"Nel
mezzo del cammin di nostra vita
mi
ritrovai per una selva oscura
ché la
diritta via era smarrita."
Recuerdó
bien aquella tarde en la que Elio Lorenzoni me explicó el significado del Canto
I de La Divina Comedia. Era una típica tarde otoñal en Ciudad Juárez, fría, con
pocas nubes y con un solitario sol. Elio nos había invitado a su casa a Marko y
a mí, dos de sus tres alumnos de su clase de italiano, para enseñarnos a
cocinar spaguetti “al dente”.
Recuerdo
como pacientemente cortaba el ajo y la cebolla para después ponerlo en un
sartén en el cual previamente había calentado aceite de oliva. Elio siempre nos decía, a sus 72 años de
vida, que había aprendido que las cosas mas simples son las que le habían dado
mas felicidad en su vida. Puso en un plato el ajo y la cebolla picada y nos lo
dio a probar, aquel plato tan sencillo era un claro ejemplo de lo que aquel
viejo nos decía. Tres ingredientes en aquel plato tan simple era un manjar en
nuestro paladar.
Después
de eso nos enseño un truco para saber si la pasta estaba “al dente” o no, de la
hoya sacó un pelo de spaghetti y lo arrojó hacia la pared.
“Si se
pega a la pared quiere decir que esta lista, si rebota es que todavía le falta”
Elio
era la persona mas interesante y culta que había conocido en mi corta vida. Nos
contaba sus historias de la infancia y la Primera Guerra Mundial, de sus días
de piloto en el ejercito italiano en la Segunda Guerra Mundial, nos platicaba
de las tres ocasiones en las que se estrello piloteando un avión, en plena batalla
y como había sobrevivido. Después de eso iba como un niño hacia su cuarto por
su escopeta de doble barril, nos la presumía y nos contaba de sus días de
cacería; nos platicaba de cómo se
enamoró de su esposa mexicana y como se había enamorado a la vez de México. Nos
podía platicar sus historias en cualquiera de los 9 idiomas que sabía hablar
fluidamente y no nos dejaría de parecer interesante.
Esta
tarde mientras miraba el atardecer en el muelle de Santa Mónica me acordé de
Elio y de aquella tarde cuando me explicó el Canto I de la Divina Comedia, de
cómo Dante a la mitad del camino de su vida se encontraba en una selva oscura y
de cómo se había percatado de que había desviado su rumbo. Tal vez sea porque
me siento un poco como Dante a la mitad del camino de la vida, o tal vez porque
fue una tarde fría parecida a la ya descrita, o tal vez sea porque vi un avión
de guerra perderse en el cielo. Tal vez sea un poco de los tres.
Aquella
tarde que fue la última vez que vi a Elio Lorenzoni con vida. Ni dos Guerras
Mundiales, ni tres avionazos en plena batalla pudieron con él.
Elio
fue el primer amigo que perdí en mi vida y la primera persona que vi dentro de
un ataúd.
Pero
prefiero no recordar a Elio en la funeraria, prefiero recordarlo lleno de vida,
contagiando de vida, de historia, de cultura y sabiduría. Me gusta recordarlo
con su filosofía de las cosas simples de la vida, cosas tan simples como
recordar a un viejo amigo 15 años después, sonriendo hasta el final, con una
copa de un buen vino en la mano y a escasos minutos de comenzar la cuarta
década de la vida.






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