Wednesday, August 11, 2010

Maldita Matilda (en este pueblo ya no hay misas)... tercera parte:

Sigifredo :     
         Las misteriosas muertes de los padres en Santa Cruz Matagallinas comenzaron la mañana de un 19 de mayo cuando el entonces padre del pueblo, Sigifredo Cervantes, perdió la vida a sus 89 años de edad.
         Sor Cipriana Ortega decidió ir a su cuarto aquella mañana cuando faltaban tres minutos para que comenzara la primera misa del día. Sigifredo Cervantes nunca había faltado a ninguna de sus misas en sus 33 años de ser el padre del pueblo, ni siquiera cuando contrajo fiebre tifoidea.  Sor Cipriana se imaginaba que algo estaba mal desde que vio de lejos que de la puerta del departamento del padre Sigifredo salía un charco de agua. Abrió la puerta y encontró al padre desnudo tirado en medio del baño, la regadera aún estaba tirando agua y él se encontraba sosteniendo un alcatraz entre sus manos y sobre su pecho, carente de vida.
         Él solía regalarle a Sor Cipriana una flor diferente cada domingo, pues siempre había estado enamorado de ella, desde el día en que ella llegó al pueblo; a Sigifredo le fascinaban los ojos traviesos de Cipriana cuando estos se asomaban de manera esporádica detrás de sus enormes gafas.
         Ella al verlo tirado en el baño sin vida y con sus largas barbas blancas empapadas calló de rodillas y fue arrastrándose hacia él, incrédula, hasta encontrar desesperadamente sus labios, por primera vez ella accedía a darle ese beso que Sigifredo intentó darle a escondidas durante los últimos 20 años en los que ella siempre se los negó volteando la cara, recordaba como él  siempre le decía que un par de besitos no harían enojar ni siquiera a Dios,  esta ocasión  ella estaba dispuesta pero los labios de él ya no respondían ni la buscaban, estaban fríos, era demasiado tarde, su inocente historia de amor se desvanecía así como las gotas que caían en el muslo desnudo de Sigifredo Cervantes.
         El pueblo decía que la flor había sido un regalo de San Caralampio, el mismo santo a quien Sigifredo siempre se encomendaba cada domingo,  aquel quien aquella mañana se había llevado al padre Sigifredo Cervantes al cielo sin sentir dolor.
         Su perdida fue un evento muy doloroso para el pueblo pues el había sido el único sacerdote que este había tenido en los últimos 33 años.
Se guardo luto por 33 días, se sacrificaron 33 gallinas en plena plaza pública y con la sangre de estas trataron de escribir el nombre del padre en el centro de esta, sin embargo debido a un mal cálculo se les acabo la sangre antes de terminar de escribir su nombre con esta y tan solo pudieron imprimir sobre el pasto “Sigifredo Cerva”.
         Los 33 días de luto hacia el padre Sigifredo no parecieron ser homenaje suficiente para la presidencia de Santa Cruz Matagallinas pues justo cuando dicho periodo terminó decidieron establecer una nueva ley en la que prohibían la venta de bebidas alcohólicas en honor a la lucha que vivió Sigifredo Cervantes como alcohólico regenerado. La ley perduraría por 33 semanas, cada semana representando un año como representante de Dios en Santa Cruz Matagallinas.

Urbano:        
         Aparte de la docena conocida de borrachos del pueblo, la única persona que se opuso ante dicha ley fue Urbano Quiroga, el padre que habría de suceder a Sigifredo Cervantes. No pasaron ni siquiera un par de horas de haber sido anunciada la nueva ley para que Urbano fuera personalmente a la presidencia y presentara un amparo hacia dicha ley en el que argumentaba que la “Ley de Dios” iba por arriba de cualquier ley humana y que el continuaría consagrando el cuerpo de Cristo como lo había hecho durante todo su tiempo como sacerdote, con vino.
            A pesar de que su tiempo como padre no fue muy extenso, el padre Urbano nunca fue muy querido en el pueblo, no solo por el hecho de comenzar de una manera dramática su cargo como sacerdote, haciendo un zafarrancho contra la presidencia por la ley seca, sino porque la gente del pueblo lo veía como un intruso cada vez que iba a misa, un desconocido, habían estado tan acostumbrados a la manera amena y carismática en la que el padre Sigifredo impartía la eucaristía, mientras que en el caso de Urbano las misas eran lentas, aburridas e insípidas.  
         Los pueblerinos pronto pudieron notar los verdaderos motivos por los que el padre Urbano se oponía tan tajantemente a la ley de abstinencia de alcohol, pues siempre que entraban al confesionario podían percatarse del incesante olor a vino, adjunto al mal humor del padre sobre todo en las misas de las mañanas, a la vez que las ostias cada semana sabían mas a vinagre y menos a vino.  Se decía que el padre era un alcohólico y que se acababa en menos de diez días las reservas de vino tinto que la iglesia recibía cada mes para consagrar las ostias.
         Urbano Quiroga fue encontrado el once de agosto amarrado a una piedra en el medio del arrollo Amatepec, a un par de kilómetros del pueblo, por un par de señoras que iban a lavar la ropa de su familia a dicho lugar,  en cada una de las extremidades del padre se podía encontrar amarrada una botella de vidrio que a su vez contenía una hoja de papel,  cada hoja de papel tenía escrita un distinto mensaje, los mensajes eran los siguientes (sin algún orden en particular):
-Lucas 19:27
-In Vino Veritas
-Salmos 137:19
-Más sabe el viejo por diablo que por viejo
         Como dirían los pueblerinos: lo que mal empieza mal termina. Fueron así los sucesos de la segunda muerte misteriosa de un padre en Santa Cruz Matagallinas. Nadie se esmeró mucho en tratar de descifrar las pistas escritas en los mensajes dentro de las botellas; nadie se preocupó demasiado tampoco por buscar al asesino. A la gente le gustaba pensar que había sido un mensajero de Dios, un ángel quizás, quien había hecho aquel trabajo, apoyando sus teorías en las citas bíblicas encontradas en la escena del crimen o quizás había sido el mismo Urbano Quiroga, suicidándose tratando de dar un mensaje mórbido al amarrarse de una piedra de aquel río y perder la vida. Nadie en el pueblo lo veló ni le guardo luto, probablemente fue el padre menos querido por todo Santa Cruz Matagallinas desde que esta había sido fundada.
         El cuerpo de Urbano Quiroga fue mandado en una carreta jalada por una mula pinta hacia la capital de la región, San Nicolás de las Agrias Naranjas, donde sería velado y sepultado tres días después.  El único asistente del entierro fue su hermano Hortencio Quiroga, quien había dejado de hablar con él cinco años atrás, después de una discusión verbal que ambos entablaron acerca de  la Guerra Cristera y la vida de Santo Toribio Romo González.  Hortencio tiro un clavel antes que los sepultureros llenaran con sus últimos palazos  el hueco en el piso con el féretro que contenía el cuerpo de Urbano, al hacerlo sintió nostalgia y tristeza por perder los últimos años de su hermano por una estúpida discusión, sin embargo sentía también una pizca de redención al ver que su clavel se perdía entre la misma tierra que cubría los restos de su hermano.    

Carmelo:
         El tercer padre, Carmelo Quevedo, sufrió de una indigestión fatal apenas a su segunda semana de sustituir al padre Urbano.
         La noche de su muerte visitó por primera el puesto de tacos de Octavio Quezada, quien generosamente le había invitado a cenar lo que quisiera como una cortesía, con la única intención de que dicho padre le diera la bendición a su negocio y con ello atrajera la clientela mocha, osease la mayoría del pueblo, a su puesto de tacos.
         Desde que Carmelo comió el primer taco perdió la mirada, sus rodillas temblaron, sus pupilas dilataron y su paladar se convirtió en una esponja que quería absorber absolutamente todas las delicias de las mordidas que este vorazmente arrojaba a todo lo que estuviera dentro de su plato.
-Mi buen Octavio, sinceramente estos son los mejores tacos que he probado en mi vida.
Al escuchar estas palabras de aliento, el taquero sentía una motivación divina, como si un ángel fuera quien dijera aquellas palabras dulces, el cortar la carne era un arte así como el de picar el cilantro y la cebolla; el capturar con la tortilla abierta el pedazo de piña volando en el aire era un soneto angelical que solo se complementaba con el sonido de aplastar los chiles en el molcajete. El padre pedía dos tacos de asada más, tres al pastor, dos de lengua y uno de cabeza. Octavio podía escuchar desde ese momento las palabras del padre Carmelo, hablando bien de su puesto de tacos, después del evangelio en la misa del siguiente domingo. El padre pedía después una quesadilla, dos tacos de buche y tres de cachete. Esto entusiasmaba mas a Octavio, no importaba cuantos tacos más pidiera el padre Carmelo, el estaba preparado para satisfacer hombre más glotón de este hemisferio. Las gotas de sudor comenzaban a recorrer a cada mordida los cachetes cacarizos del padre Carmelo, sin embargo parecía que su estomago era un tambo sin fondo. Cinco garnachas, un plato de frijoles, dos tacos de lengua, dos de cabeza y una quesadilla de flor de calabaza, pedía el padre, a lo que Octavio Quezada respondía sin un segundo de duda:
-Por su puesto que si señor.  
         Después de ocho tacos de asada, seis de lengua, cuatro de cabeza, cinco de cachete, seis garnachas y dos quesadillas mas, el cuerpo del padre Alonso no pudo contener más, no había manera de meter más alimentos dentro de su ser. Decidió entonces que era prudente dejar de ingerir alimentos.
         Le dio gracias a Octavio Quezada por la maravillosa cena gratuita que este le había ofrecido esa noche, bendijo su negocio con una pequeña oración y después se dirigió hacia su cuarto.
         Al llegar a su cama entró en una pesadilla en la que dragones que vomitaban guacamole lo perseguían y de la cual jamás pudo despertar.
          Al día siguiente sería encontrado sin vida, con los ojos abiertos y brazos extendidos hacia el cielo, como si un ángel le hubiera robado el alma.  Las sabanas de su cama fueron encontradas llenas de caca y vomito, el cuarto se encontraba impregnado por un insoportable olor a mantequilla.
         Al escuchar la noticia Octavio Quezada tuvo que huir silenciosamente del pueblo, pues sabía bien de la delicadeza del tema de los padres muertos en Santa Cruz Matagallinas, aunado a que sabía bien que en el mejor de los casos los tacos de su puesto serían asociados con el diablo, pues si estos habían matado incluso al más cercano a Dios que no podrían hacer a aquel que viviera en el pecado.
         El padre Adolfo Domínguez sustituiría al padre Carmelo Quevedo tres semanas después de su muerte y este sería asesinado por Juan Totoreco meses después.
         La furia del pueblo entero no se hizo esperar después de recibir la carta del obispado en la que prohibía toda actividad eclesiástica hasta esclarecer el asesinato del padre Adolfo y no tardarían en encontrar las pistas que incriminaban a Juan Totoreco como el asesino artífice del padre Adolfo.
         Antes de que dos atardeceres pasaran, después de haber recibido dicha carta,  el campanero había sido quemado vivo, amarrado al quiosco de la plaza central del pueblo, la misma que separaba la catedral de la presidencia de Santa Cruz Matagallinas. La presidencia del pueblo no tardó en contestar al obispado con una carta informando detalladamente dichos actos, en el cual orgullosamente exhibían la mano dura e intolerante hacia quienes atacaron a la iglesia en aquel pueblo, tomando como emblema la pronta y precisa ejecución de Juan Totoreco.


2 comentarios:

  1. excelente como siempre.
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  2. jajajaja.. Ahh vato condenado.....

    Me haces reir caon!!! jejeje

    Cuidese y un abrazo en cualquier parte del globo en el que te encuentres!!!!

    Salud!!!

    Cuino.
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