Friday, February 27, 2009

Nueve Nuevas Noches

Noche I, San Valentin:

Pude escuchar los alaridos de San Francisco tan pronto dí el primer respiro al salir de la estación Civic Center. Parecían ser un reclamo de la ciudad por haberla abandonado, y yo me sentía como su hijo pródigo volviendo con una sonrisa confundida, pues me alegraba de volver pero al mismo tiempo me entristecía haber sido exiliado de ella. Eran los gritos de la ciudad, los sonidos de sus sirenas, de su tráfico y de las gotas de lluvia golpeando sus calles.

Tres meses habían pasado desde el día que tuve que partir de la ciudad, todo parecía continuar como lo había dejado.

Caminé hacia el departamento de Santiago ubicado apenas a unas cuadras de la estación. En el camino me encontré rodeado de vagabundos, uno de ellos venía gritando detrás de mí cosas incoherentes. Me dio risa, era el tipo de cosas que extrañaba de la ciudad, cosas poco habituales, cosas que uno ama odiar. Entre otras cosas que vi en mi camino hacia el departamento de Santiago fue el ver a un tipo con un atuendo tipo Charlie Chaplin agarrando de la mano a otro con una chamarra llena de brillantes, como si fuera una bola de disco humana, también pude ver un vagabundo dormido en la banqueta abrazando una caja de cartón y sosteniendo en una mano un paraguas roto mientras que a lado de el otro vagabundo sostenía un cartón en el cual había escrito: -I need Money for a hooker.

Llegué al departamento finalmente. Dejé las maletas y salí junto con Santiago hacia la esquina para comprar un six-pack de Red Stripe. En el camino hice un par de llamadas para notificar a mis amistades que ya estaba en la ciudad.

En menos de una hora ya éramos cerca de nueve personas en el departamento. Era día de San Valentín pero creo que nadie de nosotros lo mencionó en toda la noche. Desde muchos años atrás me había parecido una celebración tan forzada y comercial, pienso que la gente le da demasiada importancia a dicha fecha, pareciera que tal día hubiese sido diseñado para darle un pretexto más a las parejas para pelearse.

Rondamos por unos bares cerca del departamento, debajo de la lluvia y después terminamos en Pisco Lounge, ubicado en Market Street. Bego y Andrea se dedicaron a convencer a todo el grupo que fuéramos a dicho lugar, bajo el pretexto de que ponían música latina, yo jamás había escuchado de este lugar, pero tenía mis sospechas, ya que se encontraba en las fronteras de la “Castro”, el distrito gay de San Francisco. Estas sospechas se incrementaron cuando al entrar al bar hice un conteo rápido de la proporción hombres-mujeres, la mitad de las que me pude percatar venían conmigo. Las sospechas quedaron completamente confirmadas al ver con mejor detalle a unos tipos que bailaban arriba de una mesa al ritmo de la canción “Vuela Vuela” de “Magneto”, estábamos en un bar gay, no había duda al respecto, fue entonces cuando comencé a ver a gueyes besando a otros gueyes, ¡auch! Bego y Andrea, inventoras de la grandiosa idea de venir a este lugar, trataban de disculparse diciendo: “Ash la ves pasada que venimos era cero gay eh!” No se que escala habían usado pero este lugar del uno al cien, de acuerdo a mi medición de "gayness", en donde el uno es equivalente a dos manos de diferentes hombres tocándose accidentalmente y donde el cien equivaldría a la escena final de Lord of the Rings donde Sam visita el cuarto donde Frodo esta recuperándose; el nivel de este bar se encontraría aproximadamente en un ochenta y dos.

Quería ahorcarlas. No obstante hicieron que pidiera la bebida oficial del lugar, llamada "Pisco", después descubriría que el ingrediente especial era blancas de huevo. Este hecho tampoco lo tomé con mucho agrado.

Las únicas mujeres que no venían con nosotros eran tres, dos chinas y una indú. Dos de ellas continuarían la fiesta con nosotros después de que cerraran el bar. Una de ellas se convertiría en un elemento importante del resto de la semana, pero volveré a ella en un par de capítulos.

No era exactamente mi definición de una noche ideal, con lo que respecta al lugar, pero a decir verdad me importaba poco. A pesar de estar en un bar gay y con una notable sequía de mujeres, estaba con gran parte de mis amistades de San Francisco y eso era suficiente para mí en ese momento.

Mis intenciones aquella noche y de aquel viaje en sí no era la de encontrar al amor de mi vida, o encontrar un nuevo romance. Si a algo o a alguien tenía que encontrar era a mí mismo, pues las últimas semanas me sentía perdido y sin rumbo.

Era casi media noche cuando Dany Vash llegó, parecía ser la antítesis de la cenicienta, viniendo después de haber trabajado todo el día en un restaurante, vistiendo como una princesa llegaba a la fiesta. A nadie saludé con tanto gusto y con tanta fuerza ese día, ni por el resto de mi viaje, como lo hice con ella al verla entrar a aquel bar.

Las horas de servicio del bar acabaron más rápido de lo imaginado. Nuestra siguiente parada era el departamento de Andrea. Pero no sin antes parar por un par de más cervezas y una botella de Whisky.

La última vez que había estado en dicho departamento había sido el día de mi cumpleaños anterior, en circunstancias un tanto parecidas. Aquella noche tan memorable pero tan innombrable en tantas dimensiones. Otra noche que podía recordar fue la primera vez que fui a este departamento, en aquella ocasión Balú y yo terminamos aventando chanclazos a la ventana de su cocina desde la calle. Buenos tiempos, sin duda.

Apenas llegué al departamento y Bego tenía a Karmy en su teléfono, su hermana y mi princesa ladrona, con quien compartía también la desdicha de no vivir más en la ciudad. Hablamos un par de minutos, me dio gusto saludarla, recordando viejos tiempos, nos prometimos también ver a la brevedad posible.

Después de esto Dany Vash y yo comenzamos a rayar el refrigerador de Andrea con un plumón, dibujando burros y escribiendo mensajes. Mientras Daniel Valdez, la nueva adquisición del grupo, continuamente recitaba parado en medio de la sala el siguiente poema:

Abajo allá en el arrollo
Hay flores para escoger,
No tengo para un cigarro,
Y quiero tener mujer

Nuestras risas explotaban cada vez que lo recitaba con desbordante seriedad.

Devoramos todo lo que encontrábamos en el refrigerador que habíamos vandalizado, incluso las horas restantes de la noche que pudimos encontrar fuera de este. El cansancio de mi viaje aunado a esta noche de locura hizo que mis parpados comenzaran a sentirse más pesados.

Llamamos a un taxi y termine durmiendo en el departamento de Dany Vash, ubicado en la esquina de Van Ness y Francisco. Aquel pequeño departamento había sido de los lugares más sagrados para mí, ya que no sólo fue mi refugio en mis ultimas horas antes de partir de la ciudad, sino que también gran parte de los momentos más memorables de mi vida en San Francisco habían sucedido en aquel lugar, las cenas elegantes con Cabernet Sauvignon, las bebidas preparadas con agua de coco de Mr. Beauchamp y los calimochas de Mitzy mientras cantaba Superstar.

La concurrencia de la vida es curiosa pues estas nueve noches no serían la excepción, pues la mayor parte de los recuerdos más importantes de estas nuevas noches también nacieron debajo de ese mismo techo.

Al llegar al departamento los dos caímos dormidos, al menos por un momento.

Habrían pasado dos horas apenas, cuando escuche que alguien caminaba en medio del departamento, abrí los ojos, era Dany Vash, quien movía chamarras y bolsas tiradas en el suelo de manera desesperada, sus mismos ojos verdes que antes pretendieron absorber un universo entero ahora me veían como si fueran dos depredadores endemoniados y yo fuera su presa, con temor pregunté:
-Dany, ¿todo bien?
-¡Callaté cabrón! ¡Eres un mentiroso!
Sin poder tener una respuesta hacia aquella aseveración permanecí callado y un tanto temeroso. Después ella voltearía hacia su cama y correría hacia esta con impresionante velocidad dando un saltó apresurado y escondiéndose debajo de las sábanas sin decir una palabra más. Yo en cambio permanecí un par de minutos tratando de recapitular los hechos de la noche y encontrar los motivos de sus duras palabras.

Las primeras palabras de Dany Vash la siguiente mañana, una vez despierta fueron:
-Ay dormí como una piedra.
-¿Qué? Cual como piedra, no me digas que no te acuerdas de lo que hiciste anoche.
-No, que pasó anoche.- Contestó preocupada.
Le platique con lujo de detalle sus acciones y desde que comencé la historia comenzó a reírse. No recordaba nada de lo que le atestiguaba con mi historia, siempre yo exagerando un poco más exagerada de lo que realmente paso.

La primera noche había sido consumida ya y a mí tan solo me reconfortaba que no hubiera escogido la cocina como el lugar de sus travesuras de sonámbula.

Te busqué debajo del colchón … y en el polvo de la habitación

Tuesday, February 03, 2009

Marionetas:

Me di la libertad de tomar la estructura de una historia que antes habia creado. Marionetas, la cual puede ser encontrada aqui. Trate de conservar lo mayor posible su estructura, pero queriendo enriquecer de otros tres agnos que he tenido en los cuales ha cambiado mi perspectiva de muchas cosas.

Digamos que es un rediseno literario.

Es por eso que tal vez retomo este proyecto olvidado, pretendiendo revivirlo en una nueva historia que tal vez tiene mas sentido en este momento de mi vida. Espero les guste. No les prometo que es un proyecto que vaya a terminar, porque no me gusta quedar mal, sin embargo puedo decirles que tengo mucho material para enriquecerlo. Comenten por favor y diganme si es de su interes que continue dicha historia, pues material para continuar sobra.

Capitulo I.- Las reglas de la sonámbula

Dolores siempre dormía con un cuchillo debajo de su almohada, por las noches esperaba a que Lucas empezara a roncar para caminar hacia la cocina y tomar el más grande y afilado que pudiera encontrar en los cajones de la cocina Lucas. Es justo aclarar, a favor de Dolores, que aquella práctica de esconder el artefacto punzo cortante debajo de la almohada tenía poco que ver con un temor hacia su pareja. Ella ignoraba que Lucas se había percatado un par desde meses antes de aquella misteriosa práctica.

A su vez, Lucas ignoraba que Dolores había descubierto su práctica de tomar dos Advil Liqui-gels acompañados de un par de tragos de la botella de vodka, el cual escondía debajo de su lavabo, antes de dormir, él pensaba que su enjuague bucal y sus cepilladas de dientes antes de ir a la cama eran suficientes para esconder esta práctica. Ella había encontrado la botella escondida un día en que se puso a inspeccionar las cosas de Lucas. Ella sospechaba ligeramente que aquellos tragos eran consecuencia de que alguna noche Lucas la había visto regresar a la cama sosteniendo el cuchillo, pero no podía estar más equivocada pues las prácticas de pastillas y alcohol de Lucas nada tenían que ver con las prácticas también poco habituales de Dolores. Sin embargo, el hecho de que aquella arma estuviera al alcance de Dolores por las noches si causaba cierto temor en él.

Desde la primera noche que pasaron juntos ella le había estipulado claramente sus reglas para dormir,"Es que una cosa es echarnos un palo y la otra dormir en la misma cama", decía Dolores con su voz grave como un violoncello, mientras su puño cerrado pegaba en el hombro de Lucas, esto último para no sentirse tan vulnerable al sincerarse con Lucas. En la cabeza de Dolores, el dormir con alguien era uno de los pasos más importantes en una relación, si bien se adjudicaba secretamente a más de cuarenta hombres que la habían llevado a la cama, los dedos de una mano eran suficientes para contar a quienes habían tenido el “honor” de dormir con ella. Lucas en cambio había llevado a su cama a más de cincuenta diferentes mujeres, sin embargo sobraban dedos de sus manos cuando se disponía a enumerar a con cuantas de estas había tenido la oportunidad de tener relaciones sexuales, en la mayoría de las ocasiones este no había sobrepasado de la frontera de un par de besos pasionales para después dormir abrazados. Esto parecía molestar a todos menos a Lucas, sobre todo cuando sus amigos le preguntaban: “¿Te la chingaste anoche?" A veces respondía con la verdad, a veces respondía con verdades a medisa con el afán de tranquilizar la marea que conllevaba el fracaso de no haber tenido sexo con todas las mujeres que llevaba a su cama. Aquel acto se convertía a veces tan solo como un trámite para poder llegar al momento de tranquilamente estar abrazando a su compañera de sabana.

Las reglas de Dolores consistían en que antes de dormir las persianas siempre tenían que estar cerradas. Tanto los cajones, las puertas del closet y la puerta del cuarto también debían de estar cerradas y permanecer de esa manera el resto de la noche. Ella tenía que dormir del lado más lejano a la puerta, y si bien ambos lados estaban a la misma distancia, ella prefería el lado derecho. No podía dormir en una cama que no estuviera tendida. No podían haber una luz prendida en todo el cuarto, por más insignificante que este pareciera, esto incluía relojes digitales y cargadores que tuvieran el mínimo destello de luz. Más importante que cualquier otra regla, ella debía ser abrazada todo el tiempo. A Lucas esta última regla era la que menos le molestaba, aunque Dolores siempre le daba la espalda a Lucas. Él prefería dormir viéndole la cara, si fuera posible estar abrazados desnudos mientras los labios fueran separados tan solo por pellejos. Pero Dolores cada noche le daba la espalda a Lucas, y aunque este trataba de forzarla a que volteara para poder besarla ella oponía gran resistencia.

Lucas dejo de insistir en voltearla desde la noche que se percató que Dolores dormía con un cuchillo debajo de su almohada.

A pesar que el cuchillo robo el sueño de numerosas noches, no era lo que más le atemorizaba a Lucas de Dolores. En ocasiones le atemorizaba más el hecho de que se acostumbrara a todos sus defectos. A veces se cuestionaba si en realidad esto que sentía por ella era amor, era tan diferente como la primera vez que lo sintió, muchos años atrás. Uno se acostumbra por viejo, pensaba, uno se enamora solo una vez, uno se enamora del amor porque uno es idiota y no sabe lo que el amor es. El amor evoluciona de ser un lenguaje a ser una estrategia, una batalla en la que uno no puede bajar la guardia. Así parecía la relación con Dolores, como una interminable batalla para determinar quien hacia sentir mas mierda a la otra persona, o por decirlo de una manera más educada, quien necesitaba más a la otra persona.

Lucas recordaba a Bárbara, su primer amor, mientras fingía ronquidos y abrazaba a Dolores.

“Bárbara me hacía sentir que volaba, le gustaba besarme con los ojos cerrados, mientras con su violín desafinado me cantaba canciones, cada beso con ella era una historia. Con ella podía dormir labio a labio, viéndola a los ojos, ver como se agrandan y jugar al cíclope como Cortazar diría, pasar la tarde entera viendo nubes desvanecerse y los fragmentos del pasto volar frente a nosotros como una melodía. Pero estoy bien pendejo, siempre me pasa eso, de recordar solo lo bueno, lo bonito, en vez de las lágrimas y los dramas que soltaba cada vez que nos poníamos de lujuriosos. Estábamos bien pendejos, bien chavitos, ¿Qué habrá sido de Bárbara? Estará igual de pinche loca que esta vieja que duerme con un cuchillo debajo de la almohada, no creo, igual y duerme con la biblia o con una estampita de Jesús…”

Lucas acariciaba el vientre de Dolores, haciendo círculos paralelos al contorno del ombligo de esta, respirando en sus cabellos chinos que se interponían entre su cara y la nuca de esta. Justo cuando sus brazos se entrecruzaron en frente de su abdomen, yaciendo inertes, apenas cuando Lucas se disponía a dormir, sintió la incrustación de las afiladas uñas de Dolores en su antebrazo derecho, mientras el talón de la misma golpeaba la espinilla de la pierna izquierda de Lucas. La primera reacción de este fue de contener los movimientos bruscos e inesperados de su acompañante, sin embargo esta todavía entre sueños y pesadillas gritaba fuertemente, mientras soltaba golpes al aire y fuertes mordidas a cualquier pedazo de carne disponible:

-¡No me toques! ¡No me toques hijo de perra! ¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar hijo de tu puta madre!

Lucas sostenía con sus manos los antebrazos de Dolores, mientras los inquietos pies de esta soltaban patadas incontrolables. Después de esto Lucas la abrazaría tratando de limitar los movimientos de sus extremidades, sujetando con sus manos los brazos de Dolores y tratando de atrapar entre sus muslos sus piernas. Sabía bien que ella estaba teniendo un mal sueño.

-¡Shhh! ¡Shhhh! No pasa nada, estas bien, yo te estoy cuidando querida- Le decía con serenidad mientras le daba besos en el cuello, pues no era la primera vez que esto pasaba en el océano oscuro de la noche.

-¡Sueltame! ¡Sueltame cabrón! ¡No me toques!- Gritaba Dolores con desesperación, tratando de escapar de los nudos del irreconocible Lucas, pero rindiéndose poco a poco, a través de cada respiro, mientras gritaba con tonos agónicos que se debilitaban lentamente hasta caer rendidos nuevamente en la dimensión del sueño.

-No pasa nada, no pasa nada, tranquila… tranquila.

La respiración de Dolores fue tranquilizándose hasta llegar nuevamente a un estado de paz. Lucas entonces recordó del cuchillo debajo de la almohada, al ver que Dolores estaba nuevamente en un estado controlable exploró la zona debajo de la almohada de su compañera, encontrando así el cuchillo de chef “Chromo Kasumi Titanio de 7 ¾ pulgadas” que bien hubiera podido haberlo hecho filetes aquella noche.

No había sido la primera vez que Dolores había tenido un ataque frenético en medio de la noche. En los brazos de Lucas existían ya varias cicatrices de uñas incrustadas y colmillos adentrados en la piel. Los incidentes aún no habían pasado a circunstancias ni cicatrices mayores, como la de una puñalada con un cuchillo de aquel tamaño. Lucas se preguntaba esa noche si eso de permanecer ileso era una cuestión de suerte o una cuestión de amor hacia Dolores, su sonámbula, pues aquello parecía ser lo más cercano al amor que había sentido desde que este se había enamorado del amor vía Bárbara, aquella ocasión en que esta lo había hecho sentir que volaba.

Lucas estaba confundido, pues sabía que esto no era lo que había sentido la primera vez que se presumía enamorado, sin embargo le consolaba la idea de pensar que tal vez la primera vez que lo había sentido tampoco era amor, tal vez era otra cosa, algo incomprensible que el ser solo vive una vez, algo inexistente que nos hace volar por los cielos hasta que por fin reconocemos las leyes de este mundo, esas que nos hacen caer, esas que nos despiertan de nuestro mundo fantasioso.

El resto de la noche Lucas permaneció despierto, abrazando a Dolores, siguiendo todas sus reglas, sabiendo que ella seguramente no recordaría nada de esto en la siguiente mañana, y esto a Lucas le importaba poco, pues se sentía en tierra de nadie, igual le daba que esta fuera la última noche abrazando a Dolores, pues no sentía un amor parecido al que había sentido la primera vez, a su vez no sabía si algún día lo iba a poder sentir. Tal vez Dolores sentía lo mismo y los dos vivían en una mentira complaciente.

Tal vez.