Fausto había comprobado tiempo atrás la tendencia de Estrella de solo llamarlo un día antes que su menstruación comenzara. Por alguna razón, incluso extraña para Estrella, la sensación de pezones rosados y punzadas en el vientre le hacían recordar a Fausto hasta llegar a sentir la necesidad de abrazarlo.
El teléfono sonaría, Fausto, después de ver el cuarto de luna en su ventana, podía imaginarse que era Estrella, amenazando nuevamente con una visita súbita a su departamento en la calle Primavera.
-Parece que el mismo teléfono suena de otra manera cuando ella me marca, solo una vez al mes, cada vez que lo oigo sonar se muy bien como va a terminar la noche, pero eso nunca me detiene a contestar. Ella parece que es mi mujer lobo, atacándome casi en sincronía con el ciclo de la luna.
Después de la llamada en la que Estrella le diría que iba camino al departamento de Fausto, este tendría aproximadamente solo 45 minutos para recoger la ropa tirada en la alfombra de la sala, limpiar el sillón de piel, donde normalmente pasaban la mayor parte del tiempo para después ir a la tienda de la esquina y comprar una botella de vino barato, pues sabía que su visitante no podría diferenciar entre un Carlo Rossi y cualquier Cabernet-Sauvignon que costara más de 300 pesos.
-Fausto es una persona muy pasional, muy buena y muy interesante. Es más silencioso a veces de lo que yo quisiera, pero me cae bien, me la paso muy chido con él. A veces pienso que cuando expresa sus sentimientos lo hace con mucha intensidad pero eso no lo hace ser menos adorable de lo que pienso que es. Es muy bueno.
Los hielos sonarían como cristales entre las copas, haciendo un sonoro retrueno en el que solo las sonrisas entrecruzadas ganarían perspectivas en los linderos de la noche. Fausto y Estrella terminarían sin camisas en las orillas desnudas del sillón de piel en medio de la sala, el acariciaría sus contornos más íntimos mientras que ella pretendería detenerlo sin mucha vehemencia, llegaría el momento en que finalmente los labios se encontrarían, ella perspiraría un aroma más adverso a las intenciones de Fausto.
-¿Qué pasa chula? – Preguntaba Fausto aunque supiera de antemano la respuesta.
-Nada… todo bien pero te tengo que advertir algo…ando en mis días. – Advertiría Estrella,
-¿Otra vez? – Actuando sorprendido
-Si, que puntería tienes eh, has de pensar que lo hago a propósito
-Si ¿verdad? Casi siempre me tocan tus días, no te preocupes cariño
-Abrázame gordito .- Finalizaría Estrella mientras se enrocaba entre los brazos de Fausto.
Fausto no propondría mayores intenciones de seguir con aquel juego pseudo-sexual, pues sus únicos anhelos aquella noche eran las caricias de Estrella y su acto de hacerlo sentir querido, hacerla sentir que ella lo necesitaba, aunque fuera de la manera más patética. El sabía bien que ese era el día que le correspondía a él dentro del ciclo y pretendía explotarlo al máximo. Tal vez cuando fuera media luna ella iría con el tipo con el que ella trabajaba en la florería y cuando fuera luna llena su ex-novio la convencería a regresar con ella, para así convertir a Fausto en un objeto olvidado, al menos hasta que el siguiente cuarto menguante.
Aunque fuera por una sola noche, pero esa noche el cielo exhibía un cuarto de luna, y aunque él nunca la hubiera tenido totalmente, le bastaba con repasar los rizos de Estrella entre sus dedos y oler cercanamente los lóbulos de sus orejas.
- A veces quisiera que nunca te fueras
- A veces quisiera que nunca me dejaras ir
Estrella siempre controlaba toda aquella situación, con precisión quirurgica, como si fuera el maestro de una orquesta. Sabía bien que solo quería recordar que podía tener control sobre un hombre que no la deseara solo por sus habilidades sexuales sino por su persona en si. Eso era lo que Fausto significaba para ella, una remembranza de que su esencia como persona no era totalmente banal. Aquel individuo era para ella un ancla que no la dejaría perderse en el océano de la superficialidad.
-En ocasiones me gustaría que me dejaras ir.
-En ocasiones me gustaría que no te hubieras escapado.
Pensaba para si mismo Fausto, solitario, debajo de la sombra que ofrecería el siguiente cuarto de luna.






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