneladas de ropa que lavar, pues mi partida de la ciudad era próxima, sin embargo pensé que ese tipo de momentos eran irremplazables e irrepetibles, entonces opté por abandonar aquella campaña de limpieza e ir a probar la nueva receta de Dany Vash.
En el camino hacia el departamento de Dany Vash, parados en la calle California, podíamos los tres ver el atardecer reflejar un color dorado en los edificios de Nob Hill, como si fueran siendo tocados por Midas, como si pretendieran esconder sus tesoros de nosotros los espectadores. Los tres tan solo callábamos y veíamos silenciosamente los rayos del sol reflejarse hacia nuestras pupilas.
Nunca hizo falta argumentar cual vino íbamos a tomar antes de cenar, siempre, desde que comenzamos a ser un grupo existió solo uno, el unánime “Valley of the Moon”, el cual tomo también esta noche que escribo estas líneas. Compraría una botella en la tienda de la esquina. Beauchamp después llamaría a Santiago para que se uniera a nuestra reunión, quien al principio pondría resistencia, pero sabíamos bien que su voluntad es débil cuando se refiere a sus más cercanos, bastaría con pedírselo tres veces.
Momentos después los cuatro estaríamos disfrutando de un exquisito banquete, tal vez el pescado más rico que he probado en mi vida, un par de exquisitas copas de vino, pero más que nada una exquisita compañía. Reiríamos por largas horas, de nuestras bocas saldrían historias en forma de burbujas, evocaríamos recuerdos y pronosticaríamos futuros.
En ese instante fue cuando descubrí que mi pena de abandonar la ciudad no se debía a que habría de extrañar las calles inclinadas, el valle de Napa, el puente naranja o la neblina adueñarse de la ciudad. Todo aquello parecía irrelevante a comparación de ese momento que aparentaba ser tan simple, pero en realidad era un gigante, aquel momento irradiaba normalidad, pero era unico, pues sentado junto a Dany Vash, Beauchamp y Santiago, en un pequeño departamento de “La Marina”, llenábamos nuevamente nuestras copas con Cabernet-Sauvignon, alejándonos una constelación mas del mundo terrenal.
De mejores lugares me han corrido:
Nunca le dí las gracias y si lo hice no recuerdo haberlo hecho.
Todo había comenzado unos días antes cuando ella tenía dudas de comprar su boleto de avión para ir a San Francisco aquel fin de semana, pero después de un par de llamadas en las que insiste que su presencia era mas que necesaria, la pude convencer de que comprara el boleto.
Sabía bien de su frecuente costumbre de perder vuelos y para que esto no sucediera me cercioré a su vez con un par de llamadas más que esto no fuera a pasar. Era el fin de semana de mi cumpleaños, y todos sabíamos que este iba a ser más largo y más intenso que lo normal.
Apenas un par de días antes me había percatado que mi partida de la ciudad era un hecho, en mi cabeza había un par de sentimientos encontrados, pues a la vez que estaba feliz por que ese fin de semana seria mi cumpleaños y el saber que celebraría grandemente esos días con mis amigos, también me encontraba un tanto triste de saber que el barco que me alejaría de esta ciudad estaba ya esperándome en el puerto.
Semanas antes ella había partido también de San Francisco de una manera silenciosa, su despedida había sido tan abrupta que no tuve ni siquiera oportunidad de decirle adiós.
Sin embargo ahora los dos estábamos juntos de nuevo en la ciudad donde nos conocimos y de la que pronto los dos podríamos decir que fuimos despojados. Parecía como si ella sería mi Beatriz y yo un poco Dantificado la seguiría hasta el final del camino, pues irónica y afortunadamente yo habría de mudarme a la misma ciudad en donde ella ahora vivía.
Aquel fin de semana fue lleno de innumerables eventos de toda indole, desde momentos alegres a miserables, cada uno merecedor de su propia historia, sin embargo tan solo escribire de mi momento favorito de todo aquel sendero, este fue en las últimas horas del sábado en las vísperas del primer domingo de ese, mi octubre.
Nos encontrábamos en la sala de mi departamento, después de haber bebido innumerables mimosas por la mañana y de haber bailado como demonios en frente del “Civic Center” gracias al “Love Fest”. La primer persona que llegó al departamento después de nosotros fue Rutso. Recuerdo que calentó un burrito en el microondas mientras nosotros tomabamos cervezas, Rutso vestia una chamarra de felpa con gorrito de color rojo, pareciendo evocar al cuento de los hermanos Grimm. Momentos después llegaría mi compañera de departamento, Sandra, con su perro "Rocco", fue entonces cuando confesé que el mismo nombre de aquel perro chihuahua era el que habían pensado mis padres ponerme antes que naciera, a fin de cuentas decidieron ponerme un nombre de menor riesgo. Rocco Chivardi, definitivamente sonaba mejor que mi nombre actual, pero así es la vida, uno tiene que avanzar, ¿no? Pira llegó después pero Rutso ya había partido, ella canto un par de canciones con nosotros, y no recuerdo cuando fue que partió junto con Sandra y Rocco. Entonces llegó Armida con impecable actitud. Las cervezas del refrigerador se habían extinguido y decidimos aventurarnos a comprar más bebidas antes de que fuera media noche, antes que fuera demasiado tarde.
En la salida de mi edificio había un tipo sentado en un banco con una lista en una hoja de papel, esto no era habitual, incluso nos miro sospechosamente, "Yo vivo aqui no jodas!", me dieron ganas de gritarle despues de que aquel me habia lanzado su mirada despota. Amablemente le preguntamos el motivo de la lista y del porque se encontraba en actituda de "Bouncer" en la entrada de mi edificio. Resulto ser que había una fiesta en el Penthouse de mi edificio. Apresurados compramos un par de cervezas y al regresar apretamos el botón del penthouse en el elevador.
No tuvimos oportunidad de siquiera establecernos en la fiesta cuando ya nos habían corrido de esta, es verdad yo trate de defendernos pero no pude articular una sola palabra. Despues Armida de una manera muy amable quizo explicar que veniamos en plan pacifico. Eso le importo muy poco a los imbeciles elitistas que de brazos cruzados tan solo apuntaron la salida del lugar.
Habíamos sido detectados desde antes que entráramos a aquella fiesta: "pinches gays millonarios", pensábamos mientras indignados volvíamos a mi departamento. No habiamos tenido ni siquiera la oportunidad de dar un par de respiros en la fiesta cuando ya nos habian corrido. Tal vez fue el six pack de Tecate Light que cada uno de nosotros colgaba de una de nuestras manos, tal vez fue nuestra impresionante facha a comparacion de aquellos innumerables metrosexuales, o tal vez tan solo basto nuestra cara de doce horas de estar ingiriendo alcohol. El hecho innegable es que habiamos sido expulsado de aquella fiesta antes de que pudieramos haber dicho, "quiero otra tecate light".
Despues de tal humillacion se nos ocurrió ir a comprar huevos y arrojárselos desde mi patio, para asi llenar su fiesta de la misma peste que salió de sus bocas cuando nos habían expulsado de su evento, “jodidos”, “pinches jotos, que se vayan a la chingada”, pensabamos.
Regresamos nuevamente a la tienda de la esquina, la misma donde minutos antes habíamos comprado las cervezas, las mismas que no nos habían dejado tomar en la fiesta de los elitistas, pero esta vez tan solo compraríamos media docena de huevos.
-Shiva no lo vas a llegar, esta bien alto.
-A huevo que la llego, jaja, a huevo que llego el pinche huevo.
-Bueno pues, dale, hace frio.
-Bueno, pero abre la puerta por si no lo llego.
-Dale pues.
-Va.
-Va dale
El ovoide voló pero no lo suficiente, tan solo quedo plasmado un piso en una ventana del piso anterior.
Nuestro esfuerzo había sido frustrado por la gravedad (literalmente) y la falta de fuerza en mi brazo.
Tan pronto escuchamos que este había sido estrellado en el cristal del departamento, ubicado un piso debajo de nuestro real objetivo, corrimos frenéticamente y muriéndonos de risa por el largo pasillo que separaba el patio de mi departamento.
Al llegar nuevamente a la sala continuamos mofándonos los tres de nuestras ocurrencias, las frustraciones de humillar a los elitistas eran mínimas, era nuevamente un momento que jamás habría de olvidar.
Momentos después, ella, Mitzy, me daría una sorpresa. De las bocinas de mi computadora escapaban las notas de “las mañanitas”. No había notado el detalle de que ya era media noche y por lo tanto mi cumpleaños, hasta que ella salto a abrazarme al mismo tiempo que la canción comenzó, mientras me deseaba un feliz dia (nombrarlo como inolvidable sería mas correcto) , era por fin cinco de octubre y ella había estado en todo momento a mi lado, en los momentos más felices y difíciles de ese par de días.
Como dije un principio, tal vez le di las gracias , tal vez no, a decir verdad no recuerdo; tal vez no le agradecí a ninguna de aquellas personas que me acompañaron en aquellos inolvidables días en los principios de Octubre. Tal vez es mi maldición de escritor la que me convierte en un inepto para las conversaciones cara a cara y hace que me confíe equivocadamente en la esperanza de que aquellas personas algún día lleguen a leer estas líneas en las que pretendo evocar inolvidables recuerdos, pues esta es mi manera agradecerle a todos quienes estuvieron ahí, a todos quienes siempre han estado y quienes han estado sin estar.
Gracias.





