Parecía una transición natural de acuerdo a su manera de acariciar mi espalda mientras la abrazaba, como si las lágrimas fueran la aceituna en mi Martini de besos. A mi me pareció un tanto extraño, sin embargo esto no detuvo la inercia de mis labios acariciando los suyos aunque supiera que ella me detendría en cualquier momento, pues parecían que mis besos no eran en realidad míos sino de la persona a la que aclamaban las lágrimas que escurrían a lo largo de sus mejillas hasta escurrirse en mi cuello.
Aunque aquellos besos parecían tan correctos, pues parecía haber pasado una década desde el día que los había esperado, yo me sentía ausente en aquella escena, aunque no hubiera otra persona alrededor, sus lágrimas eran un eclipse de mis besos, ella parecía ausente, casi atónita, pero mas que nada inmune a los encantos de mis labios.
A pesar de todo, su fragilidad me parecía tan encantadora. Desistí aquella batalla, pues uno tiene que escogerlas, no todas se pueden ganar. Decidí entonces tan solo ser un espectador de aquella sinfonía de sentimientos en la cual mi acompañante circundaba. Decidí tan solo ser un escultor de finos detalles que hicieran relucir su momento exquisito. Ser el abrazo confortador. Ser el beso sensual. Ser la caricia debajo del lóbulo de su oreja izquierda. El susurro. La punta de nariz juguetona.
Y no fue nada malo ser espectador. Ella era como una pieza de arte en una bodega vacía, y yo su humilde seguidor, llevándola de la mano alrededor de su odisea sentimental. Y aunque supiera bien quien era aquella persona por la cual ella lloraba yo no quería preguntar ¿Para que demonios? Era tan bella ella con sus lágrimas que me preguntaba si alguna vez alguien habría llorado así por mí.
Sentía un poco de envidia… pero al menos ella seguía besándome.
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