Sus besos me supieron a aventura, a algo prohibido, algo salvaje que atacaba mis labios sin pudor ni misericordia.
Y pensar que ella había sido mi tercera opción aquella noche y yo había sido franco desde un principio cuando le hice saber esto. Pero en ese momento aún no la había besado, ni siquiera había pensado hacerlo de hecho. Ella, tomándolo con buen humor eso de ser el último recurso, decidió navegar junto conmigo aquella noche en que los dos éramos tal vez un poco más francos de lo que debimos haber sido. Descorchamos una botella de Tempranillo y entre copas la distancia que nos separaba en el sillón fue acortándose proporcionalmente al nivel de vino en nuestra botella, pero navegábamos por aquel océano de recuerdos . Cuando el Tempranillo terminó bajamos por una segunda botella, un Malbec, pero para ella esto no era suficiente, para nada! Abrió entonces mi refrigerador y de este sacó una lechuga, dos pepinos, una zanahoria, un bote de queso cottage, el recipiente de la salsa que mi madre había hecho para mis tostadas del día anterior, dos latas de atún y medio frasco de caviar que se escondía rezagado en un rincón de mi refrigerador. Mientras mezclaba todo a un lado del lavadero de mi cocina no pude contener observar como sus nalgas firmes se movían en el horizonte de mi vista tentadoramente y si de algo me caracterizo es de aquella tendencia en caer fácilmente al pecado, por ello no me pude contener y lancé sin pensar mis dos manos, cual garras de águila tratando de capturar a una liebre deshidratada en medio del desierto, dirigidas hacia sus nalgas, ella volteaba y me respondía con reclamos diciendo, Oye, pero yo le respondía:
-¡Aguante las carnes morra!
Cuando ella se percataba que mis intenciones no eran deshonestas pudimos subir a mi sala donde antes nos habíamos encontrado, platicando y acercándonos conforme el vino ingresaba en nuestros cuerpos. Sus piernas rodeaban mi espalda mientras que me costaba segundo a segundo no hacer algún tipo de contacto con sus senos, pues la distancia que nos separaba era casi despreciable, pero mis ojos no se enfocaban en sus bellos y casi perfectos senos, no, mis pupilas se dilataban y casi derretían ante el profundo carmesí de sus labios, y así, rápido sin pensar, los estaba besando. Todo fue muy rápido, pues en menos de lo que pude pensar ella estaba ya sin camisa y yo también. Pero entre esos labios y besos existía aún un poco de culpa pues desde un principio sabían a culpa, sabían a algo prohibido.
Abrazados, en medio de la noche, buscábamos juntos cientos de pretextos del porque debíamos de continuar besandonos, tal vez el hecho de ser algo prohibido lo hacía más excitante. Esa noche tenía que terminar en un secreto, pero nadie pensaba en ese momento en el final de la noche.
Era casi ya de madrugada y yo había prometido a su familia que la regresaría a ella antes de que saliera el sol. Salir a aquellas horas implicaba definitivamente tener que lidiar con esos seres del inframundo, los zombies que comerían los sesos de cualquier desafortunado que se descuidara ante sus ataques.
Sin embargo yo me paraba en cada ocasión que podiera, aunque el semáforo estuviera en verde, me paraba en el crucero, ponía el freno de mano y me lanzaba ante mi acompañante, con la esperanza que un zombie atacara mi carro en aquel alto y así poder usarlo de pretexto para continuar besando a mi doncella, después bajar y romperle su cráneo en mi cofre y seguir hasta el siguiente alto. Pero ningún zombie me ataco aquella noche, sin embargo fui parándome cada alto que pude, siempre con la esperanza de ser interrumpido, hasta llegar al rincón donde ella vivía, y así despedirme con un beso que tal vez debí haberle dado un par de años antes. Pero eso ya no importaba, aquella noche, esa noche de platos de tercera mesa, de zombies, de besos prohibidos, de senos expuestos, todo valía y nada tenía que ser recordado.
Antes de que saliera el sol podíamos pretender que todo estaba bien en la ciudad, que todo era como un par de años atrás ... cuando todo era normal.
Sus senos eran bonitos, pero su mirada lo era más... sin embargo con lo que me quedo es con lo salvaje de sus labios.






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