Pude escuchar los alaridos de San Francisco tan pronto dí el primer respiro al salir de la estación Civic Center. Parecían ser un reclamo de la ciudad por haberla abandonado, y yo me sentía como su hijo pródigo volviendo con una sonrisa confundida, pues me alegraba de volver pero al mismo tiempo me entristecía haber sido exiliado de ella. Eran los gritos de la ciudad, los sonidos de sus sirenas, de su tráfico y de las gotas de lluvia golpeando sus calles.
Tres meses habían pasado desde el día que tuve que partir de la ciudad, todo parecía continuar como lo había dejado.
Caminé hacia el departamento de Santiago ubicado apenas a unas cuadras de la estación. En el camino me encontré rodeado de vagabundos, uno de ellos venía gritando detrás de mí cosas incoherentes. Me dio risa, era el tipo de cosas que extrañaba de la ciudad, cosas poco habituales, cosas que uno ama odiar. Entre otras cosas que vi en mi camino hacia el departamento de Santiago fue el ver a un tipo con un atuendo tipo Charlie Chaplin agarrando de la mano a otro con una chamarra llena de brillantes, como si fuera una bola de disco humana, también pude ver un vagabundo dormido en la banqueta abrazando una caja de cartón y sosteniendo en una mano un paraguas roto mientras que a lado de el otro vagabundo sostenía un cartón en el cual había escrito: -I need Money for a hooker.
Llegué al departamento finalmente. Dejé las maletas y salí junto con Santiago hacia la esquina para comprar un six-pack de Red Stripe. En el camino hice un par de llamadas para notificar a mis amistades que ya estaba en la ciudad.
En menos de una hora ya éramos cerca de nueve personas en el departamento. Era día de San Valentín pero creo que nadie de nosotros lo mencionó en toda la noche. Desde muchos años atrás me había parecido una celebración tan forzada y comercial, pienso que la gente le da demasiada importancia a dicha fecha, pareciera que tal día hubiese sido diseñado para darle un pretexto más a las parejas para pelearse.
Rondamos por unos bares cerca del departamento, debajo de la lluvia y después terminamos en Pisco Lounge, ubicado en Market Street. Bego y Andrea se dedicaron a convencer a todo el grupo que fuéramos a dicho lugar, bajo el pretexto de que ponían música latina, yo jamás había escuchado de este lugar, pero tenía mis sospechas, ya que se encontraba en las fronteras de la “Castro”, el distrito gay de San Francisco. Estas sospechas se incrementaron cuando al entrar al bar hice un conteo rápido de la proporción hombres-mujeres, la mitad de las que me pude percatar venían conmigo. Las sospechas quedaron completamente confirmadas al ver con mejor detalle a unos tipos que bailaban arriba de una mesa al ritmo de la canción “Vuela Vuela” de “Magneto”, estábamos en un bar gay, no había duda al respecto, fue entonces cuando comencé a ver a gueyes besando a otros gueyes, ¡auch! Bego y Andrea, inventoras de la grandiosa idea de venir a este lugar, trataban de disculparse diciendo: “Ash la ves pasada que venimos era cero gay eh!” No se que escala habían usado pero este lugar del uno al cien, de acuerdo a mi medición de "gayness", en donde el uno es equivalente a dos manos de diferentes hombres tocándose accidentalmente y donde el cien equivaldría a la escena final de Lord of the Rings donde Sam visita el cuarto donde Frodo esta recuperándose; el nivel de este bar se encontraría aproximadamente en un ochenta y dos.
Quería ahorcarlas. No obstante hicieron que pidiera la bebida oficial del lugar, llamada "Pisco", después descubriría que el ingrediente especial era blancas de huevo. Este hecho tampoco lo tomé con mucho agrado.
Las únicas mujeres que no venían con nosotros eran tres, dos chinas y una indú. Dos de ellas continuarían la fiesta con nosotros después de que cerraran el bar. Una de ellas se convertiría en un elemento importante del resto de la semana, pero volveré a ella en un par de capítulos.
No era exactamente mi definición de una noche ideal, con lo que respecta al lugar, pero a decir verdad me importaba poco. A pesar de estar en un bar gay y con una notable sequía de mujeres, estaba con gran parte de mis amistades de San Francisco y eso era suficiente para mí en ese momento.
Mis intenciones aquella noche y de aquel viaje en sí no era la de encontrar al amor de mi vida, o encontrar un nuevo romance. Si a algo o a alguien tenía que encontrar era a mí mismo, pues las últimas semanas me sentía perdido y sin rumbo.
Era casi media noche cuando Dany Vash llegó, parecía ser la antítesis de la cenicienta, viniendo después de haber trabajado todo el día en un restaurante, vistiendo como una princesa llegaba a la fiesta. A nadie saludé con tanto gusto y con tanta fuerza ese día, ni por el resto de mi viaje, como lo hice con ella al verla entrar a aquel bar.
Las horas de servicio del bar acabaron más rápido de lo imaginado. Nuestra siguiente parada era el departamento de Andrea. Pero no sin antes parar por un par de más cervezas y una botella de Whisky.
La última vez que había estado en dicho departamento había sido el día de mi cumpleaños anterior, en circunstancias un tanto parecidas. Aquella noche tan memorable pero tan innombrable en tantas dimensiones. Otra noche que podía recordar fue la primera vez que fui a este departamento, en aquella ocasión Balú y yo terminamos aventando chanclazos a la ventana de su cocina desde la calle. Buenos tiempos, sin duda.
Apenas llegué al departamento y Bego tenía a Karmy en su teléfono, su hermana y mi princesa ladrona, con quien compartía también la desdicha de no vivir más en la ciudad. Hablamos un par de minutos, me dio gusto saludarla, recordando viejos tiempos, nos prometimos también ver a la brevedad posible.
Después de esto Dany Vash y yo comenzamos a rayar el refrigerador de Andrea con un plumón, dibujando burros y escribiendo mensajes. Mientras Daniel Valdez, la nueva adquisición del grupo, continuamente recitaba parado en medio de la sala el siguiente poema:
Abajo allá en el arrollo
Hay flores para escoger,
No tengo para un cigarro,
Y quiero tener mujer
Nuestras risas explotaban cada vez que lo recitaba con desbordante seriedad.
Devoramos todo lo que encontrábamos en el refrigerador que habíamos vandalizado, incluso las horas restantes de la noche que pudimos encontrar fuera de este. El cansancio de mi viaje aunado a esta noche de locura hizo que mis parpados comenzaran a sentirse más pesados.
Llamamos a un taxi y termine durmiendo en el departamento de Dany Vash, ubicado en la esquina de Van Ness y Francisco. Aquel pequeño departamento había sido de los lugares más sagrados para mí, ya que no sólo fue mi refugio en mis ultimas horas antes de partir de la ciudad, sino que también gran parte de los momentos más memorables de mi vida en San Francisco habían sucedido en aquel lugar, las cenas elegantes con Cabernet Sauvignon, las bebidas preparadas con agua de coco de Mr. Beauchamp y los calimochas de Mitzy mientras cantaba Superstar.
La concurrencia de la vida es curiosa pues estas nueve noches no serían la excepción, pues la mayor parte de los recuerdos más importantes de estas nuevas noches también nacieron debajo de ese mismo techo.
Al llegar al departamento los dos caímos dormidos, al menos por un momento.
Habrían pasado dos horas apenas, cuando escuche que alguien caminaba en medio del departamento, abrí los ojos, era Dany Vash, quien movía chamarras y bolsas tiradas en el suelo de manera desesperada, sus mismos ojos verdes que antes pretendieron absorber un universo entero ahora me veían como si fueran dos depredadores endemoniados y yo fuera su presa, con temor pregunté:
-Dany, ¿todo bien?
-¡Callaté cabrón! ¡Eres un mentiroso!
Sin poder tener una respuesta hacia aquella aseveración permanecí callado y un tanto temeroso. Después ella voltearía hacia su cama y correría hacia esta con impresionante velocidad dando un saltó apresurado y escondiéndose debajo de las sábanas sin decir una palabra más. Yo en cambio permanecí un par de minutos tratando de recapitular los hechos de la noche y encontrar los motivos de sus duras palabras.
Las primeras palabras de Dany Vash la siguiente mañana, una vez despierta fueron:
-Ay dormí como una piedra.
-¿Qué? Cual como piedra, no me digas que no te acuerdas de lo que hiciste anoche.
-No, que pasó anoche.- Contestó preocupada.
Le platique con lujo de detalle sus acciones y desde que comencé la historia comenzó a reírse. No recordaba nada de lo que le atestiguaba con mi historia, siempre yo exagerando un poco más exagerada de lo que realmente paso.
La primera noche había sido consumida ya y a mí tan solo me reconfortaba que no hubiera escogido la cocina como el lugar de sus travesuras de sonámbula.
Te busqué debajo del colchón … y en el polvo de la habitación





