Wednesday, July 22, 2009

Como sobrevivir de un ataque inesperado de viáticos

Teníamos noventa minutos para tomar nuestro vuelo. Fue lo primero que pensé al ver el reloj a mi lado, cuando penas había abierto uno de mis ojos. Unos segundos pasaron después de abrir ambos ojos para que después pudiera yo dar un buen respiro para oxigenar mi cerebro, justo entonces me percaté del vil "cagadero" que habíamos hecho en el cuarto de nuestro hotel.
-¡Kito! ¡Rocco! ¡Despierten cabrones! -Fueron mis primeras palabras aquella mañana, con mi garganta afónica y mi cabeza echa pedazos, como un melón explotado.
-¡Vamos a perder el vuelo! – Repuse con un tono de desesperación.
Impresionantemente Rocco y Kito despertaron rápidamente sin hacer preguntas, con una cara tan jodida como la mía. Los tres tan solo abrimos nuestras respectivas maletas y tiramos dentro de estas todo lo que encontráramos a nuestro alrededor, sin importar quien fuera el dueño, no había tiempo, teníamos prisa, ya habría mas tiempo en el futuro para separar lo que fuera de cada quien, incluso tirábamos dentro de ellas botellas vacías, las pocas que no estaban rotas en el piso del cuarto, como tratando de limpiar un poco aquel desastre que teníamos en este. Kito casí se desnucaba al resbalarse con una de Brandy Presidente, mientras que Rocco sorbía las últimas gotas de una botella de Blue Label antes de arrojarla a mi maleta.
-¡Fuga! ¡Fuga! ¡Vámonos! – Les gritaba exasperado, ya sin que me importara el estado de nuestro cuarto, lo único que quería era estar en el asiento de mi vuelo, tomándome un Bloody Mary con doble porción de salsa Tabasco, escapando aquella ciudad que había succionado los últimos centavos de mi cuenta de banco.

Una vez mas estábamos los tres en el elevador, con nuestra cara irreconocible cubierta por lentes oscuros cuando comenzamos a reír, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo para instantáneamente recapitular los episodios acumulados en los tres días anteriores, en los que en la mayor parte del tiempo habíamos estado totalmente intoxicados, fuera del alcance del mínimo común denominador aceptado por la sociedad. Habíamos parecido aquellos días más bien, como una especie mitad humana y mitad canina, con la simple meta de reencarnar los siete pecados capitales. Sin embargo, en aquel elevador parecíamos un trío de perros olvidados por sus dueños, temblando incesantemente en cada extremidad y con un aroma pútrido.
-Creo que quiero vomitar- Dijo Kito cuando el elevador caía hacia la planta baja mientras llevaba sus dos manos hacía su boca, como si estas fueran a servir como una presa hacia la marea de vomito que disponía a salir de su boca.
-No mames cabrón, no seas cerdo, ¡aguántate por Dios! – Repuso Rocco, un tanto enfurecido, pues el había sido el único en aquellos tres días que en sus escasos momentos de lucidez trataba de establecer cierto orden en nuestra conducta, siempre mezclando sus regaños con más insultos que palabras.

Al abrirse el elevador Kito salió corriendo hacía el baño.
-¡No tardes! ¡Llevamos prisa! – Le gritaba yo a Kito, pues teníamos ahora menos de una hora para llegar al aeropuerto.
Rocco y yo nos dirigimos hacia el lobby donde cerraríamos nuestra cuenta y procederíamos a hacer check-out de aquel pandemónium.

Las tres noches del hotel y el vuelo de avión corrían por cuenta del Gobierno del Estado de Chihuahua, quienes nos habían enviado a aquella ciudad en un proceso de investigación social que jamás comprendimos en su totalidad, pero nosotros no hicimos más preguntas al respecto, simplemente sentimos que habíamos ganado la lotería cuando nos informaron acerca de aquella investigación. Después de aquellas vacaciones pagadas habría tiempo suficiente para inventar e investigar exactamente la mierda que nuestros patrocinadores querían escuchar.

Lo que realmente nos preocupaba eran los gastos no incluidos, pues si bien contábamos cada uno de nosotros con 1,200 pesos diarios como viáticos, los tres estábamos seguros que ni siquiera estos serían suficiente para cubrir tan solo los daños a nuestro cuarto, no se diga las cuentas abiertas que habíamos cargado en los diferentes bares del hotel, incluyendo las múltiples botellas invitadas a mujeres que se habían atravesado en nuestra vista hambrienta en aquellas noches repletas de lujuria, sin mencionar las cuentas del restaurante en las que nos sentíamos tan sofisticados como Anthony Bourdain, pidiendo botellas de Chateau Lafitte como si fueran vasos de agua.

Tenía ganas de escapar de aquel lobby antes de que me dieran las malas noticias, me esperaba en este un hombre obeso con un protuberante bigote, ansioso por cobrar el último centavo de mi billetera. Mi cuerpo sudaba frío, mi cabeza era una bomba de tiempo. Aquella experiencia me parecía peor aún que pasar en carro la frontera hacia El Paso en la "Fila Express para los pobres" con una temperatura de 48 grados Celsius, con el aire acondicionado descompuesto y sin cerveza a lado.
- A ver tu, Salvador Dahli, ¡shoot me! Dime cuanto te debo pues. – Groseramente me referí hacia el personaje que se encontraba en la recepción del hotel. Me sentía aún borracho, gracias a los siete mojitos que había tomado la noche anterior, también cargados a la cuenta del cuarto, habría bastado un sorbo de agua aquella mañana para volver a emborracharme.

Mi cabeza continuaba al borde de la perdición. El señor de la recepción, quien aparentemente era el gerente del hotel, no tardo en darnos una extensa lista de nuestros gastos de los pasados días.
-Como ustedes saben, las tres noches en la suite presidencial corren a cuenta del Gobierno del Estado de Chihuahua, sin embargo me informaron que los cargos extras al cuarto correrían por su cuenta, ¿A cual tarjeta de crédito gustarían que cargara la cuenta? - Decía aquella persona, mientras nos facilitaba la lista, con un tono al mismo tiempo cortés y sarcástico, como si estuviera disfrutando el ver nuestras caras mientras incrédulamente repasábamos los múltiples e innecesarios gastos que habíamos efectuados en los pasados días.

Dichos sumaban más de 134 mil pesos, cifra descomunal, mucho más lejana del peor horizonte imaginado por nuestra mente. Rocco quería llorar mientras que podíamos oír los alaridos de Kito tratando de vomitar en el baño al otro lado del lobby.
-Me parece que esto es un error – Argumentaba mi hermano Rocco ante el tipo de la recepción.
-Esto es inaceptable – Dije después de dar una inspección rápida a aquella lista.
-Esta lista no incluye aún el consumo al mini-bar de su cuarto ni los daños a su cuarto, en caso de que existan, por supuesto. Esto no es un error, cada uno de los gastos en esta lista fue confirmado por el staff del hotel y tenemos evidencia en video que confirma estos gastos- Contestó el tipo, aún con calma.
Dios mío, esto era peor de lo que imaginaba. En la última imagen que tenía de nuestra suite no había un solo foco que no estuviera roto, el piso de madera había servido de cenicero para apagar los cigarros de Kito y las paredes habían sido marcadas con marcador permanente gracias a un destello artístico de mi hermano.
-Voy a necesitar una tarjeta de crédito, jóvenes. –Insistía el supuesto gerente del hotel, quien perdía poco a poco la paciencia.
En ese momento Kito caminaba a un lado del lobby, se veía un poco mas sobrio que antes; mientras caminaba por en frente de nosotros llevó sus puños hacia sus bolsillos y aventó un par de billetes arrugados hacía nosotros.
-Es todo el dinero que me queda.- Dijo Kito mientras se dirigía hacia afuera del hotel.
-¿A dónde vas? Tienes que ver esta cuenta, ¡Es irreal! – Dijo Rocco quien se desesperaba más segundo a segundo.
-Voy al "seven eleven", necesito un clamato y unas aspirinas, ahora vuelvo. – Contestó mientras desaparecía de nuestra vista.
-Jóvenes, entiendo su posición, pero ustedes entiendan la mía, debieron haber medido más sus gastos, si no me facilitan una tarjeta de crédito me veré con la necesidad de llamar a las autoridades.
-Rocco, tenemos menos de cuarenta minutos para que salga nuestro avión.- Le decía sosteniendo con mis manos sus antebrazos.
-¡Ustedes no se pueden ir sin pagar! – Decía la persona de la recepción quien se convertía poco a poco en un ser más grotesco, más intimidante, mientras de su frente parecían crecer cuernos.

Todo parecía un caso perdido, no había manera de solucionar aquella situación, no solo perderíamos nuestro vuelo sino que probablemente terminaríamos en la cárcel. La única solución que pasaba por mi mente era el despertar de aquel sueño.
-¡Ni se te ocurra! No solo me metes en tu pesadilla sino que me dejas con la cuenta del hotel. ¡Yo no puedo escapar como tú! ¡No es mi sueño! – Decía Rocco, desesperado, mientras veía como me desvanecía poco a poco del lobby de aquel hotel.

Abrí los ojos, el reloj a lado de mi cama marcaba las tres de la mañana y yo me sentía como una especie de mutante hibrido de Judas, Caín y Carlitos Espejel, un bufón sin gracia ni carisma que había traicionado y abandonado a su propio hermano en el mundo de las pesadillas.

Acerca de "7-11 Nightmares at 3 A.M.": Quisiera establecer que esta es una serie de historias que parte de la idea de mi amigo Kito quien frecuentemente utiliza este titulo, y quien a su vez es un personaje en la pasada historia. Platicar de nuestras pesadillas se volvió un hábito entre nosotros y esperemos continué de esa forma. Esperemos que también pronto pueda escribir alguna otra pesadilla, ya sea mía o de Kito. Admito también que este escrito en particular fue influencia directa del estilo de Hunter S. Thompson.