Tuesday, January 13, 2009

Amanecer:

Sus ojos no se habían cerrado más que por instantes en el vasto océano de la noche. La luz del día naciente apenas comenzaba a aventurarse con parsimonia por las dunas de los edredones que cubrían los dos cuerpos desnudos. Él, todavía un poco incrédulo seguía sosteniendo entre sus brazos los contornos de su doncella, esperanzado en que sus vivencias de horas anteriores no fueran el producto de las copas de la noche reflejándose en un sueño más; en aquel cuarto, mientras la sostenía, podía jurar, entre sus piernas invadidas por el escalofrío de la incertidumbre, que si aquel fuera el caso preferiría continuar sin cerrar los ojos, pues no fuera a ser que este al dormir se despertará de su sueño querido.

Wednesday, January 07, 2009

Relatos de una despedida premeditada:

Tantas historias escondiéndose detrás de botellas vacías, disfrazándose como huellas de gotas secas de cabernet en las paredes de las copas; tantos recuerdos plasmados en fotografías, pretendiendo construir historias fuera de contexto. Existen tantas maneras tan equivocadas y tan correctas al mismo tiempo de plasmar aquellas historias, mis historias, sus historias, mas nunca nos podremos poner de acuerdo, pues una historia no es mas que un punto de vista de ciertos hechos que se dieron a lugar en un tiempo de esta vida y en un lugar de este mundo.

Estas son mis pequeñas historias en las que trato de explicar con un poco mayor detalle a aquellos que estuvieron junto a mi aquellos días, donde también pretendo contar una historia para aquellos que no tengan idea acerca de cómo fue mi vida en San Francisco.

Mi inspiración esta noche es una botella de Cabernet-Sauvignon barato, Fetzer de Valley Oaks , California, cosecha del 2006, el cual mezclo en mi copa con hielos y Diet Coke, para hacer un par de calimochas mientras escucho canciones antiguas en una computadora vieja, al mismo tiempo que en mi tele se ve una presentación con fotos de dicha época.

Pensé mucho en como titular a la serie de relatos de mi partida de San Francisco. Opté por el ya expuesto arriba de estos párrafos. Siguiendo la tradición de las despedidas, tal vez esta sea la mas prolongada y dolorosa, pero misteriosamente mas bella también de todas, tal vez sería mas acertado llamarle: “Homenaje a una despedida premeditada”, sin embargo pretendo divertirme con los hechos de aquellos eventos (esos eventos que parecen vientos… aquellos vientos que parecen alientos) y crear una colección de cuentos que pretendan capturar un par de risas y tal vez un par de lágrimas también.

Sin mayor preámbulo (a excepción del excesivo ya demostrado en líneas anteriores) les presento el primero de muchos.

Tai-Chi en Embarcadero:

Había tomado el mismo camión que solía tomar cada mañana para ir a mi trabajo. La ruta 12 que recorrería toda la calle Folsom hasta llegar a Embarcadero donde daría una vuelta a la izquierda hasta llegar a la calle Broadway donde yo normalmente bajaría en cualquier otro día para llegar a mi oficina. Esa mañana yo bajaría a la mitad del camino, en Embarcadero, la entrada a la ciudad, calle de barcos y tranvías, desde donde veía el puente que conectaba a la península con el resto de California, donde solía correr por las tardes. Sin embargo aquella mañana no venía con atuendo deportivo, no, todo lo opuesto, vestía mi traje azul con rayas italiano y mi corbata roja con un nudo “windsor” sencillo atado a mi cuello. En mi mano derecha sostenía un folder de cuero con el emblema de mi universidad el cual contenía diez copias de mi mas reciente “resume”, mismo que había memorizado hasta el último detalle los días anteriores, sabía bien que no había campo para el error aquella mañana, necesitaba hacer las entrevistas perfectas en aquella compañía que me daba esa oportunidad, curiosamente en ese tiempo la más popular y solicitada para cualquiera que trabajara en el campo de la informática.

Nunca puedes estar completamente preparado para aquel tipo de entrevista, siempre existe la posibilidad de recibir preguntas que en una vida podrías imaginar que fueran a ser preguntadas, eso lo sabía de antemano. Sin embargo había tratado de minimizar aquella posibilidad. Había leído un libro entero de la historia de la compañía, desde como fue creada hasta el como logró obtener el dominio de su mercado, había estudiado la mayoría de los acertijos que suelen hacer en las entrevistas de dicha empresa, las preguntas técnicas capciosas y las preguntas imposibles… por Dios, sabía hasta que responder si me preguntaban que hacer si me convirtieran en un ser de una pulgada y me tirarán a una licuadora a solo diez segundos que esta iniciara. Sabía que estaba preparado, pero también sabía que sería una gran hazaña la de conseguir la oferta que buscaba esa mañana.

Caminaba por la calle Embarcadero, a una cuadra donde la empresa tenía sus puertas, compré un café, me visualizaba dentro de aquellas oficinas, con la grandiosa vista del “Bay Bridge” penetrando la ciudad desde “Treasure Island”. Meses antes mi visualización la hubiera extrapolado hasta verme tomando mojitos en el hotel “Americano”, ubicado en aquella misma calle, besando una asiática con tetas falsas, presumiéndole mi puesto en aquella empresa “fancy” llena de geeks, talvez ella me diría, “ah pero tu no pareces geek, lindo”, y yo le contestaría: “Lo se nena, soy cool, inteligente pero cool… sígueme besando mientras sostengo tus tetas falsas”.

Tal vez hubiera tenido aquel nivel de confianza meses antes, sin embargo aquella mañana sentía miedo, miedo a ser despojado de la ciudad de la que me había enamorado. No me tomen como pesimista, mas bien considérenme como realista, sabía muy bien que tanto la economía del país como la de la empresa en la cual militaba se encontraban en un estado alarmante, podrían ser cuestión de días para que nuestros compromisos terminaran. Aquella mañana tan solo lo veía aquella entrevista como una oportunidad para continuar viviendo en San Francisco, una oportunidad de renacer y hacer nuevos compromisos conmigo mismo.

Caminaba por la calle Embarcadero, había llegado 30 minutos antes de tiempo al lugar de la cita y en mis audífonos se escuchaba una canción de Enya, gente corría alrededor, entonces decidí pararme sobre una banca de piedra a hacer los escasos movimientos de Tai-Chi que había aprendido en mis lecciones de Kung-Fu en la universidad, un par de años antes. Encontraba dicha práctica sumamente relajante, era justo lo que necesitaba antes de mi entrevista. Tan solo quería una segunda oportunidad. Si algo había aprendido en mis otras entrevistas es que la calma es el catalizador del éxito para estas. Esta práctica la había observado los meses anteriores por los ancianos de Washington Square en el corazón del barrio North Beach de la misma ciudad. Era una manera no solo tradicional sino extremadamente reconfortante de prepararme para aquella campaña. Podía ver que la gente que corría en Embarcadero me dedicaba un par más de segundos que a las demás, pues aunque San Francisco es una ciudad llena de locos, creo encontraban un tanto exótico a un joven disfrazado de ejecutivo con gafas oscuras dando patadas al aire.

La entrevista comenzó y terminó tres horas después. Detalles de ella me son prohibidos platicar por un documento que me hicieron firmar antes de ella. Me sentí con confianza, y el simple hecho de haber sido invitado a sus instalaciones ya me había hecho sentir uno en un millar.

Al terminar la entrevista decidí caminar por la calle Folsom para regresar a mi departamento, usando los zapatos que había comprado dos días antes, los cuales aún lastimaban. Podía sentir las ampollas nacer debajo de mis tobillos, pero eso no importaba. Ojala me dejen una cicatriz, pensaba, para recordar este día, para tener un recuerdo de esta ciudad, si me tengo que ir al menos tendré un recuerdo.

Cuando había caminado dos cuadras mi teléfono celular sonó, era una persona del departamento de R.H. de mi empresa, quien me notificaba que había encontrado para mi un proyecto en San Diego. Aseveró que si este era de mi interes tenía que viajar hacía aquella ciudad en menos de dos días.

Meses después descubriría lo trascendental de aquel momento, de aquella llamada, que en realidad cambió mi vida.