Thursday, April 15, 2010

Maldita Matilda (en este pueblo ya no hay misas)... primera parte:

Juan Totoreco:

Nadie duerme antes de la media noche en Santa Cruz Matagallinas, pues esta es la hora en la que desde la torre sur de la catedral abandonada siempre suenan con furia trece campanadas.

Esta es la hora en la que la mayoría de los habitantes de aquel remoto pueblo, oculto en el corazón de la Sierra Mixe, se esconden debajo de sus sábanas, despiertos y temerosos, con la esperanza de que esas trece campanadas sean los últimos sonidos que tengan que escuchar por el resto de la noche. Por las calles del pueblo, solo corren ríos de silencio. En ocasiones pareciera que este lugar hubiese sido olvidado incluso hasta por Dios. Los escasos desventurados que tienen que caminar por las calles a esas horas dan sus pasos con temor, caminan sin mirar atrás, sintiéndose perseguidos, huyendo de un mundo de sombras que pareciera morderles los talones.
Dicen que es el espíritu de Juan Totoreco, el campanero del pueblo, quien desde la catedral abandonada hace rugir las campanas como venganza hacia el pueblo que años atrás lo quemó vivo.

Dicen también que Juan Totoreco hizo un pacto con el diablo y que en el momento que suena la treceava campanada se abre un portal desde el infierno por siete segundos, justo el tiempo necesario para que un demonio te encuentre caminando en la calle y te robe el alma.
Nadie pudo haberse imaginado que quien muchos años antes fuera la persona menos respetada del pueblo terminaría siendo el ser más temido que este pudiera recordar desde el día de su fundación, setenta y siete años antes, cuando apenas era una misión jesuita.
El apodo de "Totoreco" le fue adjudicado muchos años atrás, así le habían llamado desde que él podía hacer uso de su memoria.

Siempre fue considerado como el tonto del pueblo y su apodo era tan viejo como su propia leyenda.

Doña Ruperta, la dueña de la tortillería del pueblo, decía que, cuando Juan “Totoreco” era apenas un niño,  un coco le había caído en la cabeza mientras dormía en los brazos de su madre mientras se mecían dentro de una hamaca.

Doña Carmela, quien a sus 55 años seguía presumiendo ser virgen, tenía otra versión, esta estipulaba que el campanero era tonto por culpa de su madre, pues esta había comido solamente huevos de caguama y tamales de iguana durante los tres últimos meses de su embarazo.

-Es culpa de tanto colesterol que le metió a la criatura esa pendeja. – Decía siempre Doña Carmela que le preguntaban por el, con su sonrisa siempre visible de pocos dientes.
"No te portes mal, obedece siempre a tus papas y no digas mentiras que si no se te va a cocinar el cerebro como a Juan Totoreco".- Asustaban los pueblerinos a sus hijos para su propia conveniencia, cuando Juan todavía tenía vida.

Las monjas le habían ofrecido el oficio de campanero como un acto de caridad. Estas le pagaban con un plato de frijoles con arroz, una tortilla de maíz y una taza de café con leche, por tocar las campanas de lunes a viernes para la misa de las ocho de la mañana y la de las seis de la tarde, mientras que los sábados y domingos habían cuatro misas, dos en la mañana, la de las ocho y la de las once, y dos en la tarde, la de las tres y la de las siete.

A simple vista, cuando aún vivía, Juan parecía una persona normal, sin embargo cualquiera que pasara diez minutos con él podía percatarse de que era más lento que los demás. Era un niño atrapado en el cuerpo de un adulto, eso se podía apreciar en su manera inocente de ver la vida, en donde lo más importante del día, para él, era recolectar nanches de los árboles de la plaza central y masticarlos hasta que sus corazones pudieran ser utilizados como proyectiles para su "tira-nanches" el cual consistía en una boquilla de plástico amarrada en un extremo por varias ligas hacia un globo recortado; esta era el arma con la que jugaba con los demás niños del pueblo, disparándoles los corazones de nanche mordido, también pequeñas piedras o lilas.

Los niños siempre se reían de su manera de correr en la que agitaba descontroladamente su cabeza:

-¡Pareces paloma placera Juan Totoreco! – Le decían siempre riéndose mientras huían de él.

Cuando Juan escuchaba este tipo de burlas les disparaba con mayor ahínco, apuntándoles sin clemencia hacia sus caras y cuellos.

-Mira que Juan podrá parecer pendejo, pero tiene una puntería de hijoeputa.

Conforme Juan fue creciendo muchos padres fueron a su vez prohibiendo a sus hijos que jugaran con él, pues la diferencia física era más notoria día con día. Sus amigos de la infancia crecieron y él también, sin embargo la mente de Juan se quedó siempre atrapada en aquel parque, jugando a las escondidas, a los encantados, a la trae. Tristemente, día a día eran menos quienes podían jugar con él, hasta que llegó el día en el que tan solo podía jugar con su soledad. Aquel día la madre Cipriana Ortega lo encontró llorando debajo de un árbol de Tule pegado al quiosco de la plaza, ese fue el día en que esta monja habría de ofrecerle, meramente por lástima, el oficio de tocar las campanas para anunciar los santos oficios en la catedral de Santa Cruz Matagallinas.
Los habitantes del pueblo no lo notaron sino hasta después de que lo quemaran vivo en el centro de aquella afamada plaza, pero las campanadas de Juan siempre fueron un reclamo hacia ellos, expresiones de soledad y nostalgia que retumbaban cada vez que el diente estridente golpeaba las faldas de cobre de aquella campana en la torre sur de la catedral.

Juan tan solo quería jugar como cualquier otro niño en la plaza de aquel pueblo.

Después de su muerte nadie se atrevía a mencionar ni siquiera su apodo.

(… continuara la próxima semana)

3 comentarios:

  1. Ya quiero que sea la proxima semana XD
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  2. cual sera el final??
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  3. Ya es la próxima semana...
    Please, go on...
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