A mi madre... la mejor pintora que jamás he conocido... pero ante todo la mejor madre
De las cuatro litografías de pinturas que colgaban en las distintas paredes del departamento de Lucas su favorita sin duda alguna era "Nocturne in the Parc Royal, Brussels" por William Degouve de Nuncques. La replica de esta pintura la había comprado la última vez que había visitado el museo d'Orsay en Paris.
Cada vez que veía aquel parque de Bruselas en el cuadro le recordaba su espíritu viajero, recordaba haber perdido su tren en esa misma ciudad por estar degustando cervezas en Grand Place junto a su infalible compañero de viaje Alonso Deborak. Le recordaba el caminar en el amanecer por Karluv Most en Praga; le recordaba también comer tortas de Xorizo en "La Champañería" y tomar sangrías en "La Oveja Negra" de Barcelona. Pensaba que su vida se simplificaba al ver aquella pintura en un cliché de viaje europeo, pero este de cierta manera lo reconfortaba.
Le gustaba ver aquel parque, retratado por el buen Degouve en esta obra. Siempre lo veía antes de dormir mientras tomaba una copa de vino.
El parque, poco iluminado y con tres caminos paralelos atravesándolo horizontalmente parecían ser un reflejo de su alma, solitaria, mostrando caminos pero no destinos, mostrando luz en ellos pero sin ser ciertamente iluminados.
Pero un trece de octubre todo cambió.
Antes de dormir, con copa en mano, Lucas inspeccionó el cuadro y a simple vista sabía que algo había cambiado en él. Bastó solo un simple vistazo de reojo para que Lucas reconociera una silueta a lado de uno de los árboles en el horizonte del cuadro. El parque no desplegaba mas soledad, no podía ser que jamás se hubiese dado cuenta de la evidente silueta de esta persona dentro del cuadro, la veía como una intrusa a su soledad, pues esta derrumbaba toda la esencia del porque este era su cuadro favorito.
Adiós soledad ... hola silueta intrusa.
Rápidamente busco en su computadora y se percato que efectivamente que el cuadro en su cuarto tenía una silueta que la obra original no tenía. Era la figura de alguien que se asomaba con timidez, como escondiéndose de alguien más. Lucas no presto mayor atención, pensó que tal vez esta silueta era un producto de su imaginación ya fuera por las numerosas copas de vino que había tomado o por el churro de marihuana que había fumado con sus compañeros de trabajo.
-Espero que mañana desaparezcas de mi cuadro. – Dijo con cierta paciencia hacía la litografía antes de dormir.
Una mano fría y de dedos largos apretando su muñeca le despertó. Abrió los ojos y encontró a una mujer de tez blanca, con pelo rubio lacio hasta los hombros, ojos brillantes que lo miraban con un tono de frialdad y preocupación.
-Tienes que ayudarme.
Lucas sin pensarlo siguió a aquella mujer, se paró de la cama y tomó su mano. Caminó hacia donde se encontraba la litografía colgada en su cuarto. Mientras más caminaban hacia la pintura colgada esta se adueñaba más de la pared de la que colgaba, haciendo el cuarto paso a paso más pequeño. Lucas entonces empezó a poder olfatear el pasto húmedo, empezó también a escuchar el canto de un grillo y sintió el calor de una de las lámparas del Park Royal de Bruselas; pronto se dio cuenta que estaba dentro de lo que antes había visto en el cuatro y atrás del sendero por el cual había caminado apenas unos pasos antes se encontraba colgado un cuadro en el que estaba retratado su propio departamento… igual de solitario que el parque donde ahora estaba.
Al ver a lo lejos el cuadro de su departamento, sentía la misma soledad que sintió al ver la obra de Degouve en el museo d’Orsay por primera vez, muchos años atrás.
Lucas caminó siguiendo la mano de los dedos fríos por todos los contornos del parque.
Las calles en Bruselas eran desoladas.
Parecía que aquellas horas no existía más que para aquellos dos ambulantes caminando de la mano ahora por la calle “Rue Belliard”, perpendicular a los caminos del parque pintoresco. Caminaron un par de cuadras mas hasta llegar a una casa rosa, con ventanas circulares, y una reja de metal oxidado. La mujer abrió la puerta y esta condujo por medio de una escalera en forma de caracol a un cuarto en que había una cama en la que yacía un hombre finamente barbudo, profundamente dormido, con cara afilada y sonrisa respingada.
-Tienes que matar a William Degouve de Nunques.
Dijo la mujer, mientras ofrecía un cuchillo del tamaño de su cabeza a Lucas. Este nerviosamente repuso nerviosamente:
- Pero ¿Por qué? ¿Por qué quieres que lo mate? – Repuso Lucas aún desconcertado ante dicha escena.
- William Degouve tiene que morir… tienes que ayudarme, lo tienes que matar. Es por tu propio bien Lucas.
-¿Te ha hecho algo malo?
- No.
-¿Entonces?
- Tienes que matarlo. No hagas mas preguntas, es tu deber, por eso estas aqui ... es por tu propio bien.
Lucas tomó el mango del cuchillo, vio la cara sonriente de William Degouve, aún dormido, envidiándolo un poco, procedió a atravesar enteramente su cuello con la hoja del enorme cuchillo que le había entregado aquella mujer de manos frías.
Lucas se sintió dentro del tercer movimiento de la sonata 14 de Beethoven, un poi di Presto Agitato, como si miles de tentáculos tocaran la pieza de aquel clásico maestro a toda velocidad, casi al mismo ritmo al cual se dispersaba la sangre del pintor por todo el cuarto. Al menos había un pretexto, este era el matar el arte con el mismo arte o la misma pasión del arte. Es culpa de Beethoven pensaba Lucas, aunque tal vez no, tal vez es culpa de la rubia con manos frías.
William Degouve estaba muerto ahora y la rubia se comenzaba a desnudar en frente de Lucas, esta se acercaba descomunalmente sin despegar la mirada, en cuestión de segundos los labios de ella se unieron a los de Lucas, los dos se unieron como un acto inevitable, pues los dos eran cómplices de aquel acto conspirado desde el Parc Royal y por toda la Rue Belliard.
Los dos ante el pasional acto comenzaron a tener un encuentro carnal a un lado del cadáver que desplegaba aún sangre tibia. Parecía el mas grande pecado jamás inventado y a ninguno de los dos parecía importarles las consecuencias, pues los dos se sentían liberados de la maldición inventada por William Degouve.
-¿Cómo te llamas ?
-Juliette Massin ... pero dime Julie.
-Es un placer.
Los dos durmieron entrelazados después de una decena de orgasmos compartidos. El cadáver de William Degouve, aún fresco yacía a un lado de ellos. El olor a sangre era aún imposible de ignorar, sin embargo para ninguno de los dos existía mundo mas allá de las sonrisas que sus vistas podían capturar cara a cara.
Lucas despertó. Se encontraba dentro de la pintura del departamento que había visto en su visita a Parc Royal. Caminó hacia la litografía de la pintura creada por William Degouve pero la silueta que había encontrado la noche anterior ya no estaba. Juliette Massin había partido. Lucas sentía que ella lo había utilizado solamente para asesinar al autor de aquel cuadro. Se sentía un tanto vacío, a pesar de haber tenido tantos orgasmos gracias a Juliette la noche anterior.
Lucas estaba confundido acerca de la noche anterior, pues no podía distinguir si había sido un sueño o una pesadilla. Miró una vez más hacia el cuadro en búsqueda de una pista que lo reconfortara e hizo bien al hacerlo puesto que encontró un alcatraz que no había existido antes en uno de los caminos horizontales y solitarios del cuadro. El sabía muy bien que era un mensaje de Juliette Massin, como forma de agradecimiento por la noche anterior.
Cuatro semanas después cerca de Place d’Espagne, en una mesa del Café du Vaudeville, tomando un café negro como su alma, leyendo Fleurs du mal de Charles Pierre Baudelaire, con un alcatraz yaciendo sobre su mesa, una rubia de pelo lacio hasta los hombros, con dedos largos y fríos, reconoció a Lucas sonriéndole e invitándolo a que la acompañara a su mesa.
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